
24 de Diciembre de 1978 (o quizás 79, y también 80, y 81, y 82)
Vivimos los cinco, papá, mamá, mis hermana mayor, mi hermano menor y yo, en un piso pequeñísimo, con un recibidor cuadrado y con poca luz que está forrado de arriba abajo por libros, libros y más libros (que espantaban a cualquier inoportuno vendedor de enciclopedias, rendido ante la evidencia de que no nos cabía ni uno más), y que tiene una alfombra en el suelo que algún día fue granate con dibujos blancos y negros, pero que ahora está sobadísima de tanto jugar sobre ella, de los pasos de la gente que viene a casa los sábados por la noche, y de sufrir los arañazos de algún cachorro que trajimos con la complicidad de papá y que había hecho que mamá no nos hablara en semanas.
La Nochebuena la pasábamos con la abuela Olga, mi abuela paterna, y el abuelo Ignacio, que vivían a unos 200 metros de nosotros, 200 metros que a mí me parecían inmensos, y más inmensos esa noche, con el frío intensísimo acumulado por la helada que empezaba a las 6 de la tarde, y que cruzábamos a pie, presurosos, entre las protestas de mamá porque nos peleábamos o por cualquier otra cosa, y las bromas y carreras a que nos retaba papá, que a menudo parecía más niño que nosotros.
La abuela nos recibía siempre con una sonrisa que llenaba de arrugas su cara y empequeñecía aún más sus diminutos ojos azules, el delantal manchado y la espumadera en la mano, nos daba muchos besos sonoros y repetidos, y nos encontraba más guapos, y más altos, y más listos, exclamando intermitentemente “mecachis”, con un cálido tono de entusiasmo casi infantil.
Cenábamos apretados en el pequeño salón-comedor iluminado pobremente por una lámpara situada justo encima de la mesa camilla. Después de cenar, íbamos a completar los postres a la casa de mi abuela materna, Pilar, y el abuelo Daniel, que era altísimo, y tenía un camión, y en la guerra había estado preso de los rojos, y por eso mi madre insistía que en su casa no cantáramos el “Agrupémonos “ que papá nos había enseñado no puedo recordar cuándo, y que solíamos cantar, entre otras muchas canciones cuya letra apenas comprendíamos, cuando nos llevaba al campo o a dar vueltas en coche. Esa noche las calles estaban siempre desiertas y silenciosas, y entonces papá se ponía a cantar casi a gritos, y nosotros le coreábamos entusiasmados (“Cantámosche os reies do quiquiriquí, se non nos das nada, cajámosche eiquí... cajámosche eiquí...”) ante las protestas entre escandalizadas y levemente sonrientes de mamá (“Ay, es que tu padre es un loco...”).
Por aquel entonces no venía Papa Noel; tendríamos que esperar hasta el día de Reyes para tener algún regalo, pero ese día era fiesta, y estábamos contentos sin ser demasiado conscientes de ello, porque nos juntábamos, porque comíamos cabrito y dulces, porque nos íbamos a la cama más tarde y porque seguramente de vuelta a nuestro pequeño piso papá sacaría la guitarra y cantaríamos hasta quedar rendidos y empachados y cansados de tanto turrón de chocolate por el que siempre terminábamos peleándonos.
24 de Diciembre de 1986
Llevamos poco tiempo en la casa nueva, que es grandísima, y como además ya falta el abuelo Ignacio, la cena de Nochebuena la celebramos aquí, y es la abuela Olga, la madre de mi padre, la que viene a cenar, menos sonriente y ejerciendo mucho de invitada, quizás porque la casa le parece grande y extraña, y quizás porque en casa ajena y comiendo una comida que ella no ha hecho le cuesta sentirse en familia. También vienen el abuelo Daniel y mi tía Anita, que se ha ido a vivir con él desde que murió la abuela Pilar, tres años después que mi abuelo paterno. A todos se nos hace raro estar en la nueva casa, con todos los papeles trastocados, y sabiendo ya que las Nochebuenas nunca serán como antes, y que en el mantel estarán, inevitables e inoportunas, agazapadas entre los platos y el marisco y los turrones y las copas, la tristeza y la nostalgia, a pesar de que nadie diga nada y todos nos mostremos sospechosamente animados.
