viernes, 23 de febrero de 2007

Máikel


Máikel (sí, Máikel: como lo leéis, con acento y todo... a estas aberraciones se llegó con la moda de la onomástica anglosajona) es colombiano, pero ya no tiene acento. Debió de venirse de Colombia cuando era pequeñito. Tiene 13 años y está en 1º de la ESO. Yo le doy clase de Lengua en un grupo de refuerzo (para niños con dificultades) con otros cuatro alumnos. Me costó horrores que se decidiera a intentar seguir la clase y hacer, al menos, los ejercicios que les propongo durante los cincuenta minutos que dura. Lo de que haga los de casa es como soñar que te toque la lotería.

Yo veo a Máikel vagar, casi siempre solo, si salgo a la calle a primera hora de la tarde... y a menudo si salgo a media tarde... y casi siempre a última hora, cuando voy al gimnasio, porque él debe vivir cerca. De su situación personal sabemos poco. Parece ser que de su padre no se sabe y él está solo con su madre (que tampoco sabemos a qué se dedica... hay rumores de que es prostituta, pero pueden ser solo eso: rumores). Ella vive con una nueva pareja que no se debe ni ocupar ni preocupar demasiado por el crío, porque este año alguien de la familia se puso enfermo en Colombia, y la madre se fue dejando a Máikel aquí con una amiga.

El caso de Máikel no es demasiado extremo. He visto, y sé que hay, casos peores. Niños que crecen en entornos que no van a poder superar. Niños a los que tú ves hacer algún esfuerzo en los estudios, e intentas animarles y apoyarles, pero sabiendo que lo tienen todo en contra. Niños que con 18 años están en la cárcel con sus padres por tráfico de drogas. Niños cuyos padres y cuyos abuelos son alcohólicos, y que con cinco añitos se quedaban tirados a la salida del colegio porque nadie venía a recogerlos. Niñas a las que sus madres mandaban a vigilar si el padre bebía o se iba con otra. Niños que se crían entre chulos, cuasidelincuentes, prostitutas y clientes, viendo como se consigue el dinero "fácil" (para entendernos, porque a veces este adjetivo resulta irónico) y aprendiendo un modelo muy determinado de relaciones humanas. Niños cuya visión del mundo se filtra por un halo de sordidez y abandono que quizás empañe su mirada ya para siempre. Niños que no van a tener una oportunidad.

¿Se puede superar un entorno así? Quizás sí, pero es necesaria una  rendija de“luz” en ese entorno, y de todos modos, esa “luz” puede no ser suficiente entre tanta, y tan densa, y tan insistente, y tan cegadora, y tan poderosa, oscuridad. ¿Quién o qué puede ser esa luz?


Quizás pudiera serlo una persona que tienda una mano. Pero cuando ni los padres ni la familia del niño lo hacen... ¿quién va a hacerlo?. Quizás la educación, la escuela, el deporte. Pero estos chicos vienen a la escuela en desventaja, arrastrando un lastre de carencias, sin motivación, sin apoyos y muchas veces sin los recursos mínimos para no ser excluidos en la práctica, que es donde la circunstancias se imponen, diga lo que diga la teoría. Quizás las instituciones y servicios sociales. Pero suelen tener pocos medios, y detectar los problemas y actuar demasiado tarde.

Cuando para cualquier "quizás" siempre hay un "pero", ¿realmente puede haber una oportunidad?

Máikel es muy simpático. Es muy bajito para su edad, delgadito y muy muy moreno. Lleva el pelo engominado y con esas pequeñas crestas inverosímiles que se ponen los adolescentes. Sonríe mucho y tiene unos ojos negros oscuros y brillantes. Habla continuamente, preguntando cosas o pensando en voz alta (es la única forma de la que parece poder concentrarse lo suficiente para hacer, por ejemplo, ejercicios de gramática). Continuamente está castigado -más por su inquietud que por otra cosa-, y entonces se le frunce el ceño, y se le pone el semblante triste, y protesta. Pero suele terminar pidiendo perdón, sobre todo cuando la tormenta ha pasado.

A Máikel le gusta el hip-hop, y sus letras irreverentes, y su espíritu de protesta, y baila break-dance. Anda como un perrito detrás de uno de los chicos de 1º de Bachillerato, que tiene un grupo, y le admira (“¿Profe, tú conoces a Sergio, de 1º C? Hace rap... y baila... Me va a llevar a Santiago a un encuentro de hip-hop, con su grupo”). Sergio es un chico modelo: buen estudiante, interesado por las materias, trabajador , inquieto y muy crítico. Su madre es profesora y su casa está llena de libros, que forman parte de su ambiente, de su ocio, de su vida, de su horizonte, de su estructura mental.

Máikel lee con mucha dificultad. Sigue las líneas con los dedos, se traba intermitentemente, lee mal algunas palabras y al darse cuenta de que lo que ha dicho no encaja con el contexto se para y dice un “eeehhh??” que parece salido de dibujos animados. Pero siente una atracción muy llamativa por los libros, por las historias, por leer.


Se encariñó de Manolito Gafotas y cuando leímos "El gigante egoísta" de Oscar Wilde, me confesó bajito al final de la clase que “se habia emocionado un poco”. Él fue quién se empeñó en que leyéramos “El fantasma de Canterville” (sólo por el título), pero cuando llevábamos pocas páginas, el resto de la clase se cansó y decidieron que preferían “El ruiseñor y la rosa”. Yo le dejé “El fantasma de Canterville” para que lo leyera en casa. Sé el esfuerzo que le supone leer solo (en clase nos paramos cada poco, para comprobar que han entendido lo que han leído, y lo comentamos, y lo explicamos si es necesario, y esto les facilita mucho la comprensión), pero cada día me cuenta por dónde va, y lo que le ha parecido. Cuando al empezar una clase, me ve aparecer con los libros y me dice emocionado “¿Leemos, profe?”, ya se me quitan las ganas de estudiar los verbos. Y claro, leemos.

Antes dejaba los exámenes completamente en blanco, poniendo cara de desesperación y aburrimiento. Ahora escribe, con su letra picuda, irregular y dificilmente descifrable (de hecho, cuando tiene que leer él mismo lo que ha escrito, la mayoría de las veces no es capaz). Es un lince a la hora de inventar frases e historias. Su pregunta preferida es la redacción, donde escribe líneas y líneas sin puntuación y llenas de faltas de ortografía.

Máikel está en el filo, entre un lado y otro. En apenas unos meses llegará el final de curso y sé que puede ser casi una casualidad que caiga del lado del suspenso o que caiga del lado del aprobado. Porque Máikel vive en el filo. Está en el momento decisivo de caer de un lado o de otro. Y yo deseo con toda mi alma que caiga del lado de los aprobados, del hip-hop, de los libros, de Oscar Wilde, de la escritura. De la oportunidad.

Y aunque sé que es difícil, y sé lo que pesa, y lo que envuelve, y lo que ciega, y lo que inmoviliza la oscuridad, sé que Máikel tiene luz. La tiene.

Ojalá.

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