miércoles, 31 de octubre de 2007

Que van a dar a la mar



Ya formidable y espantoso suena
dentro del corazón el postrer día;
y la última hora, negra y fría,
se acerca, de temor y sombras llena


FRANCISCO DE QUEVEDO

Morir: dormir, nada más. Y si durmiendo terminaran las angustias y los mil ataques naturales que la carne hereda, sería una conclusión seriamente deseable. Morir, dormir: dormir, tal vez soñar. Sí, ese es el estorbo; pues qué podríamos soñar en nuestro sueño eterno ya libres del agobio terrenal, es una consideración que frena el juicio y da tan larga vida a la desgracia.

WILLIAM SHAKESPEARE (Hamlet)


31 de octubre. Las profes de inglés reparten unas figuritas de chocolate envueltas en papel de plata pintado con formas de brujas, de calabazas, de calavera, de fantasmas. Es el preludio del día de Difuntos. La noche de Difuntos. La fiesta de la muerte. Más que de la muerte, de los muertos.


Porque agazapados en la tremenda palabra oscura que evito mirar, están los que fueron y se fueron. Los que ya no están, pero están, como soñó Manrique, en el recuerdo. Mañana se vestirán de gala los cementerios, y de recuerdos, algunos doloridos, los pensamientos y el sentir de muchos.Pero el signo de nuestros tiempos ha alcanzado también a este día, y la fiesta de difuntos de ha convertido para muchos en fiesta simplemente. En puente, en Halloween (la invasión anglosajona, aceptada por la mayoría con entusiasmo, viene en el lote del signo de nuestros tiempos), en fiesta de disfraces, cachondeo y trivialización de lo lúgubre, de lo tenebroso, de los alrededores de la muerte. En fiesta, al final, de lo que creemos antítesis de la muerte: la vida y su alegría, esta vida y esta alegría nuestras, que no elegimos aunque creamos que sí, y que puede que no sean más que un sucedáneo de lo que deberían ser.

Yo le tengo terror a la muerte. Durante muchos años la pensé con serenidad, sabiendo que forma parte consustancial de la vida humana, pero siempre como una idea abstracta que da mucho juego a las paradojas, al pensamiento, a la elucubración e incluso a la fantasía. Me pasé años leyendo y estudiando en literatura, y en filosofía, de qué maneras el hombre la ha abordado, imaginado, sufrido y pensado. La muerte consciente, anticipada, paladeada, temida y esperada mientras se nos pasa la vida, y ella viene, tan callando, que dijo serenamente Manrique, pero con movimiento que a ella nos lleva despeñados, como gritó con angustia Quevedo.


Sin embargo, al cumplir los 30 tomé conciencia de verdad de la obviedad terrible e inexorable que la muerte es algo real y seguro. De las pocas cosas seguras que hay en la vida. De que yo, y tú, y todos, nos vamos a morir, un día que llegará como llegó el día en que cumplí los 30. Que el tiempo se desliza llevando en su germen y en su esencia la muerte. Que la vida pasa, como un río, sólo para llevarnos a la mar que es el morir. Que ese es su única dirección, su fin (en el doble sentido del término), y por tanto su sentido. Y recuerdo que sentí un atisbo de lo que para mì era hasta entonces sólo una palabra, un concepto abstracto, lejano y ajeno, algo así la “angustia existencial” y su náusea insoportable, la pesadumbre dolorosa de la “vida consciente”, que se piensa, se contempla, se asume, y que también piensa, contempla y asume la muerte. Y para los que no somos sabios, y apreciamos el estoicismo como una teoría impracticable aunque tenga toda la razón, sí, da dolor.

Como mucha gente, yo quisiera morirme sin enterarme y sin despedirme. Quizás más que la muerte, me aterra la espera delimitada, la enfermedad, el deterioro irreversible y el dolor sin esperanza. Y no puedo creer en nada más allá de la muerte. Los que yo quise y se fueron ya no están y ya no son, aunque vivan y estén y sean queridos en el recuerdo. Y como dudaba Hamlet, no sé si esta idea de la muerte como punto y final, y no como puerta hacia nada, le quita sentido a la vida o se lo da. ¿Para qué hacer nada, si nada importa, porque todo desaparecerá, seguro, con la muerte? ¿Qué valor tiene nada, si el sufrimiento es inútil, y no es redentor ni elevará el alma, y el placer tampoco tiene sentido, porque pasará, lo perderemos, y después de acordado dará dolor? ¿Para qué luchar, o preocuparse, o aferrarse a nada, si todo lo vamos a perder? ¿Tienen sentido incluso la bondad o la maldad, sin esa salvación, o ese juicio absoluto y supremo que utilizaban como excusa los curas para demonizar el placer? ¿O en realidad la muerte supone que hay que agarrar, paladear, dilatar cada momento, cada detalle, evitar lo que nos duele y buscar lo que nos gusta para que este discurrir imparable de tiempo que es la vida sea lo más agradable y feliz y bonito posible… mientras dure, que es cuando importa? Porque nos queda el horror y el consuelo de que después no habrá nada. Tampoco dolor. Ni añoranza.

Lo de mi crisis existencial a los 30 fue eso: una crisis. Hace ya años que la mayor parte del tiempo no me planteo la muerte concreta ni mía ni la de los que yo quiero, y no escucho el terror que sí, yo sé que ruge en el fondo del alma, pero que yo tengo encerrado e insonorizado. Pienso la muerte sin angustia, porque, como las avestruces, he vuelto a meter la cabeza en el hoyo de sentirla como palabra casi abstracta y lejana, excusa para filósofos, inventores de historias y poetas, e incluso motivo para que sea fiesta mañana.

Y Dei y yo nos vamos a Asturias. Por fin, que siempre la he tenido cerca, y voy a conocerla justo ahora, cuando más lejos estoy de ella. Que el río que nos lleva tiene estos recovecos.

2 comentarios:

Mateo dijo...

"Paróse y respondió;

–Eso no es la muerte, sino los muertos, o lo que queda de los vivos. Esos huesos son el dibujo sobre que se labra y sobre el cuerpo del hombre. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte. Tiene la cara de cada uno de vosotros, y todos sois muertes de vosotros mismos. La calavera es el muerto, y la cara es la muerte. Y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo. Y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte y lo que le sobra a la sepultura.
Si esto entendiérades así, cada uno de vosotros estuviera mirando en sí su muerte cada día y la ajena en el otro, y viérades que todas vuestras casas están llenas de ella y que en vuestro lugar hay tantas muertes como personas, y no la estuviérades aguardando, sino acompañándola y disponiéndola. Pensáis que es huesos la muerte y que hasta que veáis venir la calavera y la guadaña no hay muerte para vosotros, y primero sois calavera y huesos que creáis que lo podéis ser." FQV

kamala dijo...

Qué grande.

Gracias

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