miércoles, 28 de febrero de 2007

Los amorosos



Los amorosos

Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la oscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.

Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor
como una lámpara de inagotable aceite.

Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo,
complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida,
y se van llorando, llorando,
la hermosa vida.

de Jaime Sabines, gran poeta mexicano.



Siempre temí estar entre los amorosos. No quiero estar entre ellos, aunque les comprendo, y sé cuál es su búsqueda, y sé cuál es su trampa.

Y muchas veces, me he sentido entre ellos.

Los amorosos son los inevitablemente infelices. Los portadores del veneno. Los que no saben quedarse. Los que no ven el camino. Los que desconfían de los mapas. Los que creen que siempre hay algo mejor allá lejos, en otra parte. Los que no encajan. Los que no se conforman. Los aquejados del síndrome de Tántalo. Los perseguidores de lo absoluto. Los amantes de los extremos. Los enemigos de sí mismos, los fatalmente incompletos, los necesariamente impares, los faltos de amor, los irremisiblemente necesitados de amor. Los cestos que ansían recoger agua. Los que no logran convencerse de que el único modo de encontrar es dejar de buscar.

Los amorosos suelen terminar siendo artistas, buenos o malos, y buscando en las cosas, en el aire, en lo indefinido, lo que no encuentran ni en los demás ni en sí mismos.

Siempre temí estar entre los amorosos. Y no quiero estar entre ellos, aunque les comprendo, y sé cuál es su búsqueda, y sé cuál es su trampa.

Los amorosos son grandes y raros. Dolorosamente grandes y raros.

Y yo hoy quiero ser feliz y pequeña.

Pero de vez en cuando, sigo sintiendo aquel temor acostumbrado y sordo de sentirme entre ellos.


lunes, 26 de febrero de 2007

Unas risas

Por si hacen falta, que es lunes...

Yo es que cada vez que veo esto, me parto. Da igual las veces que lo vea. Esta serie era mucho. Comedia en estado puro, incluso desde las normas aristotélicas, donde cualquier tema, por escabroso o duro que fuera, se trataba desde la carcajada, la sana carcajada... Y no fallaba nada: ni los personajes, ni los guiones, ni las interpretaciones, ni los chistes.


Ha habido otras que han estado bien, que tenían algunas de las cosas que tenía esta... pero como ésta, ninguna. Lo tenía todo.

Y a Dei, que es fan de Gonzalo (incluso afirma que "todos somos un poco Gonzaca") seguro que le encanta este vídeo ;-D


domingo, 25 de febrero de 2007

Lo dionisíaco y lo apolíneo



Lo dionisíaco: la pasión, los extremos, la desmesura, lo intuitivo, el claroscuro, los contrastes, las contradicciones, la confusión, el desorden, la exageración, la deformidad, el caos, el grito, el llanto, el desmadre, la euforia, la desesperación, el impulso, el desconcierto, lo irracional, la magia, lo mítico, la imaginación, la fantasía, lo fugaz, lo efímero, la carcajada histriónica, el genio, la inspiración, la espontaneidad, el sentimiento, lo visceral, el descontrol, el inconsciente, el terror, el misterio, el pathos, el barroco, lo oculto, el impulso, lo irrefrenable, el azar, lo salvaje, lo primitivo, lo atávico, lo arquetípico, lo dinámico, lo inestable, el descontrol, la contradicción, la casualidad, los sueños, la expresión, lo salvaje, lo primitivo.





Lo apolíneo: la razón, el justo medio, la mesura, la racionalidad, lo sensatez, la claridad, lo luminoso, la armonía, la simetría, el orden, la proporción, lo razonable, la reflexión, la serenidad, la vaga melancolía, el goce pausado, el poco a poco, , el optimismo, la seguridad, el análisis, la ciencia, la historia, el realismo, la verosimilitud, lo constante, lo esencial, la sonrisa , la palabra, el aprendizaje, la técnica, la planificación, el conocimiento, el control, lo consciente, la confianza, lo conveniente, el logos, lo mostrado, el clasicismo, la decisión, la voluntad, la causalidad, lo individual, la educación, lo estático, la estabilidad, el control, la coherencia, la lógica, lo didáctico, lo civilizado, el progreso.


Esta distinción (para mí clarísima, clave y aplicable a casi todo, desde personas o actitudes, y momentos en la vida de cualquier persona, a períodos históricos, movimientos artísiticos, formas de trabajar, obras de arte, y en general, cualquier actividad humana) fue establecida por Nietzsche a partir de su interpretación de la cultura y el arte griegos. Cuando me la explicaron en la Filosofía de Cou, recuerdo que me pareció reveladora, y casi como la concreción verbal de algo que yo ya intuía o sabía "dionisíacamente", pero que no había podido definir claramente (o "apolíneamente") hasta aquel momento.





"Apolo era uno de los dioses más venerados por los griegos, le erigieron muchos templos y a su oráculo acudían cuando deseaban conocer el futuro o aspectos oscuros de su existencia. Los griegos lo consideraron como el dios de la juventud, la belleza, la poesía, y las artes en general. Pero, según Nietzsche, expresaba para ellos mucho más, un modo de estar ante el mundo: era el dios de la luz, la claridad y la armonía, frente al mundo de las fuerzas primarias e instintivas. Representaba también la individuación, el equilibrio, la medida y la forma, la racionalidad. Apolíneo es, pues, todo lo relativo a la consideración del mundo como una totalidad ordenada, luminosa y racional.

Frente a lo apolíneo los griegos opusieron lo dionisíaco, representado con la figura del dios Dionisos, dios del vino y las cosechas, de las fiestas báquicas presididas por el exceso, la embriaguez, la música y la pasión; pero, según Nietzsche, con este dios representaban también el mundo de la confusión, la deformidad, el caos, la noche, el mundo instintivo, la disolución de la individualidad y, en definitiva, la irracionalidad.

