viernes, 16 de noviembre de 2007

Lealtad y confianza



Marcia intenta dormir. Lo intenta de verdad, concentrada y desesperadamente, pero no puede. Entreabre los ojos y distingue con nitidez los contornos de los muebles de su habitación, con la vista adaptada ya a la penumbra de la luz que dejan los puntitos de la persiana. Nota las respiraciones profundas, pausadas y rítmicas de Luis, que se ha dejado, como siempre, una mano en su cintura al quedarse dormido. Otra vuelta. Marcia quiere dormir, quiere dejar de dar y darle vueltas, de intentar hacer malabarismos con el cruce de pensamientos irresolubles que se le clavan en la mente azuzando el sueño para que nunca se asiente. Otra noche sin apenas dormir. Y van seis. Seis.

Porque han pasado seis días, con sus seis noches insomnes, seis, desde que ella se sentó al ordenador que él había dejado libre, por fin, para acudir raudo a la pantalla de televisor donde retransimitían no sé qué partido decisivo. Y allí lo vio, por casualidad, porque estaba minimizado. Su correo. . Ella pensó al principio que era el suyo propio, pero al tocarlo se dio cuenta de que era el de Luis, abierto, por un descuido inaudito. Una leve sonrisa se le congeló en la cara al tiempo que su mano vacilaba para mover el ratón.

En los albores de su relación, allá cuando pusieron las bases para su confianza, él, que tenía tanto miedo a la intimidad, a la convivencia, y tanto recelo de “sus” cosas, le había dejado claro, premeditada, contundente y concienzudamente, que si algo no soportaría es que ella fisgara en Sus Cosas. Que rebuscase en sus bolsillos, que escarbara en sus cajones, que hurgara en sus papeles, que mirase y remirase aunque fuera sin desconfianza. Si habría algo que quizás nunca pudiera perdonar, sería eso. Marcia siempre había respetado sin esfuerzo y casi sin darse cuenta el pacto, incluso cuando hubiera sido fácil dar rienda suelta a su curiosidad y muy difícil que él se hubiera percatado. En esas ocasiones en que renunciaba, por respeto, por lealtad y confianza, a fisgar alguna de sus cosas, se sentía cómplice y serena.

Por eso en aquel momento vaciló. Por respeto, por complicidad, por lealtad, por confianza. Miro hacia el salón, y vio a Luis, sentado en el sofá, inclinado hacia delante con los codos sobre las rodillas, completamente enfrascado en el partido. El corazón le latía con fuerza mientras notaba que le arrastraba de forma irresistible el “solo una vez”, “solo un poco”, el “nunca se dará cuenta”, el “no tendrá tanta importancia”. Y se dejó arrastrar. Y lo hizo.

Lo abrió. Abrió su correo. El correo de Luis.

Deslizó los ojos rápidamente y con avidez por la lista de remitentes. Los amigos de siempre. Direcciones comerciales. Nombres desconocidos, quizás del trabajo. Hasta que vio varias veces el nombre de Nuria. Su Nuria. La Nuria que ella sabía que seguía siendo amiga de Luis. La Nuria con la que sabía que quedaba de vez en cuando para tomar algo, pero con la que Luis le había asegurado que no quedaba más que un cariño por un pasado largo y común, que era eso y nada más que eso: simple y completamente pasado. La Nuria cuya presencia en el presente de Luis Marcia había terminado por aceptar con serenidad. Pero también la Nuria del pasado de Luis cuya sombra alargada se había proyectado inevitablemente sobre las inseguridades de Marcia, sobre todo al principio y aún de vez en cuando.

Marcia notaba el corazón latirle en la garganta, y un nerviosismo incómodo y casi doloroso que se le agarró en el estómago. Abrió sólo un mensaje. Uno de tantos. Era corto, muy corto, y ahora, desde la semipenumbra de la habitación y con el aquel mismo nerviosismo doloroso que no la había dejado desde entonces, Marcia recordó la sensación de que el mundo se abría y se resquebrajaba al leerlo. Pero era incapaz de recordar exactamente las palabras que encontró. Aunque lo intentaba. Nuria decía a Luis algo así como que ya no quería quedar, que estaba cansada de todo, de discutir por lo mismo, de la situación insostenible, que ella quería otra cosa. Algo así. Pero no logra recordarlo con nitidez, porque lo leyó demasiado rápido, cegada por la ansiedad, la incredulidad y la avidez, y lo cerró precipitadamente todo, nerviosa, muy nerviosa: por leerlo, por la posibilidad de ser descubierta, por si significaba lo que ella temía y no quería pensar que podía significar.

Casi le temblaban las manos, y sentía una tensión de angustia rodearle el garganta, la nuca, las sienes. Oía vagamente el rumor dominical del fútbol mientras se quedaba paralizada en la silla frente a la pantalla del ordenador. Y ya no pudo pensar en nada más. Seis días con sus seis noches llevaba dándole vueltas a pensamientos y elucubraciones que bullían, e iban, y venían. Y si era, y si no era… No tenía por qué ser… Pero y si había sido... y si podía ser… No era seguro… Pero era probable… O quizás solo posible… Y dolía lo que podía significar, y lo que podría suponer, y si ya no puede confiar… y lo que debería hacer Marcia… y lo que podía hacer… pero sobre todo, sobre todo, lo que no podía hacer. Lo que no podría hacer nunca.

Preguntar. Saber.

Marcia escucha la respiración rítimica y tranquila de Luis, y siente el calor de su brazo en la cintura. Pero sabe que está lejos, atrapada y sola, completamente sola, en la angustiosa desconfianza inconfensable que no puede compartir.

Por lealtad y confianza.

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