viernes, 17 de noviembre de 2006

Creer o no creer

"Gracias a una corazonada puedo creer en Dios y acertar, o no creer en Dios y también acertar. ¿Entonces? Acaso Dios tenga un rostro de croupier y yo sólo sea un pobre diablo que juega a rojo cuando sale negro, y viceversa"

Mario Benedetti: La tregua





Existen un 62% de probabilidades de que Dios exista, según el último estudio que ha intentado buscar una certeza o una pista racional en todo ese asunto.

Así que existen un 62% de probabilidades de que Dios exista. Y yo me pregunto ¿y qué? Sigue siendo una apuesta ciega e involuntaria que no se puede hacer con la razón, porque creer es como sentir, y tiene poco que ver con la voluntad. Es más, yo creo que que muchas veces guarda una irónica proporción inversa con ella: cuanto más se quiere creer y sentir, menos se cree y se siente; cuando menos se quiere creer y sentir, más se cree y se siente.

Cuando a la gente se la educaba en una concepción del mundo en la que la idea de Dios y sus consecuencias formaba parte del marco, del terreno, de las reglas del juego, del punto de partida para entender todo esto en lo que estamos, la evolución de muchos era de la fe heredada al escepticismo -o el descreímiento total- adquirido. Mi evolución, hija como yo de mi tiempo, ha sido hasta cierto punto, inversa.

Mi madre era, cuando yo era pequeña, tremendamente creyente, cristiana, católica apostólica y romana(ahora creo que ha evolucionado como poco al escepticismo, aunque no lo manifiesta y supongo que si se le preguntara no lo reconocería, me huele que más por cabezonería que por otra cosa) , e intentaba conciliar esa fe heredada de sus padres con una ideología de izquierda progresista adquirida por otros medios, y trató de transimitirnos esa misma fe y convicción con bastante empeño. Tengo fogonazos en forma de recuerdos de cómo, mientras nos vestía por la mañana y nos metía en la cama por la noche, rezábamos con ella esas sonrientes oraciones infantiles (jesusito de mi vida, eres niño como yo... cuatro esquinitas tiene mi cama...), en la cabecera de las camas de nuestra habitación azul había una virgen de cerámica muy naif y muy bonita, y desde muy chiquitos nos hizo ir a misa los domingos (con el aliciente de después ir a tomar el vermut con mi tía Pili e ir a comprar pasteles para la sobremesa).

Pero, por suerte o por desgracia –vete tú a saber-, yo tenía el eficaz y contundente contrapeso de mi padre, ateo convencido y protestón, que nos preguntaba cada domingo con tono burlón “si ya habíamos ido a ver al hechicero”. Muy pequeños también, mi padre nos metió la duda de la existencia de Dios, duda que arraigó pronto y se hizo más fuerte en cuanto tuvimos la edad suficiente para escaquearnos a escondidas (lo de a escondidas era un aliciente mucho mayor que aquél antiguo del vermut y los pasteles) de la misa dominical y hacer cosas más interesantes. En la adolescencia yo ya era una atea convencida y fuerte, que no necesitaba de Dios, que lo negaba con energía y cabreo, como a cualquier superstición, patraña o monserga de viejas, y que protestaba, con mi recién adquirida y aún en gestación conciencia histórica, contra los males que la religión y sobre todo la Iglesia habían hecho al hombre y al mundo. Descubrir a Marx terminó por poner las cosas “divinas” y sus alrededores en su sitio, y así se mantuvieron, claras, diáfanas y unívocas hasta hace no demasiado.

Sin embargo, de esa claridad y rotundidad he ido deslizándome, sin querer y resistiéndome, según he ido viendo, viviendo, comprendiendo -o quizás dejando de comprender-, y atisbando los absurdos, los cimientos oscilantes, las caras ocultas por debajo de la apariencia, las fisuras de todas las explicaciones, los coladeros y los poros de la razón, hacia un quizás... Un no atreverme a negar con rotundidad. Un desconfiar de mi propia convicción, convertida en ídolo con sus pies de barro.

Es absurdo pensar que Dios existe, pero es absurdo también pensar que no existe. Es absurdo pensar que la vida tiene un sentido (sea religioso o sea otro), pero es también absurdo pensar que no. Puede ser y puede no ser, porque no sabemos ni podemos saber.

Y en todo caso, Dios no es una cuestión de saber o no saber, sino de creer. O, lo que es lo mismo, de apostar a ciegas. Dios, en sí mismo lleva implícita la regla de que te la juegas en una apuesta involuntaria, que podría en realidad venirte impuesta por las circunstancias, en la que sientes que existe o sientes que no existe, sin ningún fundamento, prueba o razonamiento que te pueda guiar. Y esta apuesta puede estar en la base de muchas cosas. Para empezar, de cómo mires el mundo y de cómo te mires; de cómo valores el mundo y de cómo te valores a ti mismo. ¡Casi nada!

Y si finalmente existiera Dios, de esa apuesta absurda y ciega dependería la salvación de tu alma y la eternidad . Sería una especie de broma macabra y terrible de un Dios que, vale, no jugaria a los dados con el universo, pero sí se entretendría jugando a la ruleta rusa con los hijos que creó. Un dios más cruel incluso que Saturno devorándose a sus hijos, porque éste se limita a engullirlos, pero aquél además los sometería a la agonía de creer o no creer, de querer creer y no poder, de dudar, de equivocarse, de ser conscientes de la posibilidad de apostar al color equivocado sin poderlo evitar.

Es absurdo. Pero como el mundo y la vida están llenos de absurdos, sin sentidos y crueldades, yo ya no sé que pensar. Ahora bien, sigo sin poder creer. A pesar del cálculo de probabilidades, y paradójicamente por tanto, contra la razón, mi apuesta involuntaria y ciega sigue siendo clara.

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