viernes, 24 de noviembre de 2006

Y no estás tú

Rescatado de "Hoy es siempre todavía", antes de que cambie.




Teníamos quince años y algunos sueños, creo. O quizás no, porque no nos hacían demasiada falta. El mundo era ancho y ajeno; el futuro, una nebulosa lejana; cada día, un folio en blanco que emborronar, jugando a ser rebeldes y libres.

Nos reuníamos a primera hora en el instituto, entre niebla, risas, palmeras de chocolate y aquellos primeros cigarrillos que sabían a vida nueva, a tardes de cafetería, a como se entere mi madre, a independencia, a apertura, a libertad. Llevábamos hombreras y el pelo siempre y de algún modo de punta. Escuchábamos música a solas en nuestra habitación, que cerrábamos con llave siempre que podíamos. Quedábamos para todo: estudiar, escuchar música, salir, irnos a clase, compartir confidencias, y risas, y cabreos. Mucha bisutería, mucha cazadora vaquera, muchas tardes de sol tirados sobre la hierba, hablando de nada, soñando con todo. "Cuando tengamos treinta años, nos reuniremos todos en el castillo de Monterrey, y veremos en qué han cambiado nuestras vidas", recuerdo que dijo un día Gabi, tumbada con los ojos cerrados tras sus gafas de pasta. Y hasta habíamos fijado una fecha concreta. Quedaba todo taaaan lejos. El tiempo era tan largo, tan lleno de posibilidades, tan azul... En el fondo, creíamos que los treinta años nunca iban a llegar. Pero llegaron antes de lo previsto, y nos pillaron a cada uno en una esquina de la vida, que a lo mejor no era la que hubiéramos soñado o imaginado entonces, y sin acordarnos siquiera de aquella cita pendiente en Monterrey.

Gabi, por ejemplo, una chica simpática, risueña y rebelde, se quedó embarazada de Márquez, un chico raro con fama de pirado, que se negó a reconocer la paternidad. "Que no se pusiera debajo", alguien contó que había dicho con sorna...

O Marisa, que era muy guapa, y le empezaron a gustar los chicos casi tan pronto como ella a ellos. Siempre tenía que esconderse de sus padres para poder verse con su novio. Ellos no querían que anduviera con chicos, porque su madre se había tenido que casar con 15 años y se negaban obstinadamente a que a ella le pasara lo mismo. Un día me contó que su padre llegó medio borracho y que, al enterarse de que ella había suspendido tres asignaturas y había faltado a clase para poder verse con Moncho (era la única forma de verle, faltando a clase, porque nunca la dejaban salir), su madre tuvo que sujetarle porque él empezó a abrir la persiana gritando que iba a tirar a Marisa por la ventana. Ella escapó de su casa en bata y zapatillas. Al año se casó con su Moncho. Hoy es cajera de supermercado, lleva casi veinte años casada y tiene dos niños muy monos, tras un primer aborto que le produjo una tremenda depresión, agudizada porque vio al niño muerto en una ecografía. Yo la veo a veces desde lejos, y me saluda con la mano forzando la sonrisa.

Sonia, mi mejor amiga desde que la organización escolar nos cruzó en su azar con doce años, es hoy mi peluquera. Se le daba muy mal estudiar, y lloraba cada vez que le daban las notas por el disgusto que se llevarían sus padres, hasta que por fin, accedieron a que se dedicara a la peluquería, para la que tenía ya entonces unas manos extraordinarias. Lleva también algunos años casada, y suspira siempre por poder cogerse algún año, por fin, vacaciones, e irse una semanita a la playa. Pero es que si cierras, la clientela se enfada. Y ella solo puede tener una chica que la ayuda, pero que no puede encargarse del negocio ella sola...

Isa es abogado. Lleva muchos años en Coruña, y le va muy bien. Siempre fue independiente, feminista, vitalista, alegre y charlatana: la típica "gordita simpática y dicharachera". Aunque estuvo con el mismo novio desde los 17 hasta los 25, luego lo dejó, adelgazó con una dieta draconiana que le pasó una amiga, y mantuvo el tipo durante años a base de repetirla intermitentemente, lo quee hacía que de vez en cuando y sobre todo cuando bebía tuviera unos repentinos ataques de hambre y furtivos atracones. Tuvo unos años de locura, alcohol y muchos rollos. Una noche se enrolló con Alberto, un chico tímido de la pandilla ya desde el instituto con el que se reencontró un fin de semana que coincidieron en el pueblo. "No pegan nada", comentamos todos. Volvió a engordar, pero como a él le parecía que así "estaba muy cachonda", nunca más volvió a hacer dieta. Y contra las impresión general, que los declaraba polos opuestos e incompatibles, se casaron, por la iglesia, aunque ella siempre había dicho que como mucho se casaría por lo civil, y con más de doscientos invitados, aunque ella siempre había dicho que como mucho los padres y hermanos. Está embarazada y redondísima, y cuando te encuentras con ella, empiece como empiece la conversación, terminará llevándote a niños, manuales, padres, nombres, traumas, cuidados, biberones, métodos...

