martes, 18 de diciembre de 2007

Nieve en el telediario


Hoy no he podido ir a trabajar. Lo intenté de veras, pero nada más recoger a mi compañero de Departamento y viaje me avisó preocupado de que la radio decía que la A-II estaba cortada. Y aunque cogimos el coche, y avanzamos unos kilómetros, pronto llegaron noticias de que el bus daba la vuelta, la carretera estaba cortada por tres puntos, en el instituto, rodeado por tres palmos de nieve, apenas había nadie y seguramente se sustpenderían las clases (yupi, para qué negarlo... ni disimularlo). Hoy ha sido un día de nieve. Y desde que yo recuerdo, los días de nieve son días extraordinarios.


Si eres de un sitio donde nieva poco y donde los escasos días blancos son todo un acontecimiento, es casi seguro que te va a gustar la nieve, porque al encanto intrínseco de este helado elemento (ese blanco deslumbrante bajo esa atmósfera gris, ese aire hiriente de lo frío y de lo limpio, ese crujir de las huellas que nacen bajo tus pies, esos pasos que se vuelven importantes sin querer, esas bolas tiradas con manopla, esa sensación de frío por fuera contra el calor y la respiración agitada de correr, y saltar, y correr), se une el atractivo todopoderoso e incontestable de que nos libre de las obligaciones cotidianas y su simple presencia convierta un día, cualquier día, en extraordinario, en el sentido más amplio y completo de la palabra. Fuera de orden y fuera el orden. Y hoy ha sido un día de nieve.


No ha habido demasiados días de nieve en mi vida. Creo que podría recordarlos casi casi todos. De niña, allá en el interior orensano, la nieve era un fenómeno raro que mamá anunciaba con alborozo al despertarnos y levantar la persiana, haciéndonos saltar inmediatamente de la cama y pegar la nariz contra el cristal paladeando lo que la insólita imagen de los techos nevados significaba automáticamente: que no habría clase y que tendríamos carta blanca -nunca mejor dicho- para jugar, y correr, y jugar, y caernos, y jugar, y jugar. Recuerdo también ir a buscar la nieve al monte, con papá, a veces al mismo tiempo que buscábamos musgo para montar el Belén en días iguales a estos en que ya no lo montamos. Recuerdo la nieve desde el autobús que me llevaba a Santiago, aquella nieve tras el cristal que nos obligaba a detenernos, y que yo veía resignada al entreabrir los ojos, sin despertarme apenas del sueño viajero de la vuelta a clase y a la obligación de lunes desganado por la mañana, y que alargaba el viaje casi hasta el límite de lo sensato o sencillamente soportable. Recuerdo la nieve como amenaza en la carretera cuando empezaba a coger el coche, y recuerdo la nieve incomparable en el castillo de Loarre, que nos impidió llegar hasta San Juan de la Peña, el día de Reyes de hace un par de años, las primeras navidades que pasé por aquí.


Y hoy los ecos de nieve no me han dejado ir a trabajar, y en el telediario el temporal era noticia, al ladito mismo de Gadafi, que hace una década era un dictador y por ello había sido concienzudamente demonizado por estos mismos medios, y bombardeado por Estados Unidos -¿no?-, y que ahora es recibido con todos los asquerosos y cínicos honores de los que unos mandatarios, que en días como hoy da repelús llamar "nuestros", son capaces. Y tenemos que tragar a la hora de comer cómo pelotean, sin pudor ni titubeo, al "ex-dictador" (¿?) y "estadista" africano los mismos que están empeñados en convencernos de que Chávez o Evo Morales son "dictadores", y son "malos", y opresores y tiránicos con sus pueblos respectivos, y que además se atreven a "atacar" a España, a la que Hispanoamérica debe tanto (hasta el nombre, ya me dirás... si es que sin España y sus cuatro siglos de invasión, dominación y barbarie, Hispanoamérica no sería lo que es.... serán desagradecidos), y mira si son malos que fíjate que hasta nuestro rey, que es tan majo y tan campechano siempre, tuvo que llegar al extremo de decirle a Chávez "por qué no te callas", porque insultaba descarada e injustamente (no como nuestros medios de comunicación o algunos de nuestros políticos cuando los insultan a ellos, que lo hacen muy justamente y porque ellos dan motivos) a un benefactor de Essspaña y de Irak (y no del resto de la humanidad sólo porque no le ha dado mucho tiempo, que si no...) como es Aznar.

Cuando se intentaba, por ejemplo, el bloqueo a Cuba -cuyas consecuencias sufren los cubanos- o la invasión de Irak -que también sufrieron y sufrén los irakíes- deberían habernos dejado claro, para evitarnos ahora estupor y confusiones, que no era porque Castro o Sadam fuesen dictadores que opriman tiránica e injustamente a cubanos e irakíes,como hacía antes Gadafi con los libios (quizás ahora ya no), sino que simplemente eran dictadores que no interesaban a las empresas occidentales. Porque hoy insisten todos (de hecho, lo dicen como quien no quiere la cosa cada vez que dan la noticia) en que se recibe así a Gadafí porque "hay muchas empresas españolas interesadas en el mercado libio" (!!!!!!!!). ¿Y que pretenden, que entendamos, y "disculpemos"? ¿Que asumamos que el rey, y zapatero, y todos, hacen ese "sacrificio" por el bien de nuestra economía? ¿Que todo esto nos salvará de la inflación y de las amenazas de crisis y de comer conejo? ¿Que asumamos por fin con cinismo y sin tapujos que el dinero todo lo justifica, todo lo compra y todo lo vende? ¿Que palabras como coherencia, principios, dignidad, honestidad, autenticidad, bien, mal no son más que una broma, un juguete que usar para entretenernos , pero completamente inútiles a la hora de la verdad; es decir, una farsa, una excusa, una tapadera, un timo, una estafa? ¿Que este mundo de mierda es definitiva y completamente una mierda, y que ya no se van a molestar ni en disimular?


Hoy ha sido un día de nieve, y un día, por tanto, extraordinario. No he tenido que viajar, he podido dedicarme a marujear y perder el tiempo relajadamente, dar un paseo para comer con Dei, ir al gimnasio a primera hora de la tarde y volver para sentarme a blogear.


Y aunque hoy ha sido un día de nieve, y aunque no me ha dejado ir al cole, y aunque por ello le estoy tan sincera y profundamente agradecida como cuando era niña y Gadafi un dictador malo, en realidad no la he llegado a ver más que en el telediario, un segundo antes de que apareciera Zapatero preocupado por que Gadafi se situara bien para la foto en la que se dan la mano.

Y cosas así son las que hacen que nuestros días extraordinarios se conviertan, por un instante, en raros.

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