miércoles, 18 de abril de 2007

Licenciados y licenciadas



Siempre procuro ser cauta antes de indignarme por las decisiones judiciales, por varios motivos. Primero, por desconocimiento puro y duro; segundo, porque como casi todo, estas cosas suelen cambiar mucho según se las mire, desde lejos o desde cerca, quedándose en la superficie o escarbando un poquito más; y tercero, porque desde pequeña mi padre, que de leyes sabe bastante y muchísimo más que yo, cuestionaba este tipo de escándalos mediáticos, ya que a veces el problema no está en los jueces, sino en las leyes, cuyos límites son los que ellos tienen que limitarse a aplicar.

Pero hoy, lo siento, no he podido evitar indignarme al leer en El País:

Archivada una denuncia por considerar "sorprendente" que una licenciada soporte malos tratos.

Me ha subido la sangre a la cabeza, una especie de ira me ha serpenteado en el estómago y he tenido que respirar hondo un par de veces para seguir leyendo, y darle al asunto una oportunidad.

La Asociación de Víctimas de Valladolid califica la decisión de "una perla más de una larga lista" . Vale, pero a veces el problema de decisiones judiciales desde lejos indignantes estaba, como solía indicar mi padre a veces, en las leyes, no en los jueces... y bueno, sí: es verdad que en esta materia las decisiones judiciales suele notárseles la subjetividad casi arbitraria del juez y el tufillo a peso de prejuicíos machistas todavía no demasiados cuestionados y que siguen flotando por el aire y envenenando la atmósfera que respiramos, y sí, a veces es indigante, por mucho que el juez sepa mucho más de leyes que nosotros, porque las leyes son humanas y por tanto nada humano debe de serle ajeno, y de cuestiones humanas todos tenemos algo que decir...

Pero es que luego se nos cuenta que

"El auto judicial(...) da carpetazo a la denuncia que V.C., profesora de instituto, presentó el 2 de marzo contra su marido, L.D, profesor universitario a quien acusó de someterla a continuo maltrato psíquico a lo largo de los 16 años de matrimonio. El juez, en su resolución relativa a las diligencias previas del procedimiento 140/2007, decretó el sobreseimiento provisional de las actuaciones al no aparecer debidamente justificada la perpetración del delito y, como base justificativa de su decisión, califica de "sorprendente que una persona con alto nivel de formación y capacidad soporte durante los años que ella señala esos supuestos desprecios, humillaciones..., en definitiva, malos tratos psicológicos, sin poner remedio a esa situación o, en todo caso, sin acudir a un profesional (psiquiatra, psicólogo) o sin pedir algún tipo de ayuda externa (asociaciones...etc)".

A su vez, el juez advierte de que "es a raíz de la ruptura conyugal cuando, curiosamente, se formula la denuncia". En definitiva, concluye el auto, "no se aprecian indicios del delito denunciado ni de ningún otro y de ahí que proceda el sobreseimiento".

Luego explica en qué consistió ese maltrato, de índole psicológica, con todos los problema sque plantea este tipo de maltrato, que es tan frecuente, nocivo, peligroso y repugnante como el físico pero que, reconozcámoslo,es mucho más difícil de establecer en base a criterios objetivos y universales para todos los casos y perfiles de maltratador y víctima, y, en consecuencia, resulta muchísimo más difícil de definir y tipificar qué conductas constituyen o no maltrato, establecer leyes adecuadas , actuar judicialmente en consecuencia y etc. etc. etc.

Pero eso, en el caso de esta sentencia, me da igual. Lo que me indigna aquí es que se considere como argumento y prueba de la ausencia de maltrato y, por tanto, de delito, lo inverosímil de que una licenciada soportara maltrato durante años. Indignante, indignante, indignante, por varios motivos.

El primero, que este juez está opinano, y usando su opinión como argumento en una sentencia judicial de amplias, objetivas y tremendas consecuencias, SIN TENER NI PUÑETERA IDEA DE LO QUE ESTÁ HABLANDO: ni de en qué consiste el maltrato doméstico, ni de los vínculos y relaciones víctima-maltratador, ni de lo complejo de su situación, ni los factores que llevan a que se produzca y se mantenga, ni de nada de nada de nada.

Pero es que además clasifica y juzga (en el sentido no sólo valorativo sino también jurídico del término) a las personas (como personas, aludiendo a cuestiones de índole psicológica, íntima, afectiva) según su nivel de formación ya no cultural, sino meramente académica (que es otra cosa), confundiendo claramente estudios, cultura y quizás inteligencia, y, lo que es peor de todo, mezclando peligrosamente eso con la estabilidad emocional de una persona, su autonomía afectiva, la fuerza de su personalidad... ¡Por favor!

¿Qué idea tiene entonces este hombre de las víctimas? ¿Y de este sujeto depende ya no sólo la justicia que las víctimas necesitan, sino la protección mínima necesaria para evitar la situación? Porque no soy tan ilusa como para pedirle un mínimo de comprensión o un esfuerzo por hacerlo. Este señor, con su licenciatura y las horas que se debió de pasar chapando para su oposición, está claro que está a años luz de poder realizar un mínimo ejercicio de esa capacidad, la de comprender, que a lo mejor cualquiera de esas víctimas para él, supongo, incultas, que soportan maltrato durante años (cosa tan poco propia de personas cultas, listas y estudiadas)sería capaz de realizar casi sin querer.

Los motivos por los que miles de mujeres soportan maltrato físico o psícológico durante años no tienen nada que ver ni con su formación académica, ni con su cultura, ni con su inteligencia. Y lo último que hay que hacer al abordar este tema es culpabilizar a la víctima (ya la culpabiliza el agresor y ya se culpabiliza ella lo suficiente, señor juez, le aseguro que no hace falta que usted ayude) o presuponerle una consideración negativa, sea esta de la índole que sea.

Y tener que escribir esta obviedad a estas alturas del cuento, y para rebatir a una persona en cuya mano está, en parte, el intentar acabar con todo esto es más que indignante. Es desesperanzador.

Yo siempre he pensado que la formación como profesional es eso, la formación como profesional, y que tenemos juzgar a los profesionales (sean profesores, médicos, jueces, periodistas, guardias o tenderos) estrictamente por como ejercen su profesión y no por como son como personas, que es otro plano de valoración. Pero rectifico y me rindo ante la evidencia: a veces los límites entre ambos campos "serpea y débilmente blanquea, se enturbia y desaparece" y para algunas profesiones, sin duda la de juez entre ellas, se convierte en imprescindible un mínimo de calidad humana. Y de empatía. Y de capacidad de comprensión. Y de afán de objetividad. Y de intento de depurar los propios prejuicios, y de humanidad (aunque no me guste emplear e esta palabra, tan usada y abusada que casi casi es un tópico vacío, aunque en ocasiones como esta, inevitable), y de...

Pero hay cosas, señor juez, que, por desgracia y usted es el vivo ejemplo, las licenciaturas no dan: ni la capacidad de comprensión, ni el afán de objetividad o de intentar depurar los propios prejuicios, ni la humanidad, ni la capacidad para no ser víctima de maltrato.

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