miércoles, 1 de noviembre de 2006

Muriendo desde el primer día

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Día 1 de Noviembre y vuelve el culto a la muerte. Bajo la excusa de acompañar a los seres queridos, los humanos volvemos a acercarnos a ella en vida, es algo que nos apasiona y nos obsesiona. Se intuye en este día la necesidad de arrancarle algo de soledad a la misma muerte. La necesidad de no dejar caer en el olvido, de tratar de vencerla con el recuerdo. También se esconde el egoísmo de pedirles a los vivos lo mismo cuando nosotros nos hayamos muerto. Porque después de todo, uno muere cuando toca, aunque haya gente que piensa que uno no muere hasta que no es olvidado por todos. Bueno, no dejan de ser consuelos metafísicos para un mal físico.

Como decía, me sigue pareciendo curiosa la reverencia, el pánico, la obsesión humana con la muerte. Después de todo, según Schopenhauer, la muerte no hace más que “subsanar un error”. Quizás no haya tanta equivocación en esa afirmación. Yo sé que estoy escribiendo desde el corredor de la muerte, de hecho, todos lo sabemos. Los párrafos de John Donne cobran todo su significado y son fácilmente entendibles: "Ningún hombre es una isla, completa en sí misma; todo hombre forma parte del continente, parte de la tierra firme; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque me intereso en la humanidad; de modo que nunca trates de averiguar por quién doblan las campanas; las campanas doblan por ti".

Es así de sencillo. Cuando el otro día se llevaron a Julia, mi vecina, al hospital (76 años), para no volver, yo sabía que todos seremos los siguientes. Los espectadores de hoy, seremos los protagonistas de la función de mañana. Y nadie ni nada nos apartará de eso. Sentí en esos breves segundos, la fragilidad del hilo. Sentí la tremenda soledad y el desamparo ante la propia partida. El comienzo de las grandes preguntas sin respuesta.

A mis años, tengo claras ciertas cosas, como que Dios nace de la muerte. Nace de la necesidad del ser humano de sentirse acompañado ante la muerte. De la no comprensión del ser humano de la misma, debido a su conciencia, a su capacidad de razonar. El creador (como producto del hombre) nace de la muerte; no deja de ser paradójico. Por eso, cuando Marx, Feuerbach o Nietzsche anunciaron "la muerte de Dios", podían haberse esforzado un poco más y anunciar la muerte de la muerte. Después de todo, quizás la muerte sea lo único que nos ponga en nuestro sitio. Que apague nuestra arrogancia. Lo que nos ayude a entender nuestra condición de bestias pensantes.

Quizás, entendiendo la muerte, podamos comprender algo mejor la vida. Desapareciendo el tabú de la muerte, ya desde la niñez, quizás, sólo quizás, apareciese resuelto el misterio de la vida. Al final y después de mucho divagar, lo único que queda en estos días grises de claveles, ancianas y cementerios en pueblos y ciudades, es pensar que por mucha celebración, luto y lágrimas......”Dios mío, qué solos se quedan los muertos”.

“Muerte, no te envanezcas aunque te hayan llamado poderosa y terrible, pues no lo eres, ya que aquellos que crees por tu fuerza abatidos, no mueren, pobre muerte.


Ni a mí puedes matarme. Del descanso y el sueño, que son imagen tuya fluye mucho placer ha de venir, y muy pronto nuestros mejores hombres van contigo.


Descanso de sus huesos, libertad de sus almas. Esclava eres del destino, del azar, de reyes y desesperados. Moras con el veneno, con la guerra y los males. También puede la amapola y la magia dormirnos, y mejor que tu golpe; ¿y por qué te envaneces?


Pasado un breve sueño despertamos eternos, y ya no habrá más muerte.


Muerte, tú morirás”.

Donne, John

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