lunes, 6 de noviembre de 2006

Palabras y palabros




Vale, sí, la lengua dice “los hombres”, “los niños” o “los jóvenes” englobando a hombres y a mujeres, varones y hembras, y por eso algunos dicen que la lengua es machista... Pero la lengua también dice “las personas” o “la gente” para englobar a hombres y mujeres. De forma análoga, utilizamos “los gorriones” para referirnos al macho y a la hembra, pero también “las avestruces”, “las golondrinas” o “las hormigas” para lo mismo . Es decir, una cosa es el género gramatical y otra el sexo.

Generalmente, el género gramatical (masculino y femenino) se corresponde, en seres sexuados, correlativamente con los dos sexos (macho y hembra), y la lengua tiene que elegir un término “no marcado” que englobe a ambos cuando nos referimos “a la especie”, a lo que tienen en común obviando lo que les diferencia. Y sí, generalmente la lengua ha elegido el género masculino. ¿Por sexismo y por machismo? Puede ser. Negar que durante siglos el mundo ha sido dominado, concebido y conceptualizado por y casi para los hombres (usado, aquí sí, en el sentido exclusivamente de sexo masculino y no en sentido genérico) sería ridículo y yo no voy a hacerlo. Negar que el lenguaje, que es espejo y molde de nuestra concepción del mundo, refleja esos siglos de sexismo, también sería ridículo y tampoco voy a hacerlo. ¿Cambiando el lenguaje sexista cambiaríamos el sexismo en el mundo? Tengo mis dudas. ¿Contribuiríamos aunque fuera un poquito a cambiarlo? También aquí sigo dudando.

El inglés suele tener (por sí mismo, sin imposiciones, por una evolución natural o un carácter espontáeno de la lengua) términos distintos para los sexos (man, woman, brother, sister, aon, daughter...) ¿Las sociedades anglosajonas son histórica o actualmente menos sexistas que las latinas? De nuevo, la duda, razonable (creo) .

Me parece que el sexismo se cambia y se combate atendiendo antes a otros aspectos mucho más acuciantes y bastante más sangrantes, y que una vez que el mundo dejara de ser sexista en esos otros aspectos, o lo fuera bastante menos, el lenguaje, de forma natural, o bien dejaría de serlo, o bien conservaría esos vestigios fósiles como recuerdo de un pasado histórico difícil de borrar de un plumazo (como quedan vestigios de los casos latinos, o de los plurales neutros, por ejemplo).

El masculino genérico comprende a eso, al “género”, a la especie, o como queramos llamarlo, por encima de diferencias sexuales. El cartel de la “sala de profesores” delimita un espacio que me corresponde, sin que yo me sienta discriminada, igual que siento que se alude a mí cuando el director, o los alumnos (y las alumnas), o los padres (y las madres) hablan de “los profesores del instituto”, porque además, para algo somos mayoría las profesoras (aquí sí que es imprescindible el femenino plural). Cuando mis padres hablan con orgullo, o con cariño, o incluso con algún tono de reproche, de “sus hijos”, sé que nos consideran y nos quieren (con manías, afinidades y preferencias más personales que sexistas, y más inevitables que reconocidas), a los tres por igual, aunque dos seamos chicas y el pequeño, un chico. El “nosotros” con que aludo a mi pareja y a m., me comprende, me arropa y me envuelve sin que suponga que él prevalece sobre mí. Son otras las cosas, los detalles y los gestos por los que me puedo sentir ignorada, menospreciada, infravalorada o discriminada por el hecho de ser mujer, y no creo que sea necesario recordarlos aquí.

Claro que hay ocasiones en que es necesario insistir en que estamos hablando de chicos y chicas, de hombres y mujeres, de machos y hembras. Pero no siempre.Imponer fanáticamente el uso de “los chicos y las chicas”, “los ciudadanos y las ciudadanas”, “los alumnos y alumnas”, “los científicos y las científicas” me parece poco útil (de verdad que no creo que contribuya a terminar con estereotipos sexistas), forzado, un poco hipócrita incluso, y , por decirlo de alguna forma, “antilingüístico”; es decir, contrario a los propios mecanismos de funcionamiento de la lengua, y por tanto, condenado al fracaso, ya que vulnera el principio de economía, que es una de las bases del lenguaje como medio de comunicación: necesitamos una palabra genérica que nombre a hombres y mujeres cuando nos referimos a ellos conjuntamente porque sus diferencias no son pertinentes, y además, insisto, el uso constante de los dos géneros refleja esa confusión entre “sexo” y “género gramatical”, que son cosas distintas. Por otra parte, ese uso constante de masculino y femenino creo que lejos de transmitir una concepción igualitaria del mundo, refleja y consolida una mentalidad que sitúa en primer plano las diferencias entre los sexos en confrontación y enfrentamiento continuo e irresoluble. Para la verdadera igualdad, repito, es necesario un término que nos englobe como lo que somos: seres humanos (y me niego a decir “y humanas”) iguales en derechos y dignidad.


Ninguna sociedad dejará de ser sexista, ni educará a sus hijos en la igualdad, por imponer la utilización continua y farragosa de los dos géneros gramaticales. Claro que ésta es sólo mi opinión... El (o la) que no esté de acuerdo conmigo, que tire la primera piedra y, con ella, alguna explicación, por favor, por pequeña que sea.

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