jueves, 21 de diciembre de 2006

¿?

Él la miro y le preguntó : -¿Eres feliz?-

Ella le miró y le respondió: –Sí-.

Era una pregunta sencilla y obtuvo una respuesta sencilla. Apenas llevaban juntos unos meses y él solía hacérsela a menudo, pero a ella le seguía sorprendiendo puesto que esa pregunta no le era habitual en sus anteriores relaciones. Lo curioso es que esa pregunta encerraba valor. ¿Y si ella le hubiese contestado que no? ¿Qué hubiese ocurrido? Parece obvio que si él la veía feliz, la respuesta no podía ser otra; era jugar a una carta segura.

No obstante, siempre hay un riesgo evidente ante una cuestión directa. La sorpresa habita en la seguridad. Pero había más. Las palabras no son inocentes, éstas varían su inocuidad con el tiempo y con las situaciones. Las palabras están desnudas y se visten con las circunstancias que las rodean. ¿Dentro de 20 años se atrevería a realizar la misma pregunta? ¿Ella se atrevería a contestarle?

Ese debía ser el reto, pensó él. ¿Cuándo empezarían a no preguntarse cosas? Esa debía ser la señal, pensó él.

Una vez conocida la señal se sintió más aliviado. Sonrió.

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