domingo, 14 de enero de 2007

Princesas




Princesas, de Fernando León de Aranoa.



Ayer la vi. Llevaba mucho tiempo teniendo que verla, y ayer, por fin, la vi. Y como suele pasar cuando tienes demasiado tiempo para hacerte grandes expectativas sobre algo, no me pareció tan redonda como yo esperaba. Tiene momentos, y escenas, y aspectos memorables, impresionantes y emotivos (algunas conversaciones, como la que pongo más abajo, la escena de la pobre Caye con su excliente en el baño mientras tiene una cita con su posible amor, los abusos del canalla que le promete los papeles a Zulema), pero para mí no es una película redonda. En algunos momentos se nota un guión demasiado forzado (algunos pasajes en casa de la madre, el personaje de Manuel o el momento del encuentro, el paseo en cochazo de las prostitutas, entrañable y emotivo, pero metido un poco con calzador. por ejemplo), como si Fernando León tuviera muy claro qué quería contar, pero no encontrara la manera más adecuada de contarlo... Y algunas ideas que se ponen en boca de los personajes queda claro que son ideas que están implícitas en la historia, y que así persentadas son espúreas, porque son ideas y palabras del creador que contempla a estos personajes, pero que resultan demasiado insólitas en los labios de ellas...

Aún así, la película tiene cosas maravillosas, y cosas terribles, y yo me he emocionado y he llorado, aunque esto no sea demasiado significativo porque de unos años para acá me emociono con muchas cosas, con demasiadas, hasta con noticias del telediario (y esto último ha hecho que incluso llegue a preocuparme).

Maravillosa es, sobre todo, la historia de amistad entre las dos protagonistas, oasis dulce en un mundo terrible y amargo, asidero salvador para el abismo desesperanzado de la soledad radical y absoluta.

Maravilloso es el personaje de Zulema y la actriz que lo interpreta, de las que yo me he enamorado.

Maravillosas son algunas escenas en la peluquería y el personaje de la drogadicta que suplica constantemente que la dejen ir al baño y que finalmente encuentra un novio "que la llama cariño y la coge de la mano y todo", al que ella "al principio casi le mete una una hostia", para finalmente lamentar que no la conociera antes, cuando estaba entera, porque "ella antes estaba muy buena, tía, muy buena, y eso él se lo ha perdido".

Maravillosa es la forma de contar la ilusión insólita, la puerta abierta a un sueño que supone la relación con Manuel ( a través de algo tan sencillo como las escenas del partido de Atleti compartido) y el terrible e inevitable final, a través del fatal y odioso sonido del móvil del bar de la casusalidad / causalidad inexorable y casi anunciada con la que la realidad deshace en un segundo trágico la ilusión y el sueño.

Maravillosa es la interpretación de Candela Peña de Caye, personaje que a pesar de ello (y del juego homonímico con su nombre) me resulta más desdibujado que el de Zulema.

Maravillosa es la música del inmenso Manu Chao, la más adecuada, la única posible, por auténtica, popular (en el sentido más profundo de la palabra), mestiza y sin papeles.

La película hace un retrato sobrecogedor de lo que supone la prostitución y sus terribles consecuencias, sobre todo en el plano afectivo, íntimo y personal, aspecto menos atendido en la literatura, el cine o los planes de ayuda social que sus consecuencias económicas y sociales, que en realidad muchas veces se confunden con las causas, en una siniestra pescadilla mordiéndose inevitablemente la cola. Parte fundamenteal de este retrato son escenas como ese encuentro de Caye con un cliente en el lavabo del restaurante donde tiene su primera cita con Manuel, los momentos brutales e inevitables de Zule con el canalla que dice tener sus papeles, las fotos falsas en el bar para mandarle a su familia en República Dominicana que no saben a qué se dedica Zulema -reflejo amargo e irónico de lo que deberia ser-, la historia de amor frustrada de Zule con el voluntario (que también queda finalmente, no sé bien por qué, desdibujada) o el rechazo de la familia de compatriotas con los que comparte la cama caliente y que no quieren que su hijo la vea.

Retrato amargo y eterno de cómo el ser humano necesita desesperadamente la felicidad, y de cómo el mundo se empeña enconadamente en vedársela. Retrato amargo y eterno del mundo que te condena precisamente por aquello que te obliga a hacer.

Hay cosas de esta película que me guardo ya para siempre. Una, la conversación sobre la nostalgia de lo no vivido que pongo más abajo. Otras, algunos momentos y algunas frases como éstas:

"Tú existes porque alguien piensa en tí y no al revés".

"El amor debe de ser algo así, que te vayan a buscar a la salida del trabajo".

"Dicen que las princesas no tienen equilibrio. Que son tan sensibles que pueden sentir la rotación de la tierra. Dicen que son tan sensibles que enferman si están lejos de su reino. Que hasta pueden morir de tristeza".

Yo no sé qué pretendía exactamente Fernando León con esta película, pero tengo que confesar que yo sentí cierta vergüenza. Vergüenza de quejarme por las cosas que a veces me quejo, de preocuparme y apenarme por cosas por las que a veces me apeno. Porque ese es un lujo arrogante, cínico y vergonzante. Porque a mí han venido a buscarme al trabajo. Porque yo tengo todo lo que estas chicas anhelan. Porque, aunque no lo tuviera, todas somos princesas que necesitamos y buscamos nuestro reino, y yo tengo la oportunidad (y por ende casi la obligación) de encontrarlo. Porque a veces se me olvida y ese es un lujo vergonzoso que no me debo permitir. Porque hay princesas condenadas sin motivo, por un azar siniestro, al destierro y que mueren, de verdad, cada día, de tristeza.

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