martes, 15 de enero de 2008

Cigarros y tiempo


Fumo un montón
No estoy hablando de hierba o hachís
Fumo lo normal.
Fumo un montón
Y si tú eres también un fumador
Tienes que saber que a veces es duro
Estar en compañía sana,
De esa gente que siempre dice
“fumas un montón,
imagínate la cantidad de dinero que podrías ahorrar si lo dejaras.
Fumas un montón.
A estas alturas podrias haberte compardo una bici
¿no estás concienciado sobre los niños?”
“Bueno, por supuesto que lo estoy,
concienciado (un poco)
pero en cuanto a esa bici, podría haberme matado con ella
y eso no es lo que quieres en realidad, no?”
Así que fumo un montón,
Fumo un montón.
Dios mío, fumo un montón
Y me siento bien
Y me siento bien.
Fumo un montón.
Fumo un montón.

A veces es genial.
A veces no lo es
Pero fumo un montón

K's choice: I smoke a lot


15 de Enero de 2001. Hora de comer. Acababa de comprarme, aquella misma mañana, mi cartón semanal de BN, que era lo mínimo que fumaba normalmente. Pero dos días atrás una compañera me había comentado muy acontecida el caso de un conocido común, que se había muerto de cáncer de pulmón con 35 años. "Es que fumaba un montón, era una pasada. Lo había dejado hace dos años, pero ya ves, empezó con una gripe que no se le curaba, que no se le curaba, le diagnosticaron cáncer y en un mes..." Recuerdo que en esta conversación yo estaba -como no- fumando, y que se me cayó el cigarro, y que lo que se quedó resonando en mi cabeza fue "lo había dejado hace dos años". "Lo había dejado hace dos años", y aún así le mató. "Lo había dejado hace dos años", pero fue demasiado tarde y fue inútil, o quizás fue casualidad y resulta que le hubiera dado el cáncer de pulmón igual, porque hay fumadores empedernidos que llegan a los ochenta y más allá, y en cambio hay gente de vida sana que se cuida y... En fin, ya sabéis, el tipo de razonamientos y hechos extraordinarios a los que nos aferramos los fumadores para justificarnos y seguir siendo valientes y libres y fumando...

Pero ahi estaban los hechos, que ya no eran cifras y estadísticas e informes lejanos y etéreos. Una cara, un nombre, un conocido, un hábito, una muerte. ¿Una causa? ¿Una consecuencia? Y de pronto me vi a mí misma, por un momento, desde fuera. Feliz fumadora empedernida, tan empedernida que lo de fumadora era ya una de mis características definitorias en todos mis círculos y en casi todos mis momentos. Tan fumadora y tan empedernida que me gustaba ser fumadora, y me parecían siempre mucho más simpáticos los lugares reservados para fumadores, las zonas de fumadores (porque en aquel tiempo las había... qué nostalgia) y las reuniones de gente que fumaba. Tan fumadora y tan empedernida que el llevar un paquete de tabaco, y un mechero, y juguetear con ellos antes del instante precioso de prender el cigarro y aspirar la primera calada, o el gesto juguetón de sacudir la ceniza, o tenerlo entre los dedos, o apagarlo contra el cenicero, formaban ya parte imprescindible y consustancial de mis hábitos y de mi gestos, casi como el respirar inconsciente e involuntario que ya no tenemos que decidir hacer, ni opción de no hacerlo. Tan fumadora y tan empedernida que defendía el tabaco y a los fumadores, y que proclamaba que me gustaba, y que no pensaba dejarlo, ni siquiera intentar fumar menos.

Nunca, jamás, en los 14 años que llevaba fumando, desde que me esforzara aquel lejano primer año de instituto en coger el gusto y el hábito, cuando todas mis amigas lo tenìan ya, me había planteado la posibilidad de dejarlo. Entre otras cosas, porque estaba convencida de que yo nunca sería capaz de dejarlo. La vida y sus avatares me habían situado en el bando de los fumadores, como a mis padres, y ahí creía yo que iba a quedarme para siempre, sin que me rozara la mente la posibilidad de que esto no fuera así.

