miércoles, 15 de agosto de 2007

Realismo azul oscuro



¿Qué tienen en común El Cid, La Celestina, el Lazarillo de Tormes, el Quijote, la Regenta, La Colmena, Tiempo de Silencio y El Jarama, por poner solo algunos títulos?

Fundamentalmente, dos cosas:

1.- Son obras, si no cumbres (al menos de alguna esto podría discutirse), sí muy representativas y/o importantes de la literatura española. ¿A que esta la sabíais?

2.- Son esencialmente realistas y, la mayoría de ellas (podríamos exceptuar la primera), de un realismo pesimista, que pinta la realidad en sus tonos más oscuros.

Si hay un rasgo característico, una marca de la casa, una seña de identidad que se mantiene más o menos constante a lo largo de toda la historia de la literatura española (o castellana, si nos ponemos tiquismiquis) es su carácter esencial y casi fatalmente realista, que se evidencia mucho más cuando la contemplamos en perspectiva y comparándola con otras literaturas (y otras cinematografías). Y para muestra, toda una sarta de botones:

Por ejemplo, en la Edad Media, cuando las incipientes naciones europeas recurren a la épica para forjar unas mitologías propias que levanten su ego y justifiquen el patriotismo imprescindible en tiempos de guerra, todas incluyen en las historias y hazañas de sus héroes elementos mágicos, maravillosos, sorprendentes y fantásticos: Excalibur, el mago Merlín o los nibelungos serían solo algunos ejemplos elocuentes de lo que se cuece en la épica europea. Sin embargo, en la historia del Cid, el héroe castellano, no hay nada de esto: lo más cercano a lo sobrenatural que hay en ella es su fervor religioso, que en la época no tenía nada de fantástico. Más bien todo lo contrario: era un elemento esencial de la realidad.

Cuando en la Edad Media triunfa entre los nobles la concepción idealista y espiritualista del amor cortés, aquí se desmitifica esa teoría con la cruda y descarnada carnalidad y el egoísmo salvaje de los personajes de la Celestina, de todos: nobles y no nobles, rompiendo con el clasismo que implicaba aquella concepción amorosa.

Cuando en el XVI triunfan las narraciones idealizantes situadas siempre en lugares y tiempos exóticos y lejanos(novelas pastoriles o bizantinas, que eran como el culebrón de la época) en toda Europa, en España triunfa una obrita anónima, el Lazarillo, situada en la España más miserable del propio XVI, que cuenta la historia de un antihéroe que no puede ser otra cosa aplastado por la realidad, y su éxito es tal que dará lugar a todo un género dedicado a recrear los aspectos más bajos de la realidad: la picaresca, que hay quien considera también, como yo el realismo, un rasgo peculiar y fatal del carácter español.

Y frente a las historias de nobles y heroicos caballeros andantes que contaban los libros de caballerías, aquí surge pronto su contraposición premeditada con la realidad: el Quijote, resultado genial de situar un caballero andante en la España más real y cotidiana del siglo XVI.

Y estos son sólo algunos ejemplos que demuestran que la literatura española, reflejo sin duda de una forma de comprender y expresar el mundo, tiene un carácter marcadamente realista, reacio no sólo a los elementos fantásticos, sino también a la idealización estilizante que consiste en reflejar la realidad pero eliminando o limando sus aspectos más desagradables, negativos o que al artista no le resultan interesantes, atractivos o significativos, tal y como defendían los que afirmaban que el arte debía reflejar las cosas no como son, sino como deberían ser (Aristóteles, por ejemplo: ahí es nada). O como dirá el subjetivismo radical del arte sobre todo a partir del siglo XX: el artista debe refejar la realidad no como es, sino como él la ve o la siente, o ya directamente, el artista no debe reflejar la realidad (o al menos, no tiene por qué hacerlo), sino expresarse.

Los que conozcáis el cine español, bien porque os gusta, bien porque huis de él (actitud mucho más generalizada de lo que los que se empeñan en cuotas, proteccionismo y culpas quisieran reconocer: yo conozco a varias personas que dicen que "para ver realidad -sobre todo desagradab.e- no van al cine", y por eso se niegan en redondo a ver cine español, al menos en pantalla grande), creo que estaréis de acuerdo en que comparte ese carácter esencialmente realista de nuestra literatura.

Los españoles tienden a hacer cine sobre la realidad, y preferiblemente la cotidian, bien en tono de comedia costumbrista, bien en tono de drama, ya sea intimista o social. Con nuestras series pasa lo mismo, si os fijáis. Y tengo la impresión de que los actores españoles, cuando quieren ser buenos, se preocupan más por la naturalidad que por la expresividad.

Y parte esencial de este realismo que predomina en las expresiones artísticas que utilizan la lengua de Cervantes (y ya sabemos que una lengua implica en sí misma una visión del mundo... a ver si va a ser eso), son un tipo de obras que no es que no idealicen la realidad, sino que precisamente se centran en sus aspectos más tristes, más miserables, más duros, más sórdidos, más descarnados, más desesperanzados. Suelen contar la historia de un personaje que termina condicionado, aplastado, condenado por la realidad en la que vive y que no puede superar, por mucho que quiera y por mucho empeño que ponga en ello (y que es rasgo común a casi todas las obras realistas). Esto es lo que hacen La Celestina, el Lazarillo, la Regenta o Tiempo de silencio, y ese es uno de los temas esenciales de la obra universal que es el Quijote.

Y en esta línea hay que situar la película Azul oscuro casi negro, que nos acerca con los mismos colores que indica ya en su título, a la triste realidad de una serie de personajes cuyo nexo común es Jorge, el protagonista por el que es imposible no sentir ternura. Muy buenas interpretaciones, muy bien rodada y mucha realidad triste, sórdida, extrema, que resultaría inverosímil si no fuera porque todos sabemos que la vida real y cotidiana suele estar llena de sucesos y situaciones a veces más inverosímiles que la ficción.


Ah: y muy buena banda sonora, tanto en el acompañamiento instrumental, como en la cancioncita que aparece en esta escena, y luego se repetirá en algún otro momento:

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