Según Nietzsche, el pueblo griego antiguo supo captar las dos dimensiones fundamentales de la realidad sin ocultarse ninguna de ellas, dimensiones que este pueblo expresó de forma mítica con el culto a Apolo y a Dionisos. La auténtica grandeza griega culmina en la tragedia ática, género artístico con el que consiguieron representar de modo armónico lo apolíneo y lo dionisíaco de la existencia."*



Los seres humanos vivimos esa contradicción dionisíaca, pero apolíneamente identificada y analizada. El ser humano es el resultado de la dialéctica constante entre lo dionisíaco y lo apolíneo de su esencia y su existencia. Pero a veces predomina lo uno, a veces lo otro.





Y siguiendo dionisíacamente (es decir, de forma intuitiva, irracional y desordenada) esta distinción establecida por Nietzsche, me declaro dionisíaca hasta la médula e irremisiblemente, en todos los aspectos de lo que vivo, lo que siento y lo que hago. Admiro desde lejos las actitudes apolíneas (como la de Dei), pero porque las siento ajenas e inalcanzables. Y aunque alguna vez he intentado moderar mi carácter dionisíaco y he tratado de apolineizarme, hace tiempo que tiré la toalla. Sigo buscando actitudes e ideas apolíneas, para empaparme de ellas y que me alivien de tanto desenfreno y descontrol dionisíaco, pero nunca logro evitar terminar por rendirme a la hora de la verdad.

Todo esto podría estar relacionado con la distinción oriental entre el yin y el yang, no equivalente, pero sí paralela. "El yin y yang es un concepto surgido de la filosofía oriental fundamentado en la dualidad de todo lo existente en el universo. Describe las dos fuerzas fundamentales, opuestas pero complementarias, que se encuentran en todas las cosas. Según esta idea, cada ser, objeto o pensamiento posee un complemento del que depende para su existencia y que a su vez existe dentro de ellos, deduciéndose de esto que nada existe en estado puro. Tampoco en absoluta quietud, sino en una continua transformación. Además, cualquier idea puede ser vista como su contraria si se la mira desde otro punto de vista." *



Los dionisíacos necesitaríamos por tanto a los apolíneos no solo para complementarnos o “compensarnos” (que me parece que también), sino también para definirnos. Y de aquí ya podríamos enlazar con una teoría sobre el amor, que es como el espíritu santo y termina estando al principio y al final de todas las cosas... (¿O soy yo la que me empeño en verlo en todas partes?).



Lo que tengo claro es que no se puede hablar de lo dionisíaco y lo apolíneo en términos de "mejor" o "peor". ¿A que no? Es más, está claro que lo apolíneo no tiene sentido sin lo dionisíaco, y lo dionisíaco no tiene sentido sin lo apolíneo. Como el día y la noche o la viday la muerte, sin ir más lejos...







*(Lo entrecomillado no es mío; lo he sacado de algunas páginas de internet, concretamente esta , esta, y la wikipedia)






viernes, 23 de febrero de 2007

Máikel


Máikel (sí, Máikel: como lo leéis, con acento y todo... a estas aberraciones se llegó con la moda de la onomástica anglosajona) es colombiano, pero ya no tiene acento. Debió de venirse de Colombia cuando era pequeñito. Tiene 13 años y está en 1º de la ESO. Yo le doy clase de Lengua en un grupo de refuerzo (para niños con dificultades) con otros cuatro alumnos. Me costó horrores que se decidiera a intentar seguir la clase y hacer, al menos, los ejercicios que les propongo durante los cincuenta minutos que dura. Lo de que haga los de casa es como soñar que te toque la lotería.

Yo veo a Máikel vagar, casi siempre solo, si salgo a la calle a primera hora de la tarde... y a menudo si salgo a media tarde... y casi siempre a última hora, cuando voy al gimnasio, porque él debe vivir cerca. De su situación personal sabemos poco. Parece ser que de su padre no se sabe y él está solo con su madre (que tampoco sabemos a qué se dedica... hay rumores de que es prostituta, pero pueden ser solo eso: rumores). Ella vive con una nueva pareja que no se debe ni ocupar ni preocupar demasiado por el crío, porque este año alguien de la familia se puso enfermo en Colombia, y la madre se fue dejando a Máikel aquí con una amiga.

El caso de Máikel no es demasiado extremo. He visto, y sé que hay, casos peores. Niños que crecen en entornos que no van a poder superar. Niños a los que tú ves hacer algún esfuerzo en los estudios, e intentas animarles y apoyarles, pero sabiendo que lo tienen todo en contra. Niños que con 18 años están en la cárcel con sus padres por tráfico de drogas. Niños cuyos padres y cuyos abuelos son alcohólicos, y que con cinco añitos se quedaban tirados a la salida del colegio porque nadie venía a recogerlos. Niñas a las que sus madres mandaban a vigilar si el padre bebía o se iba con otra. Niños que se crían entre chulos, cuasidelincuentes, prostitutas y clientes, viendo como se consigue el dinero "fácil" (para entendernos, porque a veces este adjetivo resulta irónico) y aprendiendo un modelo muy determinado de relaciones humanas. Niños cuya visión del mundo se filtra por un halo de sordidez y abandono que quizás empañe su mirada ya para siempre. Niños que no van a tener una oportunidad.

¿Se puede superar un entorno así? Quizás sí, pero es necesaria una  rendija de“luz” en ese entorno, y de todos modos, esa “luz” puede no ser suficiente entre tanta, y tan densa, y tan insistente, y tan cegadora, y tan poderosa, oscuridad. ¿Quién o qué puede ser esa luz?