Cenamos muy pronto, porque el abuelo Daniel es hombre de costumbres, y en su casa se cena pronto, y eso no lo cambia por mucho que vaya a cenar a casa de su hija. Al acabar quedamos ya sólo los de casa y mi tía Anita, que saca el paquete de tabaco en cuanto se va mi abuelo, y nos sentamos alrededor de la chimenea, con la bandeja de los postres delante y alguna copita de champán. Papá saca la guitarra, pero apenas le acompañamos al cantar, y mamá protesta porque remoloneamos para ayudarla a recoger.
Mi hermana y yo sólo deseamos que llegue fin de año, porque ese día sí nos dejan salir, por fin, de noche. A mi hermana porque ya tiene dieciséis años y todas sus amigas salen, y a mí también, aunque tenga sólo catorce, para acompañarla y que no tenga que volver sola de madrugada. A mí me hace ilusión, a pesar de tener que salir con sus amigas, que me miran un poco por encima del hombro, porque son todas de 3º de BUP y de COU, y yo soy solo una niñata de 1º. Pero quizás haya suerte y salga alguien de los míos, y pueda escaquearme al menos hasta la hora de volver a casa.
24 de Diciembre de 1989
A las seis de la tarde suena el teléfono y lo coge mamá. Es para mí. Es Juan. Mamá me mira seria, pero no me pregunta nada, aunque sé que le intriga esto de que me llamen chicos. Y sé que no les hace gracia, ni a ella ni a a papá, porque creen que tengo que centrarme en estudiar y dejarme de tonterías, así que yo no les he dicho nada de que estoy saliendo con alguien. Sobre todo, teniendo en cuenta que ese alguien lleva ocho años de ventaja a mis diecisiete, trabaja en una discoteca y tiene bastante mala fama (aunque coger mala fama en un pueblo sea terriblemente fácil). Y a mí sólo me dejan salir por la noche en algunas fiestas señaladas y en vacaciones, que COU es muy difícil, y está el selectivo, y todo eso...
Juan me dice que está aparcado con su coche en la esquina donde quedamos siempre, la primera que no se ve desde mi casa. “Anda, baja un momento, que sólo quiero felicitarte la Navidad” “Puf, pero es que... ¿qué digo?” “Di cualquier cosa. Por favor, que tengo muchas ganas de verte”. “Bueno, en diez minutos, estoy ahí.”
Subo otra vez al piso de arriba para disimular, y a los cinco minutos me pongo el anorak y salgo por la puerta gritando que voy un momento a la farmacia a por mi gel antialérgico, que se me ha acabado. Mamá se asoma un momento desde la cocina, donde está atareadísima con la merluza rellena y el asado, sólo para verme marchar. Yo intuyo que con sólo mirarme puede adivinar lo que me pasa. Lo siento en todo el cuerpo y por eso es raro que intente siquiera engañarla. Lo único que puedo hacer es no decir nada, y esperar que ella finja no saber.
Nada más doblar la esquina, veo el coche gris que se ha convertido en el lugar en el que Juan y yo pasamos tardes enteras, aparcados en cualquier rincón al lado del río, el único lugar donde podemos estar solos y lejos de las miradas y los comentarios de la gente. Como siempre, tiene la música puesta, y está comiendo un trozo de turrón de chocolate. Me mira sonriente, me hace alguna de sus bromas, le doy un beso y arranca. “No puedo quedarme mucho, que mi madre está mosca” “Dile que te has encontrado a Ana y habéis ido a tomar algo” “Puf, pero es que además está pesadísima con que si no la ayudamos ni nada”. “¿Les has dicho que te dejen salir esta noche?” “¡Qué dices! En Nochebuena en mi casa no se sale, Mi hermana no se atreve ni a plantearlo. Y eso que de su pandilla salen casi todos...”. “Jo, te voy a echar de menos” “Pero si total, estarás currando” “Ya. Pero me gusta mucho tenerte por allí”. Pone la mano en mi pierna mientras conduce, y yo la aprieto fuerte. Sólo un cuarto de hora que me guardo de recuerdo en el bolsillo para acariciar de vez en cuando y a escondidas esa noche, que en realidad comparto con él sin que nadie lo sepa.
