lunes, 11 de septiembre de 2006

Viaje a la tierra del atardecer (II). A destiempo en la Edad Media..

A pesar del tiempo que me lleva, diluyendo los contornos y los matices de cosas y casos, continúo con mi viaje de vuelta, cada vez desde más lejos, a aquel viaje por las tierras donde el sol se pone, para atrapar lo que se pierde en las hojas del calendario arrancadas.

Volvemos a Agosto. Continuamos viaje.


Domingo, 13 de Agosto.- Es domingo. Es tarde. Y hace sol. Con pereza nos levantamos porque no queda más remedio que buscar un sitio donde comer y pensar qué hacer con la tarde que puede que no dé para mucho... Lo encontramos a la segunda (a la primera estaba demasiado lleno... la gente en domingo no quiere cocinar), y mientras comemos las tapas con no demasiada ansia (por las sí demasiadas comilotadas en menos de 48 horas, que rinden al más vikingo), nos animamos a acercarnos esa tarde a Maceda, pueblecito próximo a Ourense, en el que estará un amigo nuestro en una feria medieval.

Tras quedarnos encerrados en el parking del Mercadona, que está debajo de mi casa rodeando a mi plaza de garaje, y en el que por no haber no había ni moscas (como es lógico, en plena siesta de un domingo de agosto), y ser rescatados con un vecino que yo sè que es socarrón, pero que por suerte en esta ocasión no se cebó con nosotros –me cagüentó, pa una vez que traigo invitados....-, recorremos carreteras secundarias por un Ourense cada vez más profundo, que nos permiten pasar por Allariz (pueblo excepcional, mimado hasta el detalle, desde el río, a las casas, a las calles, o a los árboles que rodean cariñosos sus carreteras), pero, para qué negarlo, medio perdidos por la insólita señalización de las carreteras gallegas en la que yo nunca había reparado (claro, como siempre voy por sitios conocidos, y como cuando voy a sitios desconocidos me llevan....). Ya decía ... no recuerdo si Scott Fitzgerald o John Le Carré que “es invariablemente triste mirar con nuevos ojos las cosas a las que uno ha extendido su capacidad de adaptación.”. Pues sí: una descubre nuevas cosas de su tierra cuando se la enseñan los ojos de los visitantes. Y sí: las carreteras gallegas están pésima, caótica e ilógicamente señalizadas, lo cual, unido a mi inexistente sentido de la orientación, se convierte en una bomba peligrosa que suele estallar en la paciencia del pobre Dei (muak, guapo), que por culpa de ambos factores este mes de agosto se ha hecho algún que otro kilómetro de más... sin protestar demasiado (muak, guapo).

Por suerte, una amable alaricana nos enfiló hacia una carretera llena de curvas y verde (tan propia de la Galicia pre-locura incendiaria) por la que llegamos, supongo que demasiado tarde, a Maceda y a su feria medieval, que llevaba ya rato recogiendo sus puestos y los restos de una comida campestre.

Saludamos a nuestro amigo (Yeti, el gran Yeti), muy moreno (como siempre) y ataviado con una túnica medieval (como nunca), que acompañaba a una chica que vendía colgantes, pulseras, anillos, y cosas de ese estilo elaboradas a mano. Me compré un anillo de plata decorado con flores en tonos azules y verdes (mis colores, como el propio Yeti me recordó), y subimos al castillo reconvertido en Hotel, para luego asistir a un insólito torneo medieval entre caballeros de colores, con anacrónicos peinados urbanos, que animaban al público a jalearles, mientras algún caballo parecía poseído y completamente ajeno a la voluntad de su esforzado jinete, y que terminó con una sorprendente victoria local que cantaba a amaño, pero que nadie se tomó demasiado en serio ni demasiado a mal, sino como parte programada de su fiesta.

Continuaremos (tarde o temprano, que el comienzo de curso me aleja de las vacaciones hasta para darme tiempo para recordarlas, y guardarlas con mimo en la memoria que es frágil... más frágil que la tinta más débil... mucho más frágil que un blog).

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