Quizás pudiera serlo una persona que tienda una mano. Pero cuando ni los padres ni la familia del niño lo hacen... ¿quién va a hacerlo?. Quizás la educación, la escuela, el deporte. Pero estos chicos vienen a la escuela en desventaja, arrastrando un lastre de carencias, sin motivación, sin apoyos y muchas veces sin los recursos mínimos para no ser excluidos en la práctica, que es donde la circunstancias se imponen, diga lo que diga la teoría. Quizás las instituciones y servicios sociales. Pero suelen tener pocos medios, y detectar los problemas y actuar demasiado tarde.

Cuando para cualquier "quizás" siempre hay un "pero", ¿realmente puede haber una oportunidad?

Máikel es muy simpático. Es muy bajito para su edad, delgadito y muy muy moreno. Lleva el pelo engominado y con esas pequeñas crestas inverosímiles que se ponen los adolescentes. Sonríe mucho y tiene unos ojos negros oscuros y brillantes. Habla continuamente, preguntando cosas o pensando en voz alta (es la única forma de la que parece poder concentrarse lo suficiente para hacer, por ejemplo, ejercicios de gramática). Continuamente está castigado -más por su inquietud que por otra cosa-, y entonces se le frunce el ceño, y se le pone el semblante triste, y protesta. Pero suele terminar pidiendo perdón, sobre todo cuando la tormenta ha pasado.

A Máikel le gusta el hip-hop, y sus letras irreverentes, y su espíritu de protesta, y baila break-dance. Anda como un perrito detrás de uno de los chicos de 1º de Bachillerato, que tiene un grupo, y le admira (“¿Profe, tú conoces a Sergio, de 1º C? Hace rap... y baila... Me va a llevar a Santiago a un encuentro de hip-hop, con su grupo”). Sergio es un chico modelo: buen estudiante, interesado por las materias, trabajador , inquieto y muy crítico. Su madre es profesora y su casa está llena de libros, que forman parte de su ambiente, de su ocio, de su vida, de su horizonte, de su estructura mental.

Máikel lee con mucha dificultad. Sigue las líneas con los dedos, se traba intermitentemente, lee mal algunas palabras y al darse cuenta de que lo que ha dicho no encaja con el contexto se para y dice un “eeehhh??” que parece salido de dibujos animados. Pero siente una atracción muy llamativa por los libros, por las historias, por leer.


Se encariñó de Manolito Gafotas y cuando leímos "El gigante egoísta" de Oscar Wilde, me confesó bajito al final de la clase que “se habia emocionado un poco”. Él fue quién se empeñó en que leyéramos “El fantasma de Canterville” (sólo por el título), pero cuando llevábamos pocas páginas, el resto de la clase se cansó y decidieron que preferían “El ruiseñor y la rosa”. Yo le dejé “El fantasma de Canterville” para que lo leyera en casa. Sé el esfuerzo que le supone leer solo (en clase nos paramos cada poco, para comprobar que han entendido lo que han leído, y lo comentamos, y lo explicamos si es necesario, y esto les facilita mucho la comprensión), pero cada día me cuenta por dónde va, y lo que le ha parecido. Cuando al empezar una clase, me ve aparecer con los libros y me dice emocionado “¿Leemos, profe?”, ya se me quitan las ganas de estudiar los verbos. Y claro, leemos.

Antes dejaba los exámenes completamente en blanco, poniendo cara de desesperación y aburrimiento. Ahora escribe, con su letra picuda, irregular y dificilmente descifrable (de hecho, cuando tiene que leer él mismo lo que ha escrito, la mayoría de las veces no es capaz). Es un lince a la hora de inventar frases e historias. Su pregunta preferida es la redacción, donde escribe líneas y líneas sin puntuación y llenas de faltas de ortografía.

Máikel está en el filo, entre un lado y otro. En apenas unos meses llegará el final de curso y sé que puede ser casi una casualidad que caiga del lado del suspenso o que caiga del lado del aprobado. Porque Máikel vive en el filo. Está en el momento decisivo de caer de un lado o de otro. Y yo deseo con toda mi alma que caiga del lado de los aprobados, del hip-hop, de los libros, de Oscar Wilde, de la escritura. De la oportunidad.

Y aunque sé que es difícil, y sé lo que pesa, y lo que envuelve, y lo que ciega, y lo que inmoviliza la oscuridad, sé que Máikel tiene luz. La tiene.

Ojalá.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Cien


Y van 100.

Aquí seguimos, casi sin darnos cuenta, y con las mismas pretensiones que teníamos
al principio: ninguna clara, consciente, premeditada o explícita, todas calladas, desdibujadas, desconocidas e intuidas.
Empezamos sin saber muy bien por qué ni para qué, y aquí seguimos, y ya llevamos cien.

Cien entradas, cien post, cien días, cien rosas (o quizás no tanto) robadas de las avenidas.
Cien monólogos silenciosos sin saber si hay alguien al otro lado.
Cien momentos. Cien impulsos. Cien tonterías.
Cien preguntas sin respuesta, cien respuestas sin pregunta.
Cien.

Por qué, para qué, aquí y en todas partes... Quién sabe.
Esto, sin ser arte, es también la "finalidad sin fin".
Aunque yo cuando leo a otros lo haga en el fondo con una finalidad tácita.Con la misma que aquel profesor descubría el porqué de leer y escribir al desorientado Holden Caulfield (quien, por cierto,terminaría recomendando al lector que nunca cuente nada a nadie, porque en cuanto uno se pone a contar algo, empieza a echar de menos a todo el mundo):

"No eres la primera persona a quien la conducta humana ha confundido, asustado y hasta asqueado. Te alegrará saber que no estás solo en eso. Son muchos los hombres que han sufrido espiritualmente como tú. Por suerte, algunos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si quieres. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti, si sabes dejar una huella. Se trata de un hermoso intercambio que no tiene nada que ver con la educación. Es historia. Es poesía".

