sábado, 23 de diciembre de 2006

¿Saben ellos que es Navidad?




En 1985, Bob Geldof reunió a un grupo de artistas ingleses para interpretar esta canción, con letra suya y música de Midge Ure, de Ultravox, como parte de su proyecto Band Aid para contribuir a la lucha contra el hambre en África. Parte de este proyecto sería la grabación de otra canción, por artistas americanos (el famosísimo We are the world) y la celebración de dos macroconciertos, uno en Estados Unidos y otro en el Reino Unido. Entonces se proclamó el proyecto como un gesto maravilloso por parte de los cantantes pop para combatir desinteresadamente el hambre en África. Veinte años después (aparte de la curiosidad y el ejercicio de nostalgia de ver a Bono, Phil Collins, Paul Young, Sting, los Spandau Ballet, los Durán Durán, las Bananarama, los Status Quo, George Michael, Boy George, y pensar en los que siguen y en los que no), está claro que el hambre sigue aullando de vez en cuando en nuestras pantallas, perdida como un horror más entre las imágenes de la guerra, el fanatismo, los terrorismos, la violencia doméstica y espantos varios con los que convivimos muchas veces a la hora de comer, y que se siguen haciendo campañas de concienciación por parte de famosos y anónimos, e intentos de ayuda de distinto tipo, que sabemos que no van a ser un solución real y completa para todos estos problemas.

Yo suelo desconfíar, no sé si justificada o injustificadamente, de este tipo de iniciativas (galas benéficas, apadrinamiento de niños, colecta de ayudas en cuentas bancarias, campañas de actores, artistas o gentes de la realeza, etc.), entre otras cosas porque sé que lo de “desinteresadamente” es sospechosamente relativo, ya que todos ganan algo, mucho, quizás lo más valioso para ellos tal y como está montado el mundo: publicidad y marketing. No hay nada ya que no sea negocio, o que no pueda ser negocio. El negocio todo lo invade, todo lo mancha y todo lo asfixia: incluso las buenas intenciones.

Con este tipo de cosas se gana dinero, mucho dinero, y a saber a qué manos va a parar, a saber qué intermediarios se benefician, y a saber qué cantidad real llega a sus destinatarios oficiales, al margen de esas buenas intenciones que puedan tener los que las promueven, que quizás sean realmente unos quijotes modernos. Y aunque a mí así me gustaría creerlo, no puedo olvidar que las buenas intenciones de D. Quijote tenían muy poco efecto positivo sobre la realidad, y alguna vez, incluso, tenían un efecto contrario al que él pretendía, y del que él casi nunca se enteraba, porque el idealismo a menudo no hacía más que cegarle.

Me resulta cínico y sucio pensar que el hambre real y atroz, y todas sus miserias añadidas, y todo ese intenso sufrimiento perenne, puedan utilizarse como un anzuelo para hacer negocio.

Sé también que la caridad perpetúa la injusticia, el mal reparto, el mal sin más, y he comprendido que esa caridad se ha convertido en un lavado de conciencia, una excusa y una cohartada para que los ricos, los privilegiados (que lo somos, aunque se nos olvide casi todo el rato), sigamos navegando en la balsa que sostienen los lamentos de los que tuvieron la mala suerte de nacer al otro lado.

Y sé también, aunque muchas veces se me olvide, que yo formo parte, también cínicamente, de todo esto. Y quizás este post, incluso, no pueda ser más que un gesto formal, tópico, escéptico e inevitablemente cínico.

Pero a pesar de todo esto, no puedo evitar pensar que quizás sea más cínico no hacer nada, no intentarlo, desconfiar, y que quizás sí valga que la buena intención de algunos al promover todo esto sea real, y que, aunque no hayan acabado ni con el hambre en el mundo, ni con las desigualdades, ni con los problemas, quizás sí hayan ayudado o aliviado a alguien, a unos pocos, a los que sean, y que quizás con eso el esfuerzo ya haya valido la pena, y compense toda la otra mierda.

Tal vez lavándome también la mala conciencia (porque yo también compraré regalos, y quizás también reciba alguno, y mañana estaré cenando en una mesa llena de comida que nos sobra, calentita, en casa con los míos), sólo quería recordar que el mensaje de la canción, aunque tópico, gastado e instrumentalizado por el cinismo occidental, el mensaje en sí mismo, al margen de toda la mierda que pueda habérsele echado encima, no deja de ser verdad. Aunque sea inútil, y si lo recordamos sea sólo un momento, y seguramente no sirva para nada, ni siquiera para que tomemos conciencia de nuestra buena fortuna ni de lo absurdo de muchas de nuestras quejas y desdichas, es verdad: hay mucha gente que no sabe que es Navidad, y mucha gente a la que el saberlo le duele, sea por los motivos que sea.

Abraza al mundo en Navidad
pero di una oración
reza por los otros.
En Navidad, es duro
pero cuando tú te diviertes
hay todo un mundo fuera de tu ventana
y es un mundo de terror y miedo
donde la única agua que fluye
es el amargo aguijón de las lágrimas
y las campanas de navidad que suenan alli
son los sonoros repiques de la fatalidad
Así que esta noche da gracias a Dios porque son ellos
y no tú.

No va a haber nieve en África estas navidades
y el mayor regalo que tendrán este año es la vida
Donde nada nunca crece,
no hay lluvia ni fluyen ríos
¿Saben ellos que es Navidad?

Como todo, esto también depende del cristal con que se mire. Desear “Feliz Navidad” puede ser un gesto maquinal, vacío, tópico y convencional, puede ser un gesto cínico o puede ser un gesto sincero de desear lo mejor y no sólo por unos días. Y puede ser un gesto también muy elocuente y lleno de sentido no desearla.

Pero que por lo menos no nos roben ni nos manchen las buenas intenciones, cuando lo son de verdad. Que nos dejen algo limpio, puro y noble en el mundo. Y que esto no sea otro tópico y vacío deseo de Navidad.

Feliz Navidad.

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