martes, 16 de octubre de 2007

Yamirah y el velo



Yamirah me mira desde su pupitre en la primera fila con ojos oscuros, ávidos y siempre interrogantes. Tiene el rostro moreno y luminoso, rodeado siempre por su pañuelo, que le cubre preceptivamente el pelo y que lleva siempre sujetado por broches vistosos. Y con toda la naturalidad del mundo. En mi centro no hubo ninguna polémica con esto, y a mí, la verdad, me pareció en su momento un poco ridícula. El velo no es un burka, y desde luego, aunque yo no pueda estar más en desacuerdo con lo que puede representar (que tampoco lo tengo claro, disculpen mi ignorancia), tampoco creo que esté tan alejado de lo que representó (y quizás representa todavía) la falda o los tacones. Y opresiones machistas las sufrimos también en Occidente, a ver qué se creen, algunas mucho más devastadoras por sus efectos físicos y psicológicos inmediatos, y algunas mucho más peligrosas por ser más sutiles y, por tanto, menos susceptibles de ser detectadas, asumidas como tales, rechazadas y combatidas. Y hablo, por ejemplo y sin ir más lejo, de las imposiciones estéticas como la delgadez (o la depilación, poniéndonos quisquillosos). "Eso es una cuestión estética", dirán algunos (víctimas inocentes de la eficacia de lo sutil). Y yo diré que la estética es relativa y cultural, y muchas veces consecuencia de valores subyacentes como el machismo. O el negocio feroz y cruel, que es de lo más inmoral que existe, y nadie lo prohibe. Más bien se fomenta.

En todo caso, no creo que la civilización árabe vaya a cambiar, ni sus mujeres e hijas a liberarse y alcanzar la igualdad, porque en los colegios del país extranjero al que han tenido que irse a vivir -sin que éste termine de aceptarlas del todo (por favor, que no me lo nieguen)- prohíba que lleven ese velo, que ellas no sienten como opresor, a la escuela.


¿Qué se logrará en realidad? Hacerlas sentir más extrañas, convertir en choque y en violento el encuentro de dos culturas, dejarles claro el plano de desigualdad, de estar siempre bajo sospecha, y la exigencia de cambiar, y adaptarse, y suplicar por favor aceptación.

Cuando se quiere cambiar algo, hay que cambiarlo de raíz, no limitarse a intentar cortar los síntomas y las consecuencias. Y si no puedes cambiarlo, sólo limitarte a cortar los síntomas y las consecuencias, mira bien el efecto que esto tendrá, y procura calibrar cuidadosamente si eso hará más bien que mal, o más mal que bien. Aunque me temo que lo que se pretende en realidad con la prohición del velo y su polémica -que proporciona además material para rellenar discusiones y columnas y de todo en los medios de comunicación, y así entretenernos mientras la vida sucede, ajena y por su cuenta- no es cambiar nada, sino simplemente sentirnos buenos, y progresistas, y modernos, y nuestra sociedad qué buena y qué avanzada y qué igualitaria, que nuestras niñas no llevan velo ni permitimos que lo lleve nadie. Y a ver si tanto afán por sentirnos modernos y buenos y progresistas se debe a que en realidad no lo somos tanto... En fin. Que yo no venía a hablar de esto.

Yamirah habla con el tono y el color de voz más típico de las mujeres marroquíes: agudo, contundente, y cerrando mucho las vocales. Y con ese tono se presenta siempre voluntaria a leer lo que ha escrito, y a contestar lo que yo pregunto, aunque a menudo no acierte. Ella pregunta tímidamente todo lo que no entiende, y siempre acoge mi respuesta con una sonrisa, incluso cuando esa respuesta no logra ser del todo útil. Yamirah se sienta siempre con Alexia, una chica rumana mucho más alta, pálida y seria que ella, pero que parece compartir sus mismas dificultades de comprensión y su desconcierto. Yo las tengo a las dos en un grupito de diversificación de sólo 10 alumnos. Los programas de Diversificación son una modalidad especial de enseñanza que prentende ayudar a alummos con interés y trabajadores, pero con dificultades para el estudio, a conseguir el título de la ESO. Suelen ser grupos muy agradables, aunque académicamente limitados, y el que sean pocos ayuda a que todos nos sintamos en familia.

A principios de curso les pedí a mis alumnos, para conocerlos un poco, que me escribieran un texto hablándome de ellos mismos. En un balbuceante castellano y con una letra picuda, Yamirah me contaba que sólo lleva siete meses en España, que el año pasado le había costado mucho y que le dolía que los otros alumnos se rieran de ella cuando no entendía algo o cuando se equivocaba. Que a ella le gustaría ver cómo estarían ellos en Marruecos.


Yamirah y Alexia parecen aparte del resto, desde el sitio que han elegido para sentarse (y diez en una clase pensada para 30 permite un amplio margen de elección) hasta sus paseos solitarios por el patio en el recreo. En el grupo hay alguno que parece propenso a reírse especialmente de sus fallos, con el revanchismo desesperado del que siempre ha sido blanco de burlas y que de pronto se siente en la posición de reírse de otro aún más débil o aún más torpe, sea por lo que sea, y hemos tenido que pararle los pies varios profesores. Pero aún así, el clima del grupo es cada vez mejor, hemos llegado ya al punto del respeto comprendido, y Yamirah y Alexia se ríen como las primeras con las gracietas y las tonterías del par de payasetes que, por suerte, tenemos en clase. Y en el primer examen que hemos tenido no lo han hecho del todo mal. Yo creo que es un buen comienzo, porque quedan todavía muchos meses de trabajo.