JD. Salinger: El guardian entre el centeno.

Por supuesto, nosotros no aspiramos a dejar huella.
Nosotros seguimos las huellas de otros,
nos perdemos, desandamos lo andado,
nos atascamos y dudamos en las encrucijadas,
nos entrenemos y nos retrasamos,
hacemos el tonto y dejamos perderse lo mejor del paisaje,
extraviamos los mapas o los miramos al revés,
nos metemos en terrenos pantanosos, arenas movedizas
y caminos que no llevan a ninguna parte.

Nosotros sólo somos ladrones de rosas chapuceros y aficionados.


Caminante, no hay camino, se hace camino al andar
y la meta es el camino.
Y aquí dejamos la senda
de rosas robadas
por y para nosotros
para cuando queramos mirar atrás
y recuperar, aunque sea vagamente,
el aroma de lo pensado, lo soñado,
lo encontrado, lo perdido, lo intuido, lo amado, lo vivido.


domingo, 18 de febrero de 2007

Nostalgias


“Aturdido por dos nostalgias enfrentadas como dos espejos, perdió su maravilloso sentido de la irrealidad, hasta que terminó por recomendarles a todos que se fueran de Macondo, que olvidaran cuanto él les había enseñado del mundo y del corazón humano, que se cagaran en Horacio, y que en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera.”

Gabriel García Márquez: Cien años de soledad.


miércoles, 14 de febrero de 2007

Entroido



Los de fuera nunca lo entienden. Te miran boquiabiertos y como si estuvieras un poco loca cuando lo intentas explicar. Y la verdad es que es difícil explicar que una fiesta signifique tanto, porque son cosas que se sienten, y los sentimientos, cuando son explicados, siempre suenan absurdos.

El mundo se para y nosotros nos bajamos para que sólo exista fiesta, buen rollo y cachondeo sano. Por unos días, la imaginación, y el color, y la música, y la harina, y la risa, y la comida, y la bebida, al poder.

Pero para entenderlo, es necesario haber oído las bombas, los petardos, las charangas, los tambores, las batucadas, el murmullo abigarrado de la multitud, las músicas confundiéndose y el sonido de las chocas de los cigarrones aproximándose.

Es necesario haber sentido el olor a pólvora y churros y vino y palomitas y harina y cerveza y cocido y licor café.

Es necesario haberlo esperado contando los días y preparando disfraces, criticando el cartel y sacando ropa vieja del armario.

Es necesario haber sentido a los cigarrones acercarse, y notar que se acelera el corazón, y haber corrido o haber intentado esconderse para evitarlo, o haberse rendido y haberse llevado el latigazo de rigor.

Es necesario haber bailado en el restaurante, al irrumpir la charanga, y haber llevado una vela para esperar al Carnaval en San Lázaro, y haber sentido el corazón casi tan fuerte como los tambores enormes mientras las mujeres lo escoltan hasta la plaza, y haber tiritado escuchando el pregón, y haberse mezclado con la masa eufórica disfrazada de colores en el momento mágico en que empieza la fiesta.

Es necesario haber recorrido las calles y las tascas, y haber saltado en la plaza, y haber tirado harina al desonocido protestón, y al amigo presumido que nunca quiere verse manchado, y haberse visto uno mismo enzoufado con la cara y la ropa y el pelo blancos y tan sucios, que hasta resultan bonitos.

Es necesario haber cenado en una mesa laaarga, llena de disfraces distintos, ajados por la troula y sorprendentes, rodeado de música y harina y bromas y risas y gritos y burradas.

Es necesario haber intuido la cara que te gusta y que te espera entre la multiud, y haberte acercado a algún desconocido para hablar, o  bailar, o  saltar,  porque en carnavales nadie es desconocido y todo da igual y no hay vergüenza ni formalismos ni distancias.

Es necesario haber saltado con la música de siempre,  hortera, vieja, inverosímil,  la misma todos los años, y haber amanecido con el disfraz a medias, la peluca suelta y agujetas en todas partes menos en el ánimo, para ir a desayunar bajo un sol radiante y quizás la última cerveza en la mano.

Es necesario haber pasado un buen rato hablando con una cara tapada, que te conoce, y te saluda, y te putea, y haber intentando adivinar quién era, y haberte quedado sin saberlo para siempre jamás.

Es necesario haberse vestido de hombre, de hippy, de ratita presumida, de payaso, de bruja, de princesa, de pirata, de india, de vaquera, de ladrón, de dama antigua, de policía, de maruja, de niño, de guerrero, de vieja con bastón, de mascarita, de capuchón.

Es necesario haber visto bailarinas con bigote, hadas madrinas barrigudas, caperucitas con perilla y gafas, dragqueens torpes soltando tacos roncos, caníbales tiznados con collares de macarrones o bailarinas de samba con acento gallego.

Es necesario haber llevado gorro, pañuelo, peluca, gabardina, capuchón, ropa vieja, viejos zapatos rebozados de harina rancia y barro, y gafas de sol, de día, de noche y todo el rato..

Es necesario haber bailado y haber saltado en la plaza, con el sonido distorsionado de la orquesta y sus voces engoladas, que da igual lo que toque o que lo haga bien o mal.

Es necesario haber reído con las bromas, con la desmitificación, con el títere sin cabeza, con la galleguización irónica de todo, con el mundo al revés y lo que revela la máscara, con la retranca, con las ocurrencias geniales del ingenio popular, espontáneo, auténtico, sin pelos en la lengua, ni pretensiones ni pudor para nada, y con mucha mala leche, pero de la que no hace daño sino gracia.

Es necesario haberse movido al son ensordecedor de la batucada, licor café en mano, al lado de una barra de madera malamente improvisada en una esquina de la calle, cuando ya ha anochecido y el aire es tan frío que parece afilado.

