miércoles, 14 de febrero de 2007

Entroido



Los de fuera nunca lo entienden. Te miran boquiabiertos y como si estuvieras un poco loca cuando lo intentas explicar. Y la verdad es que es difícil explicar que una fiesta signifique tanto, porque son cosas que se sienten, y los sentimientos, cuando son explicados, siempre suenan absurdos.

El mundo se para y nosotros nos bajamos para que sólo exista fiesta, buen rollo y cachondeo sano. Por unos días, la imaginación, y el color, y la música, y la harina, y la risa, y la comida, y la bebida, al poder.

Pero para entenderlo, es necesario haber oído las bombas, los petardos, las charangas, los tambores, las batucadas, el murmullo abigarrado de la multitud, las músicas confundiéndose y el sonido de las chocas de los cigarrones aproximándose.

Es necesario haber sentido el olor a pólvora y churros y vino y palomitas y harina y cerveza y cocido y licor café.

Es necesario haberlo esperado contando los días y preparando disfraces, criticando el cartel y sacando ropa vieja del armario.

Es necesario haber sentido a los cigarrones acercarse, y notar que se acelera el corazón, y haber corrido o haber intentado esconderse para evitarlo, o haberse rendido y haberse llevado el latigazo de rigor.

Es necesario haber bailado en el restaurante, al irrumpir la charanga, y haber llevado una vela para esperar al Carnaval en San Lázaro, y haber sentido el corazón casi tan fuerte como los tambores enormes mientras las mujeres lo escoltan hasta la plaza, y haber tiritado escuchando el pregón, y haberse mezclado con la masa eufórica disfrazada de colores en el momento mágico en que empieza la fiesta.

Es necesario haber recorrido las calles y las tascas, y haber saltado en la plaza, y haber tirado harina al desonocido protestón, y al amigo presumido que nunca quiere verse manchado, y haberse visto uno mismo enzoufado con la cara y la ropa y el pelo blancos y tan sucios, que hasta resultan bonitos.

Es necesario haber cenado en una mesa laaarga, llena de disfraces distintos, ajados por la troula y sorprendentes, rodeado de música y harina y bromas y risas y gritos y burradas.

Es necesario haber intuido la cara que te gusta y que te espera entre la multiud, y haberte acercado a algún desconocido para hablar, o  bailar, o  saltar,  porque en carnavales nadie es desconocido y todo da igual y no hay vergüenza ni formalismos ni distancias.

Es necesario haber saltado con la música de siempre,  hortera, vieja, inverosímil,  la misma todos los años, y haber amanecido con el disfraz a medias, la peluca suelta y agujetas en todas partes menos en el ánimo, para ir a desayunar bajo un sol radiante y quizás la última cerveza en la mano.

Es necesario haber pasado un buen rato hablando con una cara tapada, que te conoce, y te saluda, y te putea, y haber intentando adivinar quién era, y haberte quedado sin saberlo para siempre jamás.

Es necesario haberse vestido de hombre, de hippy, de ratita presumida, de payaso, de bruja, de princesa, de pirata, de india, de vaquera, de ladrón, de dama antigua, de policía, de maruja, de niño, de guerrero, de vieja con bastón, de mascarita, de capuchón.

Es necesario haber visto bailarinas con bigote, hadas madrinas barrigudas, caperucitas con perilla y gafas, dragqueens torpes soltando tacos roncos, caníbales tiznados con collares de macarrones o bailarinas de samba con acento gallego.

Es necesario haber llevado gorro, pañuelo, peluca, gabardina, capuchón, ropa vieja, viejos zapatos rebozados de harina rancia y barro, y gafas de sol, de día, de noche y todo el rato..

Es necesario haber bailado y haber saltado en la plaza, con el sonido distorsionado de la orquesta y sus voces engoladas, que da igual lo que toque o que lo haga bien o mal.

Es necesario haber reído con las bromas, con la desmitificación, con el títere sin cabeza, con la galleguización irónica de todo, con el mundo al revés y lo que revela la máscara, con la retranca, con las ocurrencias geniales del ingenio popular, espontáneo, auténtico, sin pelos en la lengua, ni pretensiones ni pudor para nada, y con mucha mala leche, pero de la que no hace daño sino gracia.

Es necesario haberse movido al son ensordecedor de la batucada, licor café en mano, al lado de una barra de madera malamente improvisada en una esquina de la calle, cuando ya ha anochecido y el aire es tan frío que parece afilado.

Es necesario haber compartido cachucha, y orella, y bica, de una enorme bandeja en esa barra de madera mal puesta en la calle, mientras se ríe, se bebe, se corre, se salta.

Es necesario haberse despertado alguna vez ya para empatar, sin preocuparse por descansar o siquiera pararse a pensar si uno está o no cansado.

Es necesario haberse quedado afónico del frío,  y de cantar, y de reír, y de bromear, y de charlar, y de gritar.

Es necesario haber quemado todo el martes, ese martes en que se acaba, y da tanta pena que se acabe, y temer ya la resaca, la larga resaca y la pena de que o Entroido se acaba.

Quién lo probó, lo sabe.

Entroideiro, o lo eres, o no lo eres. Y cuando lo eres, solo puedes dejar el Entroido por algo muy grande y también muy difícil de explicar, que los entroideiros de aquí nunca entienden, y te miran boquiabiertos y como si estuvieras un poco loca cuando lo intentas. Porque los sentimientos, cuando son explicados, siempre suenan absurdos.













2 comentarios:

iritatirita dijo...

alaaaaaaa... no creo que me de tiempo a hacer todas esas cosas... pero intentare vivirlo lo mejor posible

gracias

kamala dijo...

No te preocupes. Esas cosas parecen muchas, pero suelen hacerse más o menos a la vez...

No olvides llevar harina, eh.

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