lunes, 21 de enero de 2008

Vida vivida y vida pensada


"...y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio prisa a poner en efecto lo que deseaba..."


Miguel de Cervantes Saavedra: El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha.
Existe una vida que es vivida, y otra vida que es pensada, y nuestro vivir consta de esas dos partes, o fases, o momentos, el vivir y el pensar, que consumen nuestro tiempo y nuestra energía, y que pueden resultar igual de difíciles, complicados, gratificantes, productivos, destructivos o agotadores. Que ya lo dijo Descartes, "pienso, luego existo": el pensar es fundamento y causa y consecuencia y parte consustancial del meollo que es vivir.

Existe una vida que es vivida, y otra vida que es pensada, y la vida pensada puede ser y es tan importante (incluso a veces más, según los momentos y los casos) que la vivida. Y el pensar se nutre y a su vez alimenta el vivir. Pensamos tras vivir, y le llamamos recordar, o reflexionar, o evocar, o recrear, porque muchas veces en este pensar, alteramos, transformamos, manipulamos, a nuestro antojo o por azar, lo vivido, para enmarcarlo en el recuerdo. Por otra parte, también el pensar precede al vivir, y lo anticipa, lo diseña, lo condiciona, y lo llamamos ilusión, o planificar, o idear, o inventar.


Pero el pensar además puede ir por libre, y volar solo, pasando olímipicamente del vivir, y escapando de su gris tiranía, y lo llamamos soñar, imaginar, crear. O simplemente locura.

Recordar, idear y soñar pueden cambiar el vivir. Porque un instante vivido se amplifica, se densifica, se alarga y se engrandece cuando es recordado, evocado y soñado por el pensamiento, que es capaz de convertirlo en eterno. Y porque toda una era vivida se desvanece hasta convertirse en nada en el instante mismo en que ya no nay nadie que la recuerde, la evoque, la imagine, la piense.

La dicotomía vivir-pensar está presente en la filosofía y la literatura universales,y por ella han vagado y divagado Hamlet, el Quijote, Azorín, Machado, Baroja, Nietzsche, Borges o Schopenhauer. La historia está llena de nombres y hombres que lucharon con la vida para realizar su pensamiento, que construyeron su pensamiento a partir de lo que vivieron, o que vieron su pensamiento contradecido y aplastado por la vida. Y una clasificación posible (aunque arbitraria e inútil como todas) de los seres humanos sería aquella que nos dividiría en vividores y reflexivos, activos y contemplativos, pragmáticos y soñadores, currantes e ideólogos, guerreros y filósofos. Aunque, también como en todas, es cuestión de grados, y momentos, y circunstancias.

Yo tiendo a la ensoñación y a la nostalgia, disfruto de los buenos momentos, pero también (y casi más) de su anticipación ilusionada o de paladearlos en el recuerdo, y sufro mis males amplificados por la lupa del temor con que los pienso. A los 18 años tuve una depresión (o algo así) en que se me cruzó una "idea negra" invadiéndolo todo, y ya no soportaba pensar, y esto me impedía vivir. En mi biografía quizás haya tenido más peso e importancia la vida pensada que la vida vivida, porque esta ha estado muy condicionada por aquella, y no siempre para bien. Pero a veces sí. Y tengo muy claro que esto que vivo es resultado de algo que una vez pensé, o soñé, o imaginé, pero porque lo que había vivido me hicieron pensarlo, o soñarlo, o imaginarlo. Y topamos de nuevo en este punto con el dilema del huevo y la gallina, y otra pescadilla, otra más, que se muerde la cola.


Hay personas que se dedican con fuerza a la vida vivida, y descuidan la vida pensada, por una cuestión de inclinación natural, carácter, formación o incluso miedo. Son los vividores impulsivos y compulsivos, pero también los conformistas acomodaticios y prácticos. Hay otras personas que se dedican desaforadamente a la vida pensada y pueden llegar a descuidar la vida vivida, también por inclinación natural, carácter, formación o incluso miedo. Aquí se sitúan algunos artistas, algunos filósofos, algunos solitarios (porque el pensar suele hacerse en soledad), algunos raros, algunos maníacos depresivos, y, como no, muchos de los adictos a Internet.


La categoría más preciada, como casi siempre, es la vía del justo medio tan laureada por los clásicos y los pocos sabios que en el mundo han sido: la del equilibrio entre la vida vivida y la vida pensada. Entre el vivir y el pensar. Tan fácil de pensar y tan difícil de vivir.

Dicen los cursis (entre los que evidente y orgullosamente me incluyo) que un sueño, una idea, un recuerdo o un pensamiento pueden cambiar el mundo. Y esto, que tiene el acento inconfundible y chirriante de las frases facilonas y los tópicos etéreos que suenan muy bien, pero que luego a la hora de la verdad siempre se nos olvidan, es en realidad cierto, porque un pensamiento puede cambiar una vida, a veces sibilina e incontroladamente, para bien o para mal. Creo que todos seríamos capaces de encontrar ejemplos elocuentes de esto, y no sólo entre los grandes nombres de la historia o las listas de pacientes de los psiquiatras. Y no deberíamos olvidarlo, sino tenerlo muy presente, para tener muchìsimo cuidado con lo que pensamos, soñamos o recordamos, sobre todo sin darnos cuenta, porque puede cambiar o incluso determinar lo que viviremos.

Aunque la vida, a veces, también puede pulverizar hasta convertir en nada un sueño, una idea, un recuerdo o un pensamiento.

Y si no, que se lo digan al Quijote, que con armas oxidadas y un viejo caballo esquelético se atrevió a ir por el mundo desafiando a la vida para vivir su pensamiento hasta la derrota definitiva y final. Es decir, la muerte.

¿Y tú? ¿Vives más que piensas, o piensas más que vives? ¿Vives como piensas, o piensas como vives? ¿Primero vives, y después piensas, o primero piensas, y después vives?

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