Es necesario haber compartido cachucha, y orella, y bica, de una enorme bandeja en esa barra de madera mal puesta en la calle, mientras se ríe, se bebe, se corre, se salta.

Es necesario haberse despertado alguna vez ya para empatar, sin preocuparse por descansar o siquiera pararse a pensar si uno está o no cansado.

Es necesario haberse quedado afónico del frío,  y de cantar, y de reír, y de bromear, y de charlar, y de gritar.

Es necesario haber quemado todo el martes, ese martes en que se acaba, y da tanta pena que se acabe, y temer ya la resaca, la larga resaca y la pena de que o Entroido se acaba.

Quién lo probó, lo sabe.

Entroideiro, o lo eres, o no lo eres. Y cuando lo eres, solo puedes dejar el Entroido por algo muy grande y también muy difícil de explicar, que los entroideiros de aquí nunca entienden, y te miran boquiabiertos y como si estuvieras un poco loca cuando lo intentas. Porque los sentimientos, cuando son explicados, siempre suenan absurdos.













martes, 13 de febrero de 2007

A la mierda


Pequeña Miss Sunshine

Película disparatada, tierna y sorprendente, que parte de la conocida fórmula de la familia peculiar y extravagante que rompe los moldes de la familia convencional: el abuelo moderno y gamberro, el tío homosexual depresivo y suicida, el adolescente "autista" obsesionado con ser piloto, el padre fracasado que da cursos sobre el éxito, la madre cariñosa y comprensiva que pone un poco de cordura a todo esto y la niña pequeña, gafotas y gordinflona (que además me recordaba mucho a mí a sus años) y que quiere ganar un concurso de belleza infantil, empresa que embargará a toda la familia en una odisea tragicómica en busca del "éxito".

Por encima de tópicos o ideas repetidas, esta película nos recuerda (porque sí ,es verdad, no cuenta nada que no supiéramos) que el éxito y el fracaso son conceptos relativos y casi siempre absurdos, y que tomárselos en serio también lo es. Porque sólo tenemos una vida, ésta, que nos intentan vender como un implacable y cruel concurso de belleza, como la búsqueda de una felicidad prefabricada sacada de un anuncio, como un proyecto para encajar en una serie de modelos y roles impuestos (de familia, de mujer, de hombre, de niño, de triunfador), modelos con los que medirnos, compararnos, encorsetarnos y autorrechazarnos, cuando lo mejor que puedes ser es tú mismo, cuando la única valoración importante es la de los que te miran de cerca y te quieren por ser tú (los que te ven de lejos nunca entienden nada y pueden no ser más que borregos estúpidos midiéndote con un rasero prefabricado y siempre ajeno), y cuando lo único que merece la pena en realidad es hacer lo que te gusta. Así que lo demás... ¡a la mierda!

A destacar la pequeña Olive, que te reconcilia con la infancia entre tanto niño repelente que pulula por nuestras pantallas (y a veces por nuestras vidas), y su número final, que me resultó hilarante, sorprendente y tierno a la vez.

domingo, 11 de febrero de 2007

La joven de las naranjas


Este libro no fue buscado: llegó a mí por pura casualidad. O no, más bien llegó a mí porque alguien quiso que llegará. Quizás no fuera un regalo, quizás fuera todo un mensaje.


Con quince años, Georg descubre una carta que su padre muerto hace varios años escribió para él, mientras la enfermedad iba consumiéndole poco a poco. Una vida, la de su padre, se extinguía mientras era testigo y consciente de tener delante otra que se abría al mundo: la de su hijo. La muerte miraba directamente a la vida, sabiendo que más tarde o mas temprano también se extinguiría. Por un breve instante vida y muerte coexistían formando una extraña pareja que nunca tiene final feliz.

La carta póstuma de un padre a su hijo, que desconoce incluso como será o qué edad tendrá al leerla, se convierte en la más larga conversación entre ambos a lo largo de toda su vida.

“Mi padre murió hace once años, cuando yo sólo tenía cuatro. Creí que no volvería a saber nada de él, pero ahora estamos escribiendo un libro juntos …”

Yo añado que este post lo escribimos juntos Gaarder y yo. Espero que no le moleste.

En esa carta, su padre le habla de “la joven de las naranjas”, esa extraña joven que marcó la pauta y camino de su existencia. Más allá de la propia experiencia vital del padre en busca de “la joven de las naranjas”, éste plantea a su hijo varias preguntas y varias consideraciones filosóficas, que marcan el contenido del relato.

“¿Cuándo podemos volver a vernos?.

¿Cuánto tiempo puedes esperar?

¿Qué podía responder a esa pregunta, Georg? Tal vez fuera una trampa. Si contestara que dos o tres días, sería demostrarme demasiado impaciente, y si contestara “toda la vida”, pensaría que no la quería de verdad o simplemente que no era sincero. De modo que tuve que ingeniarme algo intermedio.

“Podré esperar hasta que mi corazón sangre de pena”.

Sonrió algo indecisa y me acarició los labios con un dedo. Luego preguntó:

“¿Cuánto tiempo es eso?”

Hice un gesto de desesperación con la cabeza y opté por decir la verdad:

“Tal vez sólo cinco minutos”, dije.

Después de eso y de mucho más, llegaría una vida juntos.

A lo largo de esa vida se produce una transformación maravillosa que podría pasar desapercibida para cualquiera. En una vida en pareja, hay un momento en que empezamos a utilizar con mayor frecuencia, el pronombre “nosotros”. Es una palabra curiosa. De repente comenzamos a utilizar esa palabra, poniendo a dos personas bajo una acción común, casi como si se tratara de un solo ser compuesto. Como si ese “nosotros” no pudiera partirse. A partir de entonces todo se transforma. “Vamos a hacer la cena”, “vamos a abrir una botella de vino”, se trata de un proceso sencillo, cargado de contenido y que afecta profundamente a la vida de dos seres sobre la tierra. Ese "nosotros" se convierte en un ente único que parece no poder separarse. Al menos mientras ese “nosotros” es inconsciente. Parece eterno.

