domingo, 7 de octubre de 2007

Entalto Aragón


Un valle verde, con una la hierba inverosímil a modo de alfombra mullida y acogedora, y unas montañas que se alzan altivas, protectoras e indiferentes, para dejarse abrazar indolentes por las nubes. Un pueblo gris de callejas adoquinadas e inclinadas, con sus casitas de grandes puertas y balcones bajos, con sus arcos, con sus plazas, con su bullicio de niños y de charlas. Una carretera imposible, rebelde, serpenteante como la vida misma, mientras se cuela juguetona por los recovecos que le dejan las montañas, los barrancos y los ríos. Un paisaje lleno de verdes, grises, azules, marrones y dorados otoñales, los mismos colores que se mezclan en Galicia, pero de forma tan inexplicablemente distinta. Eso es un trocito de Pirineo. Del Pirineo aragónés, que es el que yo más conozco. Y que más quiero. Sí, tan pronto.

Llegamos por los pelos a Aínsa, tarde para la reserva que teníamos en el restaurante, en parte porque en Jaca tuvimos que dar mil y dos vueltas para aparcar, y en parte porque en la carretera imposible de adelantamientos improbables (en la única recta en kilómetros tuvimos que renunciar porque de frente venían un par de extrañas bicicletas, para desesperación de Dei) nos tocó delante el típico coche prudente hasta la desesperación y que confunde prudencia con lentitud (y sí, mujer tenía que ser). Pero mereció la pena. El restaurante en cuestión ("Casa Callizo"), situado en Ainsa, un pueblecedito medieval precioso, es de esos a los que no le falta detalle, de ambiente tranquilo y camareros distantes, amables, respetuosos y profesionales. Hasta tenían somelier...


El menú, muy cuidado y original, combinaba los elementos tradicionales de la cocina aragonesa con una elaboración y una presentación muy muy moderna tipo "nouvelle couisine" (digo esto desde la más absoluta ignorancia, consciente de que igual estoy metiendo la pata y sólo para que me entendáis). Y para muestra elocuente, un par de botonoes:
  • Los aperitivos, consistentes en un "cócktail" que llevaba piña colada, una gamba rebozada y tortilla de patata que se comía en copa. Sí, si, en copa, porque era "deconstruida". Aquí la tenéis, en primer plano, en todo su esplendor antes de ser devorada procurando coger todo con la cuchara, de abajo a arriba, tal y como nos explicó el camarero. Aclaro que estaba buenísima.


  • El postre: una torrija con helado de queso fresco y no sé qué mas, que estaba para morirse allí mismo y resucitar, como mucho, para pedir unas brochetas de frutas que servían con un tazón de chocolate y a las que yo tuve que renunciar. Tendremos que volver, qué remedio.




Entre ambos, yo me comí una lasaña crujiente de boquerones, un huevo a 65 grados con longaniza y borraja, y cordero, y Dei se pidió también el cordero, pero antes tomó mil hojas con algo camarelizado y algo de foie, y arroz no recuerdo cómo (es que era todo complicado, y bastante tengo con recordar lo mío) pero que le hizo poner cara de éxtasis un par de veces. La verdad es que cuando pruebas este tipo de cocina te das cuenta de que tiene su sentido que sean cantidades tan pequeñas, porque son sabores muy intensos que parecen combinados al milímetro, y de los que es imprescindible paladear cuidadosamente cada bocado. Pero yo sé que a los entusiastas acostumbrados a la comida tradicional del Norte de España, les costaría habituarse a que calidad no vaya unida a cantidad en pantagruélica confusión.

Salimos rodando (que muchos pocos hacen un mucho) y felices, como siempre que se come bien, a pasear por Aínsa, que incluso sin Callizo ya merecería la pena. Luego nos fuimos hacia Ordesa y Monte Perdido, y nos paramos cuando nos pararon las montañas, frontera por narices con Francia, en un circo glaciar que ha dado lugar a un valle de cuento.

Al volver paramos en Bielsa, pueblecito superturístico, pero que en otoño disimula y solo se le nota por el ritmo de la construcción, que hasta en sábado estaban trabajando sin enterarse de que el sector amenaza con crisis (o quizás por eso, vete tú a saber), y nos quedamos con las ganas de entrar a ver un museo sobre la resistencia de este pueblecito en la Guerra Civil, porque estaba recién cerrado. Lo dicho: tendremos que volver.

Regresamos a Zaragoza ya de noche, escuchando el pregón de las fiestas que retransimitían con entusiamo por la radio. Y yo me emocioné un poquito (qué tonta, si a mí nunca me han emocionado estas cosas), por el entusiasmo de la gente, por el carácter aragonés, por la emoción de la Maña de ser pregonera y porque no me sentía, en absoluto, ni visitante ni forastera. Y entendí de pronto que sí, que existe el cariño de adopción y que una tierra puede convertirse en la tuya, sin que te des cuenta y sin que la otra deje de serlo. Sobre todo cuando es una tierra sonriente y acogedora como esta, aferrada al agua en medio de algo parecido al desierto y a la montaña pirenaica desde la llanura del Ebro.

Entalto Aragón.

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