De algunos de los demás hace tiempo que no sé nada. Dejaron el pueblo hace tiempo, y sé que quizás vuelvan de vez en cuando, y quizás nos crucemos y nos demos dos besos, o quizás simplemente nos saludemos a lo lejos. Otros siguen más o menos conmigo, con pasos o caminos semejantes, paralelos o cercanos.

Pero cuando con cualquier excusa vuelve el aroma de aquellos tiempos, es inevitable pensar en Vaamonde. Era un chico un par de años mayor, repetidor cuasiprofesional o, al menos, experimentado, eterno delegado de clase por su simpatía y por su disposición para organizar y hacer cosas, cualquier cosa que no tuviera nada que ver con estudiar. Nos sentó juntos el profe de Latín y Griego en COU, con el que a veces teníamos dos soporíferas horas de clase seguidas.... Al principio apenas hablábamos, pero esto duró poco. Pronto las dos soporíferas horas de latín y Griego se convirtieron en minutos de charlas trascendentes e intrascendentes, frasecitas en papelitos y risas ahogadas y congestionadas que el profesor a veces rechistaba, y, a veces, supongo que cansado, fingía no percibir. "¿Tú crees en Dios? me dijo un día. "Yo no", contesté segura y rotunda. "Yo tampoco", dijo él, "pero si luego existe, qué putada". Siempre que se habla de la existencia o no de Dios, no puedo evitar recordar, con una sonrisa, aquella frase.

Yo sé que yo le gustaba, y él sabía que yo lo sabía, pero nunca nos dijimos nada. Aguantamos bromas, silencios y miradas en el grupo (al que nunca se le escapa nada), y él compartió conmigo agobios, alegrías, esperas, tardes de cafetería, faltas a clase y muchos de mis cuelgues y sufrimientos amorosos, que entonces me dolieron tanto y que hoy, algunos, me cuesta recordar.

Yo me fui a estudiar a Santiago y él terminó en el ejército, y empezó a salir con una chica muy muy jovencita, con la que se casaría algunos años después. Volví a coincidir con él alguna noche de vuelta en el pueblo, y nos pusimos nostálgicos, y nos preguntamos por la gente, y me habló con orgullo de su niño, y de su trabajo en la vigilancia forestal, y lamentamos las distancias y el tiempo, y prometimos sinceramente intentar salvarlas, intuyendo en el fondo que no sería verdad.

Los treinta nos pasaron de largo a todos sin previo aviso. Poco después de cumplirlos vi su esquela, negándome a creerla y buscando desesperadamente el error milagroso y salvador. Mi madre me ratificó la noticia por teléfono con la voz temblorosa por la impresión. Un cáncer de riñón imposible, canalla y traidor se lo llevó en un mes. Él tenía sólo treinta y dos años y, seguro, mucha ilusión.

Aún hoy me cuesta creerlo. Aunque temblé y lloré, en el fondo sigo sin concebirlo, sin poder meter en mi cabeza que eso, de verdad, es lo que pasó.Y sigo estando convencida de que no existe ese dios que descubrir para que nos haga la putada. Y no estoy segura de si eso es mejor o peor...

Sé que a todos se nos quedó algo en nuestro Cadillac solitario, en nuestros sueños de ir a L.A, en el asiento de atrás, en el yo aquí borracho, en el dice la gente que ahora eres formal... Y de vez en cuando, por una canción, un encuentro, un cotilleo, un lugar, una frase, recuerdo aquellos tiempos, a los que podría volver con el alma si cerrara fuerte los ojos escuchando a Loquillo... pero no estás tú... No estás tú... Y volver deja de ser nostálgico por lo que fue, por lo que pudo ser, por lo que no pudo ser, por lo que no fue, por lo que nunca será, para convertirse en doloroso, siempre y todavía.

2 comentarios:

Abejita dijo...

Uff..lleno de sentimientos, nostalgia, y dolor..Me quedo sin palabras...

kamala dijo...

Gracias. De verdad.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...