24 de Diciembre de 1990
Esa tarde, Juan y yo vamos al cine, porque ponen en el pueblo Pretty Woman. La sala está completamente vacía, así que nos acurrucamos hacia el medio, que parece que así hacemos más bulto. Al salir vamos a tomar algo al bar de al lado, y el dueño, que está a punto de cerrar para irse a cenar a casa, nos invita a champán.
Yo estoy muy mimosa y muy morriñosa. Son las primeras Navidades que vuelvo a casa por Navidad, y me cuesta la distancia de Juan, y me cuestan los estudios, y me cuesta el cambio de todo, y siento como una especie de culpa porque me interesen más otras cosas que la dichosa carrera, y tengo un miedo extrañísimo a defraudar, no sé bien a quién, a que la carrera me supere, a no estar a la altura, y es un miedo irracional e ilógico, porque yo siempre he sacado unas notas buenísimas, pero aunque asiento a los razonamientos que me hace todo el mundo, no puedo evitar sentir una especie de angustia extraña en el estómago, que a veces se agudiza y no me deja respirar, y que ya no soy capaz de entender a qué se debe. Mamá me llevó al psiquiatra porque había tardes en que no podía estar en ningún lado, ni parar de llorar, sólo quería quitarme la angustia y no sabía cómo, así que la llamé y se lo conté. Y ella, que parece siempre tan débil, ante estas cosas asombrosamente se crece y se mueve con energía para buscar soluciones, así que encontró enseguida un médico con buena reputación, a pesar de la oposición despectiva de papá, que decía que lo mío no eran más que tonterías y que si llevaran los pubs de mi pueblo a Santiago seguro que no venía tanto a casa.
24 de Diciembre de 1989
A las seis de la tarde suena el teléfono y lo coge mamá. Es para mí. Es Juan. Mamá me mira seria, pero no me pregunta nada, aunque sé que le intriga esto de que me llamen chicos. Y sé que no les hace gracia, ni a ella ni a a papá, porque creen que tengo que centrarme en estudiar y dejarme de tonterías, así que yo no les he dicho nada de que estoy saliendo con alguien. Sobre todo, teniendo en cuenta que ese alguien lleva ocho años de ventaja a mis diecisiete, trabaja en una discoteca y tiene bastante mala fama (aunque coger mala fama en un pueblo sea terriblemente fácil). Y a mí sólo me dejan salir por la noche en algunas fiestas señaladas y en vacaciones, que COU es muy difícil, y está el selectivo, y todo eso...
Juan me dice que está aparcado con su coche en la esquina donde quedamos siempre, la primera que no se ve desde mi casa. “Anda, baja un momento, que sólo quiero felicitarte la Navidad” “Puf, pero es que... ¿qué digo?” “Di cualquier cosa. Por favor, que tengo muchas ganas de verte”. “Bueno, en diez minutos, estoy ahí.”
Subo otra vez al piso de arriba para disimular, y a los cinco minutos me pongo el anorak y salgo por la puerta gritando que voy un momento a la farmacia a por mi gel antialérgico, que se me ha acabado. Mamá se asoma un momento desde la cocina, donde está atareadísima con la merluza rellena y el asado, sólo para verme marchar. Yo intuyo que con sólo mirarme puede adivinar lo que me pasa. Lo siento en todo el cuerpo y por eso es raro que intente siquiera engañarla. Lo único que puedo hacer es no decir nada, y esperar que ella finja no saber.
Nada más doblar la esquina, veo el coche gris que se ha convertido en el lugar en el que Juan y yo pasamos tardes enteras, aparcados en cualquier rincón al lado del río, el único lugar donde podemos estar solos y lejos de las miradas y los comentarios de la gente. Como siempre, tiene la música puesta, y está comiendo un trozo de turrón de chocolate. Me mira sonriente, me hace alguna de sus bromas, le doy un beso y arranca. “No puedo quedarme mucho, que mi madre está mosca” “Dile que te has encontrado a Ana y habéis ido a tomar algo” “Puf, pero es que además está pesadísima con que si no la ayudamos ni nada”. “¿Les has dicho que te dejen salir esta noche?” “¡Qué dices! En Nochebuena en mi casa no se sale, Mi hermana no se atreve ni a plantearlo. Y eso que de su pandilla salen casi todos...”. “Jo, te voy a echar de menos” “Pero si total, estarás currando” “Ya. Pero me gusta mucho tenerte por allí”. Pone la mano en mi pierna mientras conduce, y yo la aprieto fuerte. Sólo un cuarto de hora que me guardo de recuerdo en el bolsillo para acariciar de vez en cuando y a escondidas esa noche, que en realidad comparto con él sin que nadie lo sepa.