Hoy tenía clase con ellos a 1ª hora, y justo antes, el director me ha dicho que en 3º de Diversificación nos quedamos sólo con 8 alumnos, porque Yadirah y Alexia no pueden estar ahí, que ha habido un error, que no tienen la edad que exige la ley y que deben volver cada una a su grupo normal. Que el inspector ha sido inflexible en este punto. Que la ley es la ley. Es decir, que deben perderse en un grupo de 30 alumnos donde aún se podrá atender menos a sus peculiaridades, sus carencias, sus dificultades y donde tendrán muchísimas menos opciones de preguntar, de participar, de que se sepa de ellas y de que ahí están. Y donde aunque no se las ayude, porque será aún más imposible, se las exigirá lo mismo que a los demás, que la ley es la ley, y un grupo normal no es Diversificación. Y seguramente ellas se sentirán como un cojo al que exigen que en un año aprenda ballet, y seguramente, arrojarán la toalla. Pero es que les han quitado cruelmente la toalla.

Cuando se lo he dicho, ellas no entendían. Les pregunté la edad. “14 años” “Para estar en Diversificación tienes que tener 15”. Los ojos de Yamirah me miraron con angustia. “Tienes que estar todas las horas con el grupo grande”. “Pero no voy a enterarme de nada”. Ahí no supe qué decir. “Aquí por lo menos aprendía cosas”. Llegó a decirme que prefería perder el año y seguir viniendo a las clases de Diversificación. Pero me temo que va a perder el año sin seguir viniendo a clases de Diversificación y sin aprender apenas cosas, o aprendiéndolas con una dificultad enorme, corriendo contrarreloj, cuestarriba, con un gran peso, en una inhumana carrera de obstáculos. Le han dado un caramelo, le han tendido una mano, le han abierto una puerta y ahora, de repente, se la han quitado. La única facilidad que tenían, se ha desvanecido. ¿Por qué?


Por un error administrativo, por una exigencia de una cifra en un sobre de un matrícula, por una mierda de sistema educativo que se siente mejor y progresista por exigir que las niñas musulmanas se quiten el velo, que parece ser que es lo que las discrimina, lo que es injusto, lo que les resta oportunidades y derechos. Por una administración que todo lo arregla con decretos-parche, documentos, (que si PEC, que si PCC, que si Programaciones y Planes y Proyectos para todo), y palabras, palabras, palabras. Palabras por todas partes, flotando en el aire, saliendo de los despachos y perdiéndose en las alturas. Todo inundado de grandes palabras huecas: integración, diversidad, valores, tolerancia, convivencia, resolución de conflictos, habilidades sociales.... ¡¡Mierda, mierda y mierda!! Por un país que se escandaliza por las pajas en los ojos ajenos, y a veces parece enorgullecerse de las vigas en los propios. Por este Occidente que juzga desde arriba, aunque esté casi ahogado por el fango, y que empieza las casas por el tejado para terminar por echar a todos fuera. O por aplastarlos.

Y porque lo que sabe la gente de la calle, y sobre lo que discute, y sobre lo que polemiza, es sobre si las niñas musulmanas van a clase con o sin el velo. Como si ese fuera el problema. Como si fuera el velo lo que oprime a Yamirah.



4 comentarios:

Sheba dijo...

Completamente de acuerdo con el post: sí, se juega mucho con las grandes palabras, se las vapulea como deporte natural. Diversidad, tolerancia...
Al final resulta otra polémica absurda, porque la calle va muy por delante de las instituciones: ¿acaso has visto a alguien por la calle quitándole el velo a una mujer musulmana?.
Salud y república.

m. dijo...

Un amigo me dijo que la peluquería era el burka de las mujeres occidentales. Nuestra estética, al menos la forma de ver la belleza, incluso ya desde los griegos, ha marginado a muchas mujeres y hombres por no estar dentro de ese canon. Pero, ¿desde dónde se manipula ese canon? Este pasado verano mi chica y yo vimos a una muchacha que, sin ningún complejo lucía sus piernas dentro de unos pantaloncitos muy, muy cortos. Ella tenía piel de melocotón, se llama. Y la gente paerecía no mirar sus piernas, espectaculares, por otro lado, sino esa piel que al andar hacía arrugas. El caso de velo, al menos en Madrid, ya se vive de otra manera. no sé en los colegios. Dices cosas muy interesantes en tu post y he aprendido mucho con él. Gracias. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Y con cinismo absoluto se indica que si el velo se lleva libremente, eso está bien, pero que si es obligado, entonces está mal. Por Dios! Es una niña de 8 años, claro que posiblemente ni lo elija, claro que posiblemente ni le moleste, ni se lo plantee, claro que es posible que su madre se lo ponga por las mañanas como algo natural. Pero es que aquí, en este reino de libertades que es España, a mí y a tros muchos como yo, nos OBLIGABAN nuestros padres a ir a misa con esa edad o a llevar un crucifijo.

kamala dijo...

Y no sabes hasta qué punto se juega con las grandes palabras, Sheba, al menos en el mundo de la enseñanza. Y el contraste con la realidad llega a resultar irónico. O sarcástico. Salud y república.

M: La belleza, tal y como está montado esto, es tiránica y opresora, tan tiránica y opresora, e irracional e injusta, como cualquier dogma religioso. Pero eso no lo vemos, claro. La viga que no nos pesa, mientras nos escandalizamos o despreciamos la paja que lleva el ojo de otro. ¿Y has aprendido? Te prometo que eso sí me ha sorprendido ;-). Gracias a ti por dejar un comentario.

Anónimo: si es que somos ridículos, completamente ridículos y desmemoriados. Creo que de tanto manipular la "libertad" y la "capacidad de elección" para hacerlas servir de coartada y excusa, se nos ha olvidado en qué consisten en realidad.

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