martes, 12 de febrero de 2008

La muerte del señor Plácido


El abuelo estuvo preso de los rojos durante la guerra. Así que él tuvo siempre claro quiénes eran los suyos, y en qué bando estaba él en el mundo de bandos que no eligió y que le tocó vivir. Sufrió todo lo que sufren los prisioneros de guerra, pero sobrevivió para volver a su pequeño pueblo en Zamora, y asistir casi a su propio funeral, que llegó a celebrarse, porque allí le habían dado por muerto. Una de sus hermanas fue la primera que lo vio, y se aterrorizó pensando que era un fantasma, por su aspecto demacrado y por la fuerza de la convicción con que habían dado su vida por perdida.

Tras la guerra le tocó volver a sobrevivir, y mi abuelo tuvo que emigrar con poco más que una mula desde su pequeño pueblo zamorano a otro pueblo orensano, un poco más grande pero tampoco demasiado, al principio sólo provisionalmente, para vender cacharros, y luego definitivamente, para vender cera, y vino, y miel. Se casó con mi abuela Anita, que emigró también desde Zamora con él, y fueron durante décadas “los del bodegón” en el pueblo en el que me hicieron nacer.

El abuelo tenía un camión azul claro que siempre fue para nosotros un acontecimiento, en el que nunca faltaba una botella de Coca-cola para aflojar los tornillos (lo juro), y fue un hombre trabajador, serio, honrado, como negociante y como cabeza de familia, consciente, muy consciente, siempre, de su deber y de lo que estaba bien. Mi abuelo tenía claros sus principios y a ellos supo ser coherente.

Era mi abuelo de aquellos hombres que no dudaba en sacar el cinto con sus hijos si lo consideraba necesario -aunque lo considerara necesario pocas y sonadas ocasiones-, que no entendía ni le interesaba el ocio, que creía en Dios sin fisuras y en cuanto pudo fue hombre de misa diaria, que llevó desde siempre y hasta casi el final guardapolvos de currante, casi siempre sucio por el trabajo, y boina que sólo se quitaba prácticamente para dormir y para bendecir la mesa antes de cada comida. Mi abuelo comía mucho, su postre era siempre queso y fruta y terminaba todas las comidas con un trozo de pan. Mandaba callar a todos si él estaba viendo el telediario, y le gustaba ver además el fútbol y los toros.

Mi abuelo vivía en un pueblo que no era su pueblo, pero cuenta mi padre que al volver del suyo propio alababa la tierra donde pacía alegrándose del reencuentro. Estaba especialmente orgulloso de su hermano cura y de su hermano misionero, que murió hace poco en Hispanoamérica, al que yo vi solo una vez, y al que escuché hablar con esa convicción que para nuestro cínico occidente parece ingenua y quijotesca, de la que era su labor allá donde él vivía y de la que podía ser la nuestra acá.

Mi abuelo trabajó toda su vida y no despilfarró ni una peseta, para darle a sus hijos la educación que él consideraba necesaria y oportuna. Y así, les dio la oportunidad de estudiar, la que él, como muchos otros de su generación y circunstancia, no había tenido, y el sentido de los principios, de unos principios, que pueden adoptar distintas formas, pero que son, seas cuales sean, el sustrato común a eso que llamamos “buenas personas”.

Mi abuelo enterró a sus padres, a casi todos sus hermanos, a su mujer y a un hijo, y supo adaptarse sin desfallecer, aferrado y sostenido por sus principios, a todos los cambios que la vida le llevó y le trajo. Nunca quiso dormir fuera de su casa y sus hijas siempre, siempre, hasta el final, se escondieron de él para fumar.

Mi abuelo tenía un punto machista en las formas, y hablaba con sus nietos varones despectivamente de las mujeres buscando en ellos orgullo y complicidad. Pero crió cariñosamente a su nieta mayor, mi hermana, que estuvo mucho en su casa primero porque a mamá el trabajo no le dejaba otra opción, y luego porque la casa de los abuelos llegó a ser su casa tanto como la nuestros padres. Y se dejó enseñar alguna de las tareas de la casa que para él habían sido cosa de mujeres cuando la suya se murió por un cáncer traicionero -hace más de veinte años ya-, y una de sus hijas se vino para estar con él.

Mi abuelo era sencilla y reciamente sensato, y se cuidó hasta el último momento con la misma disciplina férrea que aplicó a todas las parcelas de su vida, gobernadas todas con una única firmeza simple y coherente. Mi abuelo no solía protestar por nada, hasta los últimos tiempos en que, como a todos los viejos, le vencían las manías, y llevaba su vida sin meterse demasiado en la de nadie pero sin permitir tampoco que nadie, ni sus hijos ni sus hijas, alteraran demasiado la vida que él había decidido llevar.