24 de Diciembre de 1990
Esa tarde, Juan y yo vamos al cine, porque ponen en el pueblo Pretty Woman. La sala está completamente vacía, así que nos acurrucamos hacia el medio, que parece que así hacemos más bulto. Al salir vamos a tomar algo al bar de al lado, y el dueño, que está a punto de cerrar para irse a cenar a casa, nos invita a champán.
Yo estoy muy mimosa y muy morriñosa. Son las primeras Navidades que vuelvo a casa por Navidad, y me cuesta la distancia de Juan, y me cuestan los estudios, y me cuesta el cambio de todo, y siento como una especie de culpa porque me interesen más otras cosas que la dichosa carrera, y tengo un miedo extrañísimo a defraudar, no sé bien a quién, a que la carrera me supere, a no estar a la altura, y es un miedo irracional e ilógico, porque yo siempre he sacado unas notas buenísimas, pero aunque asiento a los razonamientos que me hace todo el mundo, no puedo evitar sentir una especie de angustia extraña en el estómago, que a veces se agudiza y no me deja respirar, y que ya no soy capaz de entender a qué se debe. Mamá me llevó al psiquiatra porque había tardes en que no podía estar en ningún lado, ni parar de llorar, sólo quería quitarme la angustia y no sabía cómo, así que la llamé y se lo conté. Y ella, que parece siempre tan débil, ante estas cosas asombrosamente se crece y se mueve con energía para buscar soluciones, así que encontró enseguida un médico con buena reputación, a pesar de la oposición despectiva de papá, que decía que lo mío no eran más que tonterías y que si llevaran los pubs de mi pueblo a Santiago seguro que no venía tanto a casa.
El psiquiatra me ha recetado unas pastillas que me alivian la angustia, y me ha dicho que lo primero que tengo que hacer es hablar con papá y contarle lo que me pasa, pero yo no soy capaz porque sé que él piensa que son tonterías, y no va a entenderlo, y porque él lo que quiere es que yo sea buena estudiante, y que no sólo saque buenas notas, sino que sepa mucho, me interese por las cosas, y me adapte a Santiago muy bien y viva lo que él no pudo y soñó, porque él tuvo que sacar los últimos cursos de la carrera por libre, que en su casa no había dinero para que pudiera estar en Santiago y había que ayudar con la carpintería del abuelo Ignacio.
Juan no entiende lo que me pasa; sólo me ve triste y se desespera. Y yo siento que me alejo inevitablemente de él. Pero ahora no pienso en eso: ahora le miro, y sonrío, y brindamos con champán, que las Navidades están sólo empezando, y quedan muchos días para el 8 de Enero. El día en que no quiero pensar, porque tocará volver a Santiago y a la angustia y, por supuesto, no habré sido capaz de hablar con papá.
24 de Diciembre de 1996
Bajo a eso de las seis para ayudar un poco a preparar la cena. Papá está enfrascado al lado de la chimenea, resolviendo crucigramas con un cigarrillo en la mano que no sostiene el bolígrafo y que pone sobre la frente como si se sujetara la cabeza. Mamá está en la cocina, invadiendo el aire con su tristeza. Lleva mucho tiempo triste, furiosamente triste, porque desde que papá tuvo el infarto, le obsesiona la idea de que puede morirse, y yo creo que se siente responsable, como si le correspondiera a ella evitarlo. Y se enfada porque papá ha vuelto a fumar, come lo que le da la gana y sale casi todas las noches, y si se le dice algo se pone también furioso, y grita frunciendo el ceño que él no es un enfermo y que dejemos vivir a la gente. Yo no sé bien lo que pasa; sólo sé que apenas hablan entre ellos, que mamá sólo habla conmigo para quejarse de la actitud de mi padre hacia ella, de lo poco que recibe a cambio de los sacrificios y trabajos que ha hecho toda la vida por él y por nosotros, y de su propia vida, que ella parece considerar invertida en un fraude del que, de algún modo, siento que yo también tengo la culpa. Hace semanas que ya no duermen juntos.