Así me vi, un momento, desde fuera, imaginando que quizás algún día también alguien comentaría de mí que fumaba un montón, y que claro, que lógicamente, causa... consecuencia... Que no, que no, que es verdad, que no es una amenaza abstracta y lejana en el tiempo y que al final siempre afecta a otros. Que a todos nos pueden atropellar, es cierto, pero corren mucho más riesgo los que caminan por el medio de la carretera, y además se niegan a verlo. Que sí, que podía ser cierto, y podía pasarme a mí. Que la posibilidad era real, de verdad, y que tras la posibilidad se agazapaba la probabilidad que yo había ignorado feliz, voluntaria y concentradamente. Pero que estaba ahí, tal vez esperando por mí.

Así pues, dos días antes de aquel 15 de enero de hace siete años, empecé a plantearme que quizás debería fumar menos. Sólo eso. Ser como esa gente que controla sin esfuerzo, y se fuma uno de vez en cuando porque le apetece sin necesitarlo. Así que intenté fumar menos. Estuve dos días haciendo ímprobos esfuerzos para no fumar hasta tal hora (lo cual suponia vivir obsesionada y contando los minutos para que tal hora llegara), y pensando toooodo el rato en el tabaco. Y con tan ímprobos esfuerzos, que me condicionaron y casi diría me obsesionaron como pocas cosas lo habían hecho en mi vida hasta entonces, lo único que logré fue no pasar del paquete diario. ¿Qué podía hacer? ¿Seguir toda la vida intentando reducir? ¿Volver a fumar sin control y sin pensar en el riesgo? ¿Olvidar los dolores de garganta, los ceniceros a rebosar, la compulsión cuando fumaba distraida en otra cosa? ¿Ignorar las evidencias de que fumaba demasiado, y que estaba fuera de control, y que quizás sí fuera un problema, y que existían la posibilidad y la probabilidad, y que ya no iba a ser capaz de dejar de verlas?

No. La única solución, clara, evidente, diáfana, asumámoslo, era cortar por lo sano, y alejarme del tabaco para siempre. ¿Pero podría? ¿Yo, una no-fumadora? ¿De verdad iba a poder? ¿Con lo nerviosa, ansiosa, compulsiva, cagueta y obsesiva que soy? ¿Yo, una no-fumadora? ¿Seguiría siendo siquiera yo? ¿Yo, una ex-fumadora? ¿Como voy a creérmelo? Si no me cabía en la cabeza. Juro que por descabellado que me pueda parecer hoy esto, era eso lo que pensaba. Y lo que sentía, que es peor.

Pero a pesar de todo, y sobre todo de mí misma, aquel día me decidí. Probaría a ver cuánto aguantaba sin fumar. Sólo para ver hasta dónde podía llegar. Fue cuestión de ir rompiendo pequeñas barreras. Superar sólo el momento fugaz en que la costumbre te hacía encender un cigarrillo. Era sólo dejar que pasara ese momento, sin encenderlo. Simplemente, nada más. Así de fácil, y así de difícil. El momento de después de comer. El cambio de hora. La salida de clase. La cañita de las ocho. La parada en el semáforo. Después de cenar. El ratito de ver la tele. Antes de acostarme... Cada momento se convirtió en consciente e inmenso. Cada momento superado era un pequeño triunfo enorme, un motivo de ansiedad, y de nerviosismo, pero también de satisfacción, incrédula, orgullosa y admirada -por fin y por una vez- de mí misma. Y, claro, no iba a tirarlo por la borda en el último momento. Así pasé el último momento antes de irme a dormir, y asísí logré completar lo que me pareció el primer día sin fumar de mi toda vida de fumadora. Pasé una noche malísima de sueño intermitente, ligero e inquieto. Pero a la mañana siguiente seguí rompiendo hábitos y momentos. Rompiendo barreras y logrando aquellos pequeños triunfos a los que, precisamente por difíciles, era más duro renunciar.

