viernes, 10 de agosto de 2007

Relatividad, tiempo, probabilidad y descubrimientos


Creo que nunca hemos tenido el blog tan y tanto tiempo descuidado. Y creo que acabo de descubrir dos cosas importantes:

1.- Cuánto tiempo libre tenía yo antes,
2.- Era verdad eso de que en las ciudades el tiempo cunde mucho menos (verdad impepinable cuyo corolario también impepinable es la propensión a eso del estres de los pobres urbanitas).

Ah, la relatividad y sus bofetadas. Si es cierto que no es igual de larga una hora de espera que una hora de diversión, también es verdad que no es igual de larga una hora en un pueblo que una hora en una ciudad. Aunque también puede que toda la culpa de mi apremiante falta de tiempo sea de las vacaciones y el traslado. Porque han pasado muchas cosas, tantas que no sé como ordenarlas, así que, como -insisto- tampoco tengo ahora mismo demasiado tiempo, recurro al comodín de la enumeración de algunas:

-Hemos estado de viaje por el norte de Galicia, y he recordado de golpe el motivo del tópico de que esta es una tierra muy bonita. Y lo es gracias al agua: la del mar, la que cae del cielo (nos llovió como en un otoño de los húmedos, con temporal incluido) y la que riega el verde furioso y salvaje que se come todo, haciendo difícil, muy difícil, el triunfo de eso que llaman "la civilización", que aquí solo triunfa plenamente cuando llega en forma de inciendio.

-Dei ha descubierto que, contra lo que me ha repetido incansable desde que lo conozco, sí que le gusta la playa. Fue aterrizar en la primera (cerca de Ortigueira, desértica, con cuatro bañistas contados y una vista desde la carretera que pasaria perfectamente por postal caribeña, con su arena clara y su agua jugando al verde, al azul y a la transparencia dle cristal), arremangarse los pantalones cortos y echarse al mar, eso sí, a pasear. Por la tarde hubo que ir a otra, que si no le da algo. Y al día siguiente, también. Y ahora insiste en volver a fin de mes, mientras repite con insistencia que son estas playas, y sólo estas, las que le gustan, y que su anterior aversión se debía a que sólo conocía las del Mediterráneo atestadas de turistas.

-Otro descubrimiento: las leyes de probabilidad no sirven absolutamente para nada. Porque a Dei, que debía de llevar como unos 10 años sin acercarse a una playa, le mordió el único escarapote que debía de pulular por estas costas. El pobre (Dei, no el escarapote) salió pálido y asustado tras sentir algo como un corte en un pie, y los dedos repentinamente paralizados, y sin quejarse mucho, fuimos en busca del puesto de socorro, que parecía estar en la acera, fuera de la playa. Así que yo me calcé mis sandalias de plataforma -no tenía otras- con mi bikini como única indumentaria, lo que me daba un aspecto lamentable de actriz porno venida a menos. La puerta de la caseta con la marca de la Cruz Roja estaba cerrada, así que di unos pasitos hacia atrás para ver si había otra entrada, y haciendo gala de mis habituales e innatas habilidad y gracilidad de movimientos, al no percibir un impertinente y proceloso bordillo de la acera, me caí sobre la misma, con mi bikini y mis plataformas, haciéndome una herida en la rodilla como no había tenido desde mi más tierna infancia, pero que creo que me dolió menos que la vergüenza de que hubiera tantos testigos de tan triste espectáculo, porque la dichosa caseta estaba situada justo enfrente de un puesto de helados atestado de gente a esas calurosas horas de la tarde -"mira, se ha caído", alcancé a oír desde el suelo-. Así que llegamos al puesto de socorro (la misma heladera testigo de mi desgracia nos informó de que estaba provisionalmente en la playa) Dei con su pie estremecido por el dolor y yo roja por el sol y la vergüenza, con la rodilla en carne viva y mis plataformas en la mano. Allí curaron su pìe y mi rodilla, y nos informaron de que la mordedura era de escarapote (también conocido como cabracho o faneca, aunque hay discusión sobre si son exactamente lo mismo o no), de que seguramente alguna vez hemos comido ese pez y confirmaron que es terriblemente dolorosa, y que para lo dolorosa que es, Dei se quejaba muy poco. Como buen chicarrón del norte que es.

-He descubierto que el tono exacto de azul que es mi color preferido está en el mar, en la confluencia entre el Atlántico y el Cantábrico en la Estaca de Bares, el punto más septentrional de esta nuestra península. Este es mi color preferido, este azul y solo este, ni más claro ni más oscuro, aunque no hay fotografía que pueda hacer justicia ni de lejos a aquel su esplendor natural:


-Ya tenemos las llaves del pisito, pero hay que pintar y limpiar. Y en esas estamos. En esas, y en volver al sur de Galicia, a recoger y elegir qué me llevo, qué dejo, qué reparto y qué tiro de todo lo que he acumulado en estos años de vida independiente. Porque creo que a determinadas edades, es imposible empezar de cero. Sobre todo, cuando una no quiere.

-Otro descubrimiento: tengo que tener cuidado, porque puedo acabar con el síndrome de Diógenes. Tiendo a acumular cosas inútiles que ni siquiera tengo claro que en realidad me gusten o las necesite. Pero lo que de verdad me está asustando es lo mucho que me cuesta deshacerme de ellas.



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