Al morir no nos despedimos de nuestros libros o de nuestro piso o coche. Nuestra última mirada suele ser para un ser querido, si somos afortunados, nuestro último pensamiento también. En todo caso, en nuestro último aliento podemos mirar el mar o el cielo, o la tierra, o nuestra mente viajará hasta paisajes escondidos o el confín del universo. Nuestro último contacto será, si puede ser, con una mano querida. Nos despedimos de lo que no poseímos ni compramos. Lo demás, lo que tan importante nos resultó, resulta accesorio.

En un momento del libro, el padre es claro. Pero hace una petición imposible.

- Ya no siento necesidad de ver o vivir más cosas de las que he vivido. Lo que sí desearía fervientemente es mantener lo que tengo… porque estoy muriendo. Unos huéspedes que jamás han sido invitados han empezado a chuparme la energía vital.

No obstante, la gran pregunta llega al final. ¿Elegirías nacer, y conocer la vida en toda su intensidad sabiendo que quizá sea para permanecer sólo un instante en ella? ¿O rechazaríamos la oferta con las reglas que contiene? Si eliges vivir, también eliges morir y perder todo lo que posees. Perder todo aquello que no tiene precio. Eliges conocer el “mundo” y perderlo. Eliges saber que un beso puede ser el último o que una mirada puede ser una despedida.

¿Qué elegiríais vosotros?

Después de todo, quizás la cuestión se resuma en algo tan simple, como que en la vida hay que aprender a echar de menos.

Quince años



-Sigues igual que siempre- dijo él sonriendo, mientras ella bajaba la vista para quitar con empeño y cierto nerviosismo la etiqueta de su botella de cerveza.

-Qué dices... Estoy mayor.

Hacía quince años que ella le había dejado, sin motivo aparente, pero por el más fuerte de los motivos: que ya no. Una ruptura cargada de dolor y culpa, de promesas aladas que ahora pesaban y a las que tenía que fallar. Una ruptura dolorosa como la patada en el morro al perrito que te lame la mano, y quince años de tumbos, cambios, huidas, regresos, dudas, ires, venires, emociones, sinsabores, decepciones, sorpresas, plazos, esperas, ilusiones, tropiezos y recuperaciones.

Y tras quince años, allí estaban otra vez los dos. Él, casado y feliz padre de dos niños guapos (como él); ella, estable, por fin, con un nuevo amor que la convencía de que sí, de que quizá sí, de que por qué no. Y una noche de cenas y azares, aquella barra de bar, casi casi la misma, otra vez, como tantos años atrás, los cruzó.

-¿Y qué tal con él?

Ella de nuevo bajó la mirada hacia la botella de cerveza.

-Bien...

-Yo me alegro mucho de que te vaya bien. De verdad, de que por fin te vaya bien en ese aspecto –y luego, con mucha seguridad, añadió- porque en ese aspecto yo estoy muy bien.

-Y yo me alegro mucho, y lo sabes- dijo ella, volviendo a sonreír.

-Sí, lo sé. Y a mí mujer la quiero por la vida... Pero tú sabes que, cuando salgo, vengo por aquí para ver si te veo, aunque sea de año en año... aunque sólo podamos hablar dos minutos y mis amigos y tus amigos ya nos estén mirando... porque lo que me pasa es que sigo enamorado de ti.

Ella, rápidamente, empezó a negar con la cabeza.

-Tú estás enamorado del recuerdo. Porque es un recuerdo muy bonito. Que lo sé. Que yo estaba allí –le miró de pronto a los ojos- Pero yo ya no soy la que era. De aquella niña...

-Me da igual lo que me digas –la interrumpió él- Puedes decir lo que quieras. Yo sigo enamorado de ti, y me da igual todo, y cuando seas una viejecita, lo seguiré estando.

Ella negó aún más tímidamente, pero apenas supo qué decir.

-Vete, te están esperando tus compañeros.- dijo finalmente él, sonriendo otra vez.

-Me alegro mucho de haberte encontrado, de haber hablado contigo, de que todo vaya bien, de verdad...

El asintió casi imperceptiblemente y volvió con los suyos. Ella se fue sabiendo que casi todo seguía igual, sabiendo, como había sabido quince años atrás, que nunca podría haber sido, que aunque había sido bonito, muy bonito, entonces eran muy jóvenes y ella iba inevitablemente, hacia un lado y él iba inevitablemente hacia otro. Pero aquellas palabras, que había estado tozudamente convencida que no merecía, la reconciliaron con algo. Aunque quizás fueran un espejismo, y ella tuviera razón, y él sólo añorara un recuerdo... La reconciliaron con algo, algo que ella había olvidado, enterrado y negado durante aquellos quince años.

sábado, 10 de febrero de 2007

Papel mojado


Con ríos
con sangre
con lluvia
o rocío
con semen
con vino
con nieve
con llanto
los poemas
suelen
ser
papel mojado


Mario Benedetti

viernes, 9 de febrero de 2007

Persiguiendo recuerdos que olvidé


Marc Parrot: Rompecabezas

Hoy he buscado en los armarios
Trozos de mi corazón
Que se rompieron hace años
Contra un muro de razón
He descubierto algunos sueños
Que flotaban sobre el mar
Igual que náufragos de un tiempo
Al que no puedo regresar

Este es mi rompecabezas
al que le faltan piezas
Algunas de ellas se han perdido
Las otras nunca he sabido donde ponerlas

Voy andando sobre mis huellas,
Voy camino a donde he llegado
Persiguiendo recuerdos que olvidé
Voy tirando de mis engaños
Comodines de un juego extraño
En el puzle que no terminaré

He regresado a mi pasado
En busca de una pieza más
Que me encajara en el vacío
Que ahora llena mi ansiedad
Hoy ordenando fotos viejas
He llegado a comprender
Que he vuelto al cruce de caminos
Que partió mi vida en cien


"...cuando volví a este pueblo olvidado tratando de recomponer con tantas astillas dispersas el espejo roto de la memoria..."


