jueves, 10 de mayo de 2007

Consigna


Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas

defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica y los paros cardiacos
de las endemias y las academias

defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres

defender la alegría como una certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa

defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría

Mario Benedetti



Defender la alegría, siempre, desde dentro, desde el fondo, con uñas y dientes.

Defenderla hasta cuando pueda parecer inadecuada o inoportuna, porque nunca lo es, porque nunca hace daño, y si nos lo parece, es por confusión, convención o tontería.

Defenderla, sembrarla, regarla, vigilarla, cuidarla, estar alerta, para no despistarnos nunca y que nunca se nos pierda.

Defenderla y tenerla siempre a mano. En los fondos y en las formas.

Defenderla en lo grande y en lo pequeño, en lo extraordinario y en lo cotidiano, en los buenos tiempos y en los malos, en la salud y en la pobreza, en la riqueza y en la enfermedad, y hasta que la muerte nos separe.

Defenderla, y buscarla siempre, siempre, siempre, aún cuando creamos que está lejos, porque en realidad, aunque nos confundamos y juguemos a las metonimias, siempre está dentro y nunca está fuera. Así que no es fuera donde debemos esperarla, ni donde se crea ni donde se destruye ni donde se transforma.

Defenderla y recordar que, como casi todo, si quieres encontrarla en todas partes, debes llevarla contigo. Ese es tu privilegio, tu poder y tu decisión, y ya no son posibles las excusas ni las coartadas.

Defender la alegría y refugiarse en la alegría y cubrir todo con alegría.

Defender la alegría.

Es un truco, una consigna, un gran secreto, un mantra.

Las grandes personas, grandes de verdad, son aquellas que saben defender siempre la alegría. Y yo quiero aprender, aunque a veces se me olvida.

De verdad. No para ser grande. Sólo para ser. Y para vivir.

Esa es mi consigna y por eso la he apuntado: para no olvidarla.


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