domingo, 6 de mayo de 2007

Mirando espero





Desde pequeñita me encanta mirar, observar, escudriñar, pasmada, absorta y pensativa. Ya sé que no soy la única, y que todos tenemos algo de voyeurs, y que por eso triunfan los programas de telerrealidad, o los programas del corazón, o los blogs, sin ir más lejos.

Pero sí: a mí me encanta mirar a la gente, cómo se mueve, cómo habla, cómo se comporta, cómo se viste, cómo gesticula, cómo camina, cómo se sienta, cómo hace sus gestos y sus cosas más cotidianas. Me gusta mirar, analizar, comparar y sacar conclusiones. Me gusta mirar y decidir si me gusta o no me gusta, qué me gusta y qué no me gusta. Dedicaría horas simplemente a mirar.

Pero por desgracia, nunca es posible hacerlo tanto como me gustaría ni con la dedicación que yo lo haría, porque sé que a la gente le puede (y le suele) resultar incómodo. Mi tía Martine llegó a mi familia porque se casó con un hermano de mi madre, y recuerdo que yo la observaba entre concentrada y curiosa. Es más: recuerdo perfectamente cuándo llegó, y el rompecabezas que me regaló, y lo llamativa que me resultaba porque era francesa, y tenía cierto estrabismo, y era muy artista -pintaba y hacía cosas de cerámica-, y tenía verdadera pasión por el chocolate. Alguna vez me contó como ella recordaba que yo la quedaba mirando insistentemente, callada, con los ojos como platos tras mis gafas y con la inconsciencia inocente, completamente inocente, que sólo se tiene en la infancia. Creo que ahí fue la primera vez que me di cuenta de esta afición mía que creo que es innata.

Aún hoy, yo no siempre soy consciente de cuándo me quedo mirando más de lo que la discrección, la educación o el sentido común recomendarían, y tengo que desviar la mirada bruscamente al ser "descubierta". Así que aprovecho al máximo las pocas ocasiones en que puedo dedicarme a mirar en silencio por un rato, y pensar, sin resultar demasiado extraña o descarada. Miro a la gente en el autobús, en las terrazas, en las salas de espera, en las cafeterías, a mis alumnos mientras escriben, a mis compañeros mientras charlan o trabajan...

Me encanta mirar, y ahora que lo pienso, quizás esto sea paralelo o esté relacionado con que me encante escuchar, que me cuenten casos y cosas... pero ésa, me temo, es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Sí, me encanta mirar, y sólo por eso me encantaría ser invisible: para poder observar a gusto a la gente, el rato que yo quisiera y con la intensidad que yo quisiera, sin que se sintiera incómoda, sin que siquiera se supiera observada.


Porque eso sí: a mi no me gusta nada, pero nada de nada de nada, sentirme observada, analizada y escudriñada. Cosas de la inseguridad.


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