Quien diga que es fácil, miente. Se nota el síndrome de abstinencia físico. La ansiedad. El malestar del estómago. Los nervios. El sueño todo el rato. Te sobra tiempo. El no saber qué hacer con las manos. El sentirse raro. Pero, ay, está la satisfacción de que lo estás haciendo. De que, contra todo pronóstico, lo estás logrando. De que has llegado ya a alguna parte, a la que nunca habías soñado llegar. Y da pereza y rabia dar marcha atrás.

Lo peor, para mí, la obsesión. Solo piensas en fumar y dejar de fumar, sólo te fijas en el tabaco, en quién fuma, quién no fuma, dónde fuma, cómo fuma, cuánto fuma, por qué fuma. Hasta en la tele te fijas en esto. Tienes que avisar a todo el mundo, porque a todo el mundo se le hace raro ver que no fumas. Te conviertes casi en la noticia de la semana, aunque sabes que todos te miran con escepticismo (como tú misma, claro, què otra cosa ibas a esperar). "¿Te das cuenta de que últimamente contigo siempre se acaba hablando de dejar de fumar?" -llegó a decirme un amigo. Ahí me di cuenta de que me estaba volviendo cansina y pesada, como todos los obsesivos demasiado nerviosos para molestarse en disimular.

Por suerte, cuando llevaba dos días en estas circunstancias, cayó en mis manos el famoso libro de Allen Carr, "Es fácil dejar de fumar si sabes cómo" ¿Puede haber un título más poco... "título"? Aún así, tengo que reconocer que me ayudó un montón. Sobre todo para relativizar la ansiedad, desdramatizar todo el proceso y convencerme de que iba a ser capaz. De que estaba decidido. De que aunque yo hubiera sido durante años una fumadora empedernida y feliz que jamás se había planteado dejar de fumar, ahora iba a ser una no-fumadora. Porque quería ser una no-fumadora, y podía ser una no-fumadora. Y de que no iba a probar el tabaco nunca más. ¿Para qué?

Es tonto dar la vuelta o pararse en la valla 98 cuando tienes que saltar 100. Y así he llegado yo a mi séptimo año sin fumar. Y aquí sigo, en la valla 100, convencida de que no volveré a fumar jamás. Ni probarlo. Me dan igual bodas, bautizos o comuniones, porque estoy muy contenta. Me parece genial que fume el que quiera, y me ponen un poco de los nervios las leyes antitabaco, y el falso paternalismo cínico de este estado censor que se forra fomentando sibilinamente lo que luego prohíbe, y la persecución material, ideológica y estética de los fumadores. Pero yo no pienso volver a fumar. El único rastro que queda -al menos, que yo sepa, y cruzo los dedos, porque un compañero un poco cenizo y también exfumador me dijo que del enfisema no te libras- es que de vez en cuando sigo soñando cuando duermo, como he soñado todos estos años, con fumar. Eso sí, en el mismo sueño, lo que pienso es "jo, y ahora volver a dejarlo, con lo que me costó". O sea, que mi inconsciente está convencido y tengo su bendición. Menos mal que por fin me ayuda en algo.

Manuel Vicent, en Son de mar, hace que Ulises, profesor de literatura, se desespere al tener que explicarle a sus alumnos adolescentes el tópico del Carpe diem, que van a ser incapaces de entender realmente, porque los jóvenes se sienten, por definición, inmortales. Y hoy, con siete años, siete, de perspectiva, cuando ha llegado a resultarme insólita y ajena y extraña la imagen de mí misma fumando, y cuando sé que también les resulta así a los demás, me doy cuenta de que , quizás, aquel quince de enero de hace siete años empecé a dejar de ser joven.

Y de nuevo me sorprendo a mí misma pensando que, quizás, eso no sea tan malo como yo creía.

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