jueves, 12 de abril de 2007

A terra dos mil verdes


Nos conocimos hace ya unos años. Yo era un joven con ciertos sueños, buenas piernas para pedalear y poco dinero en los bolsillos; ella era una mujer ya entrada en años, con gesto adusto, botas de agua, mandil gris, pelo cano bajo su pañuelo negro y mirada triste y profunda. Yo llegué cansado y sudando después de atravesar sus murallas que parecen querer apartarla de todo, y ella me regaló su música y me invitó a volver y a conocer.

He vuelto, he vuelto muchas veces y en cada una de esas veces, ella me ha enseñado todo lo que lleva dentro y que parece no querer mostrar bajo ese barniz de dureza y recelo con lo extraño.

He sentido el mar golpear contra las rocas como si quisiera apartarlas de su camino, porque ella lo tiene prisionero como castigo por haber devorado tanta vida. Tierra de partida, “as viudas dos vivos e as viudas dos mortos” que en Follas Novas, Rosalía se encarga de contarnos. Terra de saudade, lagrimas de partida que provoca esa humedad perenne que todo lo inunda.

Hoy, ella pugna por dejar el pañuelo y el mandil, por dejar de servir y obedecer. Hoy ella quiere ser rubia y tener los ojos azules y la expresión serena y alegre. Hoy ella quiere abrirse al mundo, entrar y salir sin tener que pensar que no habrá vuelta. Hoy quiere dejar de tener miedo.

Yo he visto el final de la tierra y he vuelto para contarlo.

Mejor no escribo más y os dejo escuchar...

Boas noites Galiza, onde queira que esteas


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues tendrás que volver. Ella nunca enseña todo. Siempre se guarda algo para hacer que vuelvas.

Dei dijo...

Me temo que sí, que estoy condenado a volver. :-)

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