Mi abuelo nació en el año 10 del siglo pasado y murió en el año 8 de este. En agosto celebró con toda su familia el que sería su último cumpleaños, seguramente intuyendo que lo era. Fue el cumpleaños más multitudinario y festivo de todos los que hemos celebrado con él. Y desde entonces empezó el descenso sibilino, imparable y evidente, hasta que se puso definitivamente malo, de algo que podía ser un catarro, o una infección respiratoria, o lo que el médico quisiese firmar, pero que en realidad no era más que la excusa para empezar a decir adiós. Sus hijos no quisieron internarlo en el hospital, y le arroparon, cuidaron y acompañaron durante casi una semana, en la que su salud hierro, consecuencia del hierro con que se cuidó y vivió, resistió mansamente, sin oposición ni resistencia, el escurrirse de la vida. Mamá iba y venía de su casa a la nuestra entre la lágrima de despedirse y la serenidad de que él no sufría y de que a la vida no se le podía pedir más. Que era su hora, y que llegaba no a traición, ni por la espalda, ni a destiempo, sino de frente, despacito, y cuando y porque tenía que llegar.

Mi padre dice (entre otras muchas cosas... como diría yo... “peculiares”, “chocantes”, “sorprendentes”, “extravagantes”...) que él ha vivido dos situaciones de bordear la muerte, y que es verdad que en esos momentos no se sufre, sino que se recuerda la vida propia y se produce un reencuentro (según él, vívido, real, muy real, casi “físico”) con las personas a las que se quiere, incluso con las que ya no están. Mi escepticismo de chica más o menos sensata de mi tiempo no me permite pensar otra cosa más que todo eso, de ser cierto, no es más que una ilusión, un mecanismo que utiliza nuestro cerebro para escapar a la mirada frontal, inútil y aterradora al abismo. Mi padre, insistía en afirmar que el abuelo estaba pasando así esos últimos días que nos tenían a todos en vilo, conscientes de que ese día, cualquier día, podía ser el último: en brazos de esa ilusión. Y así lo proclamaba mi padre a los cuatro vientos, aunque ninguno nos atreviéramos a hacerle demasiado caso. Pero, la verdad, sería tan bonito permitirse el capricho dulce y balsámico de creer que sí, que eso es lo que sucede, y si sólo es ilusión, bendita ilusión.

Así pasó un día, y otro, y otro, sin comer ni beber ya porque no lo necesitaba, apagándose despacito como la llama de la vela que consume hasta la última gota de cera sin otra cosa que la apague, apurando la luz hasta que llega la definitiva oscuridad sin transición violenta ni ruido ni lucha. En paz y sin hospitales ni sondas ni máquinas (¿para qué?), a pesar de que una enfermera desalmada revolviera mezquinamente la conciencia de mi madre hasta hacerla llorar dicíendo que le estaban dejando morir de hambre y de sed. Le estaban dejando morir, sí. En una casa única, la suya, la que toda su vida se negó tozudamente a abandonar. En paz. En una paz y una placidez imposible en ese medio extraño y lleno de extraños que es cualquier hospital, que le hubiera convertido en el enfermo que no era.

Cuando nosotros fuimos a verle tenía el aire de indefensión de los que se mueven poco y con torpeza, pero se arropaba intermitentemente, como ajeno a los desvelos de sus hijos, atentos a deducir sus necesidades de sus gestos, quizás en un ademán rebelde de última independencia, y hablaba, aunque era difícil entenderle. Estaba mimoso y cariñoso, y la cara se le iluminó con una sonrisa cuando reconoció a mi hermana. “¡Hombre!”, le dijo con alborozo, extendiendo los brazos hacia ella para que se los cogiera. Mamá cuenta que nunca se quejó, y que cuando le preguntaba cómo estaba, él decía “bien: no estoy mal”, y que era capaz de recitar su nombre y apellidos, y los de sus padres, y su cargo y número como soldado allá en la guerra, y que una vez le cogió las manos y le dijo “llévame a mi pueblo”, y que a veces no la reconocía y le preguntaba otra vez quién era ella, para acto seguido agradecerle que fuera tan buena.

Los últimos días de mi abuelo fueron los días de carnaval, de entroido, de luces y desmadre, en su casa en la plaza, en pleno corazón del bullicio, en una habitación en penumbra que a duras penas conseguía escapar del estruendo de la fiesta y que era un oasis de paz y de vida. De vida completa y plena porque da de forma natural y serena en la mar que es el morir. Que se acaba porque ese acabarse forma parte de la plenitud de su ser. Y acabó casi con la fiesta, en la primera hora de la madrugada del miércoles de ceniza.

Fue el suyo un duelo sereno, una despedida emocionada del que ya no tenía otra opción que irse, sin rabia ni más dolor que el aceptar que la vida es así. Es más: que así debería ser la vida, todas las vidas y todas las muertes. En estos tiempos de vidas truncadas, violentadas, incompletas y falseadas, en que la muerte se agazapa en tantos disfraces y es capaz de adoptar tantas formas insólitas que tienen