Y yo tendría que estar contenta, porque he aprobado la oposición, y es el primer año que ya trabajo, y me gusta mucho, y gano dinero, y he podido comprar algunos regalos, y acabo de comprarme coche, y estoy aprendiendo a cocinar, y voy a hacer un postre riquísimo para esta noche. Tendría que estar contenta, pero no lo estoy, y por más que busco y por más que intento, sólo siento como ganas de huir, de no ver, de no saber, de irme lejos, muy lejos, y de empezar vacía, de alguna forma, de la que sea, en otro lado.
A las nueve menos cuarto llegan el abuelo Daniel y mi tía Anita. El abuelo está mucho más encorvado y hasta da la impresión de que ha encogido. La tía Anita está siempre muy pendiente de él: de que se abrigue, de pasarle la carne por la picadora porque apenas puede masticar, de que haya manzanilla y de que le dejen ver el mensaje del rey. Es el único abuelo que queda, porque la abuela Olga murió el año pasado tras una larguísima temporada con demencia senil, en la que tuvo que venirse a vivir a casa y en la que nos complicó mucho la vida a todos, y sobre todo a mamá, que no era su hija. El ambiente es tenso cuando nos sentamos a la mesa, aunque mi tía Anita y mi hermana, que son mucho más dicharacheras que yo, rompen el aire denso con su actitud, y su charla animada, y su bombardeo de preguntas a mi hermano, al que apenas vemos ya dos veces al año, porque desde que se fue a estudiar fuera viene realmente poquísimo, para desesperación de mamá, que nunca disimuló que era su ojito derecho y que creía que era el que más la necesitaba.
Terminamos prontísimo de cenar. Mamá se levanta incluso antes de que terminemos, y nos lanza un reproche en forma de trabajo al ponerse muy seria y callada a recoger. Papá se sienta un rato junto a la chimenea fumando y mirando para la televisión, pero pronto oigo desde la cocina que se va. Mi hermana me dice que ella ha quedado a la una. A mí me da pereza salir, pero me dejo convencer. Llevamos algunos años saliendo en Nochebuena. El primero fue justo el año en que acababa de cortar con Juan, sintiéndome fatal por dejar de quererle inexplicablemente. Aunque ahora sé que se ha casado y que está ya en camino su primer hijo. Y me alegro, no sin cierta nostalgia a la que no tengo derecho, por él.
Y mientras me visto, no sé bien por qué, me viene a la cabeza la frase de García Márquez sobre las estirpes condenadas a cien años de soledad, y quisiera haber aprendido a mirar siempre el mundo como los abuelos les enseñan a los niños, y saber llenar el realismo de magia.
Juan no entiende lo que me pasa; sólo me ve triste y se desespera. Y yo siento que me alejo inevitablemente de él. Pero ahora no pienso en eso: ahora le miro, y sonrío, y brindamos con champán, que las Navidades están sólo empezando, y quedan muchos días para el 8 de Enero. El día en que no quiero pensar, porque tocará volver a Santiago y a la angustia y, por supuesto, no habré sido capaz de hablar con papá.
24 de Diciembre de 1996
Bajo a eso de las seis para ayudar un poco a preparar la cena. Papá está enfrascado al lado de la chimenea, resolviendo crucigramas con un cigarrillo en la mano que no sostiene el bolígrafo y que pone sobre la frente como si se sujetara la cabeza. Mamá está en la cocina, invadiendo el aire con su tristeza. Lleva mucho tiempo triste, furiosamente triste, porque desde que papá tuvo el infarto, le obsesiona la idea de que puede morirse, y yo creo que se siente responsable, como si le correspondiera a ella evitarlo. Y se enfada porque papá ha vuelto a fumar, come lo que le da la gana y sale casi todas las noches, y si se le dice algo se pone también furioso, y grita frunciendo el ceño que él no es un enfermo y que dejemos vivir a la gente. Yo no sé bien lo que pasa; sólo sé que apenas hablan entre ellos, que mamá sólo habla conmigo para quejarse de la actitud de mi padre hacia ella, de lo poco que recibe a cambio de los sacrificios y trabajos que ha hecho toda la vida por él y por nosotros, y de su propia vida, que ella parece considerar invertida en un fraude del que, de algún modo, siento que yo también tengo la culpa. Hace semanas que ya no duermen juntos.
