domingo, 2 de diciembre de 2007

Ahora que ya no estoy yo





Internet tiene estas cosas. Es la última y gran oportunidad del ingenio popular, de lo personal e intransferible, de la libre creatividad auténtica. El medio de comunicación, de verdadera comunicación, de la comunicación más completa y libre que pudiéramos imaginar, con todas sus ventajas y todos sus peligros. Alguien anónimo versiona una canción de un grupo consagrado, y le sale bien, muy bien, hay quien piensa que incluso mejor que al grupo consagrado, y nosotros podemos verlo, escucharlo y comentarlo. Y a él pueden llegar nuestros comentarios, y también al grupo consagrado. Qué grande, ¿no?


¿Quién no ha pensado alguna vez dónde estarán ahora, en este mismo instante efímero, como todos, de nostalgias y evocaciones, aquellos que estuvieron y compartieron y ya no están? ¿Quién no ha echado de menos a lo que éramos cuando ellos nos acompañaban? ¿Quién no ha sentido lo extraña que es esta vida que nos une y nos separa, que convierte en extraños y ajenos a los que una vez fueron propios? ¿Quién no ha sentido un nudo en la garganta al mirar la senda que nunca se ha de volver a pisar y que ha llevado a aquellos que eran tan nuestros a un paraje extraño, allá lejos, que sucede en otra parte mientras nosotros sucedemos en esta?


La Margot de esta canción es como la princesa de Sabina: la mujer perdida en malos pasos que no se deja querer,aunque lo necesite más que nadie. Que se castiga a no ser querida, por una herida antigua que la ha c0nvencido incontestablemente de que no lo merece y no lo tendrá. Y ella dedica su vida a confirmar esa condena en una espiral sin frenos de autodestrucción. Las Margaritas Gautier deshojadas por la vida, autorias ficticias de su propia tragedia, a las que alguien que las quiso querer tiene que echar de menos aspirando el perfume amargo de lo que pudo ser y no fue por las razones más inexplicables e incontestables que existen: las que un@ mism@ se impone sin darse cuenta. El lado oscuro. Los malos pasos. La mala senda, que ella no elige pero elige seguir, y cuyo final es siempre el mismo: empezar a montar la fiesta sola, en su habitación.

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