miércoles, 30 de agosto de 2006

Viaje a la tierra del atardecer (1): Arde Galicia sin metáforas.

La memoria es un espejo fragmentado y trucado, y por eso, éste sólo puede ser el relato fragmentario y trucado de dos semanas en la tierra del atardecer, la tierra donde el sol se pone, que mira hacia su mar, hacia poniente, siempre hacia poniente, siempre hacia la noche, sin saber atisbar la esperanza. Esta es la crónica caótica e incompleta de un viaje hacia ese atardecer lleno de verdes oscuros, azules intensos y destellos anaranjados, que con demasiada frecuencia se tiñen de negro.


Viernes, 11 de Agosto.- Todo preparado y repreparado: equipaje, coche, reservas, planes, y aunque salimos con retraso, nos movemos dentro de los límites de lo previsto. Dei, tres amigos y yo. Nos fuimos de Zaragoza con el eco alarmista de los noticiarios, que alertaban sobre Galicia en llamas, pisándonos los talones y llegamos a media tarde al valle de Monterrey con la silueta del castillo recortándose en el horizonte sobre el fondo gris y movedizo del humo cercano... Es imposible fijar la vista en algún punto en el que no se vea el fúnebre rastro negro del fuego. Y el aire está impregnado por ese olor punzante e inconfundible del monte incendiado.

Aún así, tras instalarnos y descansar algo, nos vamos a cumplir con el imprescindible primer punto de nuestro plan: la cena en la Quinta de Samaioes, un hotel rural portugués situado en la vecina Chaves. A pesar de que por la noche se disfruta mucho menos del entorno (el restaurante tiene unas enormes cristaleras que de día te permiten comer disfrutando cara a cara de la inmensidad de una ladera verde e intensa), siempre merece la pena acercarse para comer con mayúsculas. El menú se compone de unos entrantes “obligatorios” (en esta ocasión, sardinas, ensalada, habas blancas y unos embutidos peculiares y bastante pesados que ya habíamos probado otra vez), y luego unos platos cuya ración recomienda no pedir nunca más de uno por persona. Esta vez no llegamos a pedir ni uno por persona, porque el camarero nos paró sensatamente los pies, por lo cual le estaremos eternamente agradecidos. Pedimos un pan relleno de gambas en salsa (pero pan tamaño maxi, hogaza de pueblo de las grandes y altas), arroz con pato (que lleva pato, y de todo, gratinado con queso... un vicio), bacalao (la gran especialidad y orgullo portugués) y cabrito... con sus guarniciones. Es imposible acabar con todo, y aún así, repetimos en el buffet de postres. Si existe un cielo, tiene que tener un buffet como este...


Sábado, 12 de Agosto.- Paréntesis tranquilo. Nos levantamos tarde, hacemos la compra y la comida, comemos con calma y dejamos que la sobremesa se pierda entre la penumbra de las persianas bajadas para intentar escondernos del calor, el sopor de la crema de orujo, el rumor vago y continuo del ventilador, películas en DVD e inoportunos cortes de luz... A última hora de la tarde, subimos hacia el castillo de Monterrey, y de nuevo me cabreo porque esté todo tan descuidado, porque no se pueda hacer en la práctica nada porque es propiedad (cedida más interesada que elegantemente, pero propiedad) de la duquesa de Alba, porque así estamos en Galicia, y así nos va. Siempre hacia poniente. Siempre en decadencia. Siempre la piedra cayéndose abandonada. Siempre el sol poniéndose. Siempre al frente y en perspectiva, la oscuridad. A longa noite de pedra. Los brazos caídos. La fatalidad sin rebelión ni alternativa.

Con una nube de humo inverosímilmente inmensa y de origen lejano sobre nuestras cabezas, nos vamos a cenar a la Charrela, en Castrelo do Val. Porque en Galicia, tierra en la que la naturaleza lo hizo todo muy bien, casi todo lo que ha hecho el hombre está muy mal, y parte importante del casi que nos salva es la gastronomía... Yo pensaba que este pequeño restaurante (muy casero y muy "de pueblo") estaría lleno en un sábado de agosto en pleno puente del 15, pero para mi sorpresa, está casi vacío. Comemos con ganas y alegría lo típico de la Galicia interior, que no es ni exacta ni exclusivamente el marisco: algunas croquetas caseras, pimientos rellenos, revuelto de setas, algunos langostinos, buen jamón, buen chorizo y salchichón y un mejor churrasco.

Mientras, afuera esperaba inútilmente, llena de grillos y estrellas, la oscuridad de la noche, que se rompía, allá pero cerca, siempre demasiado cerca, por el rojo infame de las llamas...

Continuará... Continuaremos...

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