Gabriel García Márquez: Crónica de una muerte anunciada

jueves, 8 de febrero de 2007

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Noticia de El País.es :

Buenafuente rechaza un premio porque también se le concede a Losantos

Andreu Buenafuente (el director de Buenafuente, Antena 3) recibió hace unos días la comunicación oficial de que había sido premiado con el Micrófono de Oro de la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión, y ayer decidió rechazar el galardón porque también se lo han concedido a Federico Jiménez Losantos, director del programa La mañana de la Cope.

El presidente de honor de estos premios es Luis del Olmo, en cuya ciudad natal (Ponferrada, León) se entregarán estos galardones el próximo 21 de abril. Buenafuente dice que le ofende el estilo de Jiménez Losantos. "Y no sólo me ofende a mí: ofende al periodismo".

"Ante la libertad de premiar", decía ayer Andreu Buenafuente, "está la libertad de rechazar el premio, y este Micrófono de Oro lo rechazo porque no quiero estar en el mismo palmarés que un personaje cuya concepción de la radio es por completo ajena a la mía. Yo respeto mucho esta profesión, y la forma que tiene esta persona de llevarla a cabo me ofende. No es la radio que a mí me gustaría para este país. Se puede optar por la discrepancia en silencio, pero yo he optado por decir en voz alta que no soporto estos premios salomónicos que tratan de honrar colores imposibles. Así tratan de decir que todo vale, y poco a poco se va pudriendo el periodismo. Y quería dejar clara mi discrepancia. En voz alta".


Ole, Buenafuente.

Me encanta la gente que no se resigna, que actúa siempre según sus principios y que lleva sus principios muy cerca del corazón (y del estómago, como en este caso).

Porque no todo vale.
Porque hay un límite entre la libertad de expresión y el delito, y la ponzoña, y el daño, y el veneno, y la injuria.
Porque alguien tiene que decirlo, y aunque no le hagan caso, repetirlo con cabezonería.
Porque que las cosas estén mal y todo el mundo lo acepte, no implica que nosotros tengamos que aceptarlo.
Porque los gestos, aunque puedan parecer tontos, triviales e inútiles, sí son importantes.
Porque no hay que menospreciar las gotas de agua, ni olvidar que de gotas está hecha la corriente del río y la marea del océano.
Porque hay que mojarse, siempre, para que no todo esté perdido.
Porque a veces es importante decir no
e imprescindible la gente que sabe decirlo.

Ole, Buenafuente.



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domingo, 4 de febrero de 2007


Hoy he visto a la Condesa del Sobrarbe, mi señora, la heredera del País.
Buscándola entre libros y leyendas, la perdí, sin ver que siempre, siempre, estuvo aquí.
¿Para qué iban, si no, cada primavera a florecer, la almendrera o el fiero abrizón?
¿A quién saludan los gallos del amanecer sin saber si saldrá el sol.
Ya no hay cotas de malla ni espadas a su alrededor, ni flamea al viento su pendón.
Pero aún le queda un castillo, un pequeño rincón, un feudo en mi corazón.

Hoy te he visto, Condesita del Sobrarbe, joven ama de nuestro viejo País.
Volaste por los siglos como un águila hasta mí, y hoy de la escuela te he visto salir.
Y al mirar el castillo he sabido quien lo construyó.¡Como no iba a saberlo!...¡Fui yo!.
Viejos cantares de gesta me parece oír, cuando te escucho reír.
Con la pluma, el arado y la espada hicimos para ti, con la tierra y la sangre, un país.
Te rindo, hijita, el homenaje de mi amor como un vasallo al señor.

¡Mírala, es la Condesa del Sobrarbe, y aún te pide un beso para irse a dormir!
Igual que hoy es la dueña de tu casa y tu vivir, mañana lo ha de ser de este País.
No le pongas un velo en la cara, no le hagas creerque en la vida no hay otro papel:
Condesa y sierva, ¡qué duro ha sido siempre seren el Sobrarbe mujer.
Si el camino es la única puerta abierta al porvenir, no te extrañes de verla partir....
País de hombres. ¡Tristes hombres, triste País!. Sin ellas ¿cómo vivir?; ...

Pero hoy te he visto, dulce condesita, en los ojos de esas niñas sonreír.
He visto altas hogueras malos fueros consumir, y el Fuero nuevo que hemos de escribir,
para que puedas ser mujer aquí.

La Ronda


Para todas las princesas de mi viejo País.

viernes, 2 de febrero de 2007

Ingenuos vs sentimentales.


The Waterboys: The whole of the moon

Yo pintaba un arcoiris. Tú lo cogías con las manos.
Yo percíbía fragmentos, pero tú veías todo el plan.

Yo vagué por el mundo durante años mientras tú permanecías en tu habitación.
Yo veía el cuarto creciente.Tú veías la luna entera.

Yo estaba encallado en la tierra mientras tú ocupabas los cielos.
Yo estaba anonadado por las verdades,tú disolvías las mentiras.
Yo veía el valle lluvioso y sucio,tu veías Brigadoon.
Yo veía el cuarto creciente, tú veías la luna entera.

Yo hablaba sobre las alas,tú simplemente volabas.
Yo me preguntaba, yo suponía, yo intentaba. Tú simplemente sabías.

Con una linterna en tu bolsillo y el viento en tus talones trepabas hacia arriba
y tú sabes lo que se siente al llegar demasiado alto,demasiado lejos,demasiado pronto
Tú veías la luna entera.La luna entera.

