domingo, 11 de febrero de 2007

La joven de las naranjas


Este libro no fue buscado: llegó a mí por pura casualidad. O no, más bien llegó a mí porque alguien quiso que llegará. Quizás no fuera un regalo, quizás fuera todo un mensaje.


Con quince años, Georg descubre una carta que su padre muerto hace varios años escribió para él, mientras la enfermedad iba consumiéndole poco a poco. Una vida, la de su padre, se extinguía mientras era testigo y consciente de tener delante otra que se abría al mundo: la de su hijo. La muerte miraba directamente a la vida, sabiendo que más tarde o mas temprano también se extinguiría. Por un breve instante vida y muerte coexistían formando una extraña pareja que nunca tiene final feliz.

La carta póstuma de un padre a su hijo, que desconoce incluso como será o qué edad tendrá al leerla, se convierte en la más larga conversación entre ambos a lo largo de toda su vida.

“Mi padre murió hace once años, cuando yo sólo tenía cuatro. Creí que no volvería a saber nada de él, pero ahora estamos escribiendo un libro juntos …”

Yo añado que este post lo escribimos juntos Gaarder y yo. Espero que no le moleste.

En esa carta, su padre le habla de “la joven de las naranjas”, esa extraña joven que marcó la pauta y camino de su existencia. Más allá de la propia experiencia vital del padre en busca de “la joven de las naranjas”, éste plantea a su hijo varias preguntas y varias consideraciones filosóficas, que marcan el contenido del relato.

“¿Cuándo podemos volver a vernos?.

¿Cuánto tiempo puedes esperar?

¿Qué podía responder a esa pregunta, Georg? Tal vez fuera una trampa. Si contestara que dos o tres días, sería demostrarme demasiado impaciente, y si contestara “toda la vida”, pensaría que no la quería de verdad o simplemente que no era sincero. De modo que tuve que ingeniarme algo intermedio.

“Podré esperar hasta que mi corazón sangre de pena”.

Sonrió algo indecisa y me acarició los labios con un dedo. Luego preguntó:

“¿Cuánto tiempo es eso?”

Hice un gesto de desesperación con la cabeza y opté por decir la verdad:

“Tal vez sólo cinco minutos”, dije.

Después de eso y de mucho más, llegaría una vida juntos.

A lo largo de esa vida se produce una transformación maravillosa que podría pasar desapercibida para cualquiera. En una vida en pareja, hay un momento en que empezamos a utilizar con mayor frecuencia, el pronombre “nosotros”. Es una palabra curiosa. De repente comenzamos a utilizar esa palabra, poniendo a dos personas bajo una acción común, casi como si se tratara de un solo ser compuesto. Como si ese “nosotros” no pudiera partirse. A partir de entonces todo se transforma. “Vamos a hacer la cena”, “vamos a abrir una botella de vino”, se trata de un proceso sencillo, cargado de contenido y que afecta profundamente a la vida de dos seres sobre la tierra. Ese "nosotros" se convierte en un ente único que parece no poder separarse. Al menos mientras ese “nosotros” es inconsciente. Parece eterno.

Al morir no nos despedimos de nuestros libros o de nuestro piso o coche. Nuestra última mirada suele ser para un ser querido, si somos afortunados, nuestro último pensamiento también. En todo caso, en nuestro último aliento podemos mirar el mar o el cielo, o la tierra, o nuestra mente viajará hasta paisajes escondidos o el confín del universo. Nuestro último contacto será, si puede ser, con una mano querida. Nos despedimos de lo que no poseímos ni compramos. Lo demás, lo que tan importante nos resultó, resulta accesorio.

En un momento del libro, el padre es claro. Pero hace una petición imposible.

- Ya no siento necesidad de ver o vivir más cosas de las que he vivido. Lo que sí desearía fervientemente es mantener lo que tengo… porque estoy muriendo. Unos huéspedes que jamás han sido invitados han empezado a chuparme la energía vital.

No obstante, la gran pregunta llega al final. ¿Elegirías nacer, y conocer la vida en toda su intensidad sabiendo que quizá sea para permanecer sólo un instante en ella? ¿O rechazaríamos la oferta con las reglas que contiene? Si eliges vivir, también eliges morir y perder todo lo que posees. Perder todo aquello que no tiene precio. Eliges conocer el “mundo” y perderlo. Eliges saber que un beso puede ser el último o que una mirada puede ser una despedida.

¿Qué elegiríais vosotros?

Después de todo, quizás la cuestión se resuma en algo tan simple, como que en la vida hay que aprender a echar de menos.

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