Y yo tendría que estar contenta, porque he aprobado la oposición, y es el primer año que ya trabajo, y me gusta mucho, y gano dinero, y he podido comprar algunos regalos, y acabo de comprarme coche, y estoy aprendiendo a cocinar, y voy a hacer un postre riquísimo para esta noche. Tendría que estar contenta, pero no lo estoy, y por más que busco y por más que intento, sólo siento como ganas de huir, de no ver, de no saber, de irme lejos, muy lejos, y de empezar vacía, de alguna forma, de la que sea, en otro lado.
A las nueve menos cuarto llegan el abuelo Daniel y mi tía Anita. El abuelo está mucho más encorvado y hasta da la impresión de que ha encogido. La tía Anita está siempre muy pendiente de él: de que se abrigue, de pasarle la carne por la picadora porque apenas puede masticar, de que haya manzanilla y de que le dejen ver el mensaje del rey. Es el único abuelo que queda, porque la abuela Olga murió el año pasado tras una larguísima temporada con demencia senil, en la que tuvo que venirse a vivir a casa y en la que nos complicó mucho la vida a todos, y sobre todo a mamá, que no era su hija. El ambiente es tenso cuando nos sentamos a la mesa, aunque mi tía Anita y mi hermana, que son mucho más dicharacheras que yo, rompen el aire denso con su actitud, y su charla animada, y su bombardeo de preguntas a mi hermano, al que apenas vemos ya dos veces al año, porque desde que se fue a estudiar fuera viene realmente poquísimo, para desesperación de mamá, que nunca disimuló que era su ojito derecho y que creía que era el que más la necesitaba.
Terminamos prontísimo de cenar. Mamá se levanta incluso antes de que terminemos, y nos lanza un reproche en forma de trabajo al ponerse muy seria y callada a recoger. Papá se sienta un rato junto a la chimenea fumando y mirando para la televisión, pero pronto oigo desde la cocina que se va. Mi hermana me dice que ella ha quedado a la una. A mí me da pereza salir, pero me dejo convencer. Llevamos algunos años saliendo en Nochebuena. El primero fue justo el año en que acababa de cortar con Juan, sintiéndome fatal por dejar de quererle inexplicablemente. Aunque ahora sé que se ha casado y que está ya en camino su primer hijo. Y me alegro, no sin cierta nostalgia a la que no tengo derecho, por él.
Y mientras me visto, no sé bien por qué, me viene a la cabeza la frase de García Márquez sobre las estirpes condenadas a cien años de soledad, y quisiera haber aprendido a mirar siempre el mundo como los abuelos les enseñan a los niños, y saber llenar el realismo de magia.
Comentarios
Estas Navidades espero que sean de las buenas, ya que en mi vida ha habido Navidades buenas, regulares y malas.
Ojala sean buenas Navidades, por lo menos para mi Hermana Ana y para mis Sobrinas.
ójala sean buenas Navidades para mi Madre, que se lo merece.
ójala sean buenas Navidades para mi padre, y para mi hermana pequeña, para Luis.
Ojala Sean Buenas Navidades para mis sobrinos de Anso, que son pequeños y las Navidades con niños son especiales.
ójala sean Buenas Navidades para Bea,serán nuestras 1º Navidades en nuestra nueva casita.
Ójala sean Buenas Navidades para ti, y para los tuyos, alli donde esteís.
Si son buenas Navidades para todos ellos, para mí serán unas Navidades EXCEPCIONALES.
Un besazo para tí. Y FELIZ NAVIDAD
El anonimo del 1º mensaje soy yo, José Antonio.
Ojalá.
Te deseo lo mejor en estas fiestas y mis mejores deseos para el año que empieza. Un beso
Yo también te deseo unos días felices y un año genial. Besos.