lunes, 9 de octubre de 2006

A todos mis extraños.

Cuando me miro, hoy sí me reconozco. Y quiero mirarme bien, para cuando no sea capaz de reconocerme. Cuando miro hacia atrás, rara vez soy capaz de distinguirme entre la bruma del tiempo. Ahora sé que ese al que miro de manera retrospectiva no soy yo. A ese al que miro volviendo la cabeza y que veo distinguirse entre la espesa niebla o el humo del incendio...no soy yo. Definitivamente no lo soy.

Traté de buscarme entre el montón de cenizas, pero no me hallé. Aquel que veo bebiendo en un bar o besar a aquella chica o viendo la televisión o llevando aquel impresentable jersey-chaqueta verde de lana...no soy yo. Ni siquiera el joven estudiante que sonríe o llora es capaz de recordarme a mí. No soy yo, pero intuyo quien puede ser.

Él y todos los que le acompañan. Está claro, fue otra persona en otro momento que ocupaba otro espacio. No es un “yo” pre-evolucionado. Es otro. Alguien perfumado de mi nombre, revestido de mi apariencia anterior...pero alguien que no puede dejar de ser un extraño. Conoce mi casa, conoce a mis amigos, a mi familia, pero no me conoce a mí.

Ahora estoy convencido de que el avance de la vida, la evolución personal es como el avance de la ciencia. Quizás seamos ciencia. Etapas de cierto continuismo, rotas por un acontecimiento único, radical si se quiere en algunas ocasiones...traumático. Un acontecimiento que lo diferencia todo, aunque en ese momento no seamos capaces de distinguirlo. Radical en el sentido de ruptura y comienzo. De cambio. Pequeñas revoluciones, sí, pequeñas que hacen que podamos envolver todo el devenir en pequeños compartimentos estancos de mayor o menor tamaño.

Cada uno de esos compartimentos es habitado por un ser distinto...un muerto. Un muerto que de vez en cuando se empeña en llamarme, en hablar, en aparecer. Un muerto que solo lleva como equipaje el remordimiento, la pena, la alegría o el llanto...lástima que no entiende que las paredes de esos compartimentos son infranqueables, que el abismo que los separa es insalvable...que nada de lo que me da puedo tomar. Que su trabajo es inútil hasta el hartazgo. Que nada de lo que yo pueda decirle o darle puede servirle. Que nada de lo que intente prestarme, me llegará. Ese ser dice llamarse como yo. Puede ser, no lo discuto, pero ese ser, ni tiene mi edad, ni sabe lo que yo sé, ni ha olvidado lo que yo ya olvidé.

Muertos de mi vida......descansad en paz.

"Tanto bien presenta la memoria, y tanto mal encuentra la presencia, que me desmaya el corazón vencido. ¡Oh crueles despojos de mi gloria, desconfïanza, olvido, celo, ausencia!; ¿por qué cansáis a un mísero vencido?"

Fernando de Herrera.

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