domingo, 11 de febrero de 2007

Quince años



-Sigues igual que siempre- dijo él sonriendo, mientras ella bajaba la vista para quitar con empeño y cierto nerviosismo la etiqueta de su botella de cerveza.

-Qué dices... Estoy mayor.

Hacía quince años que ella le había dejado, sin motivo aparente, pero por el más fuerte de los motivos: que ya no. Una ruptura cargada de dolor y culpa, de promesas aladas que ahora pesaban y a las que tenía que fallar. Una ruptura dolorosa como la patada en el morro al perrito que te lame la mano, y quince años de tumbos, cambios, huidas, regresos, dudas, ires, venires, emociones, sinsabores, decepciones, sorpresas, plazos, esperas, ilusiones, tropiezos y recuperaciones.

Y tras quince años, allí estaban otra vez los dos. Él, casado y feliz padre de dos niños guapos (como él); ella, estable, por fin, con un nuevo amor que la convencía de que sí, de que quizá sí, de que por qué no. Y una noche de cenas y azares, aquella barra de bar, casi casi la misma, otra vez, como tantos años atrás, los cruzó.

-¿Y qué tal con él?

Ella de nuevo bajó la mirada hacia la botella de cerveza.

-Bien...

-Yo me alegro mucho de que te vaya bien. De verdad, de que por fin te vaya bien en ese aspecto –y luego, con mucha seguridad, añadió- porque en ese aspecto yo estoy muy bien.

-Y yo me alegro mucho, y lo sabes- dijo ella, volviendo a sonreír.

-Sí, lo sé. Y a mí mujer la quiero por la vida... Pero tú sabes que, cuando salgo, vengo por aquí para ver si te veo, aunque sea de año en año... aunque sólo podamos hablar dos minutos y mis amigos y tus amigos ya nos estén mirando... porque lo que me pasa es que sigo enamorado de ti.

Ella, rápidamente, empezó a negar con la cabeza.

-Tú estás enamorado del recuerdo. Porque es un recuerdo muy bonito. Que lo sé. Que yo estaba allí –le miró de pronto a los ojos- Pero yo ya no soy la que era. De aquella niña...

-Me da igual lo que me digas –la interrumpió él- Puedes decir lo que quieras. Yo sigo enamorado de ti, y me da igual todo, y cuando seas una viejecita, lo seguiré estando.

Ella negó aún más tímidamente, pero apenas supo qué decir.

-Vete, te están esperando tus compañeros.- dijo finalmente él, sonriendo otra vez.

-Me alegro mucho de haberte encontrado, de haber hablado contigo, de que todo vaya bien, de verdad...

El asintió casi imperceptiblemente y volvió con los suyos. Ella se fue sabiendo que casi todo seguía igual, sabiendo, como había sabido quince años atrás, que nunca podría haber sido, que aunque había sido bonito, muy bonito, entonces eran muy jóvenes y ella iba inevitablemente, hacia un lado y él iba inevitablemente hacia otro. Pero aquellas palabras, que había estado tozudamente convencida que no merecía, la reconciliaron con algo. Aunque quizás fueran un espejismo, y ella tuviera razón, y él sólo añorara un recuerdo... La reconciliaron con algo, algo que ella había olvidado, enterrado y negado durante aquellos quince años.

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