Trepabas hacia arriba con el viento en tus velas.
Llegabas como un cometa abriendo tu camino
demasiado alto, demasiado lejos, demasiado pronto.
Tú veías la luna entera.


"Hay ríos metafísicos, ella los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada en torno al campanario, dejándose caer para levantarse mejor con el impulso. Yo describo y defino y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada. Y no lo sabe, igualita a la golondrina. No necesita saber como yo, puede vivir en el desorden sin que ninguna conciencia de orden la retenga. Ese desorden que es un orden misterioso, esa bohemia del cuerpo y el alma que le abre de par en par las verdaderas puertas. Su vida no es desorden más que para mí, enterrado en perjuicios que desprecio y respeto al mismo tiempo. Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente por la Maga que me juzga sin saberlo. Ah, dejame entrar, dejame ver algún día como ven tus ojos.

Inútil. Condenado a ser absuelto. Vuélvase a casa y lea Spinoza. La Maga no sabe quién es Spinoza. La Maga lee interminables novelas de rusos y alemanes y Pérez Galdós y las olvida enseguida. Nunca sospechará que me condena a leer a Spinoza. Juez inaudito, juez por sus manos, por su carrera en plena calle, juez por sólo mirarme y dejarme desnudo, juez por tonta e infeliz y desconcertada y roma y menos que nada. Por todo eso que sé desde mi amargo saber, con mi podrido rasero de universitario y hombre esclarecido, por todo eso, juez. Dejate caer, golondrina, con esas filosas tijeras que recortan el cielo de Saint-Germain-des-Prés, arrancá estos ojos que miran sin ver, estoy condenado sin apelación, pronto a ese cadalso azul al que me izan las manos de la mujer cuidando a su hijo, pronto la pena, pronto el orden mentido de estar solo y recobrar la suficiencia, la egociencia, la conciencia. Y con tanta ciencia una inútil ansia de tener lástima de algo, de que llueva aquí dentro, de que por fin empiece a llover, a oler a tierra, a cosas vivas, sí, por fin a cosas vivas. "

JULIO CORTÁZAR: Rayuela


También John Le Carré, en "El amante ingenuo y sentimental" hizo esta distinción entre los "ingenuos" (los que viven, intuyen, sueñan, conocen la vida con una sabiduría no aprendida y milenaria, porque la vida se les mete por cada poro y así la transpiran, pura y plena, sin el tamiz falseador de la razón y la reflexión; los que "viven la vida" en vez de imitarla"... "sentir es conocer") y los "sentimentales" (los que ya no pueden entregarse libre y plenamente a la vida, porque realizan siempre el paso previo de la conceptualización, la reflexión, el etiquetado... los que observan, e intentan poner orden en el caos en vez de entregarse a él plenamente, pero añoran poder arrojarse y fundirse en él... Añoran ser como los ingenuos, porque saben que probablemente, ya nunca lo serán).



La milenaria dialéctica entre la Naturaleza, nuestra naturaleza, nuestro instinto, nuestro yo más yo, más auténtico, sentimiento puro, corazón, que a veces se pierde, se diluye, se ahoga, se asfixia bajo las capas y capas de conceptos,razonamientos, normas, y principios que ha echado sobre nosotros la Civilización. El precio y el castigo divino por haber mordido un día el fruto del árbol de la ciencia, por dejar de vivir sin más, como los animales, y empezar a tomar conciencia y pensar el propio vivir.

Yo creo que nací con una profunda y cierta vocación de ingenua, pero la vida me ha hecho sentimental. Como a casi todos los sentimentales. Y por eso a veces desearía desandar el camino, quitarme decima "todo lo que me echaron encima desde antes de nacer", dejar de observar la superficie y zambullirme sin mapa en las profundidades. Los sentimentales desearíamos muchas veces ser ingenuos, los ingenuos a veces también deserían poder ser sentimentales. Los polos opuestos se atraen. Es más, se necesitan incluso para definirse y reconocerse, por comparación y por contraste.



Lo que ya no tengo claro es qué vida es más "plena", la de los ingenuos que viven sin plantearse la vida, o la de los sentimentales que no pueden evitar planteársela...



Creo que hoy estoy demasiado sentimental. A ver si el fin de semana puedo sacudirme tanta reflexión un poco, y volver, aunque sea por un rato, a la ingenuidad del caos de la vida, de vivir sin comprender ni preocuparse siquiera por intentarlo.



Mientras tanto, dejo aquí el fragmento de la novela de Le Carré que contribuyó hace muchos años a que la reflexión sobre esto contribuyera a que yo fuera ya irremisiblemente sentimental, como Rayuela, como las letras de los Waterboys y tantas y tantas otras palabras de artistas, que suelen ser, también, sentimentales perdidos añorando la ingenuidad...

"Helen afirmó:
-La teoría se basa en ser ingenuo o en ser sentimental. Son dos cosas diferentes, pero se da una interacción entre una y otra.
Cassidy preguntó:
´-¿Y yo que soy?
Con cautela, como si recordara una lección dolorosamente aprendida, Helen repuso:
-Bueno, Shamus es ingenuo, y lo es porque vive la vida, en vez de imitarla.
No muy segura de sí misma, añadió:
-Sentir es conocer.
-Y yo soy lo otro.
-Sí, tú eres sentimental. Y esto significa que ansías ser como Shamus. Has dejado atrás el estado natural y te has convertido en..., bueno, en parte de la civilización, en un ser no sé... así, corrupto.
Shamus, por ser ingenuo, por ser parte de la Naturaleza, ansía llegar a ser como tú. Los polos opuestos se atraen. Él es natural y tú eres corrupto. Por eso le gustas
."

John Le Carré: El amante ingenuo y sentimental



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