jueves, 18 de enero de 2007

Amar, morir, matar.



Porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren...

Curiosamente, esta canción, de haber salido a la luz ahora, tendría muchísimos problemas y habría levantado las más airadas protestas.

La época en que impera lo políticamente correcto como máscara y coartada para la barbarie continua y soterrada no es el marco más propicio para proclamar grandes pasiones. Vivimos sin duda los peores tiempos para la lírica.

Porque esta es una canción profundamente lírica, de la lírica más desgarrada y doliente, sobre una gran pasión. La pasión más intensa y peligrosa. La peor de todas, que tal vez sea una forma peculiar de amor, con más espinas que rosas, o tal vez sea una forma peculiar de otra cosa, que como el amor, cuando no muere mata, y cuando mata nunca muere. Y tal vez por eso a veces se confundan.

Amor y muerte. Tándem universal y eterno, real e imaginario, metáfora y acontecimiento, extraordinario y cotidiano, sublime y monstruoso, al menos mientras el hombre sea la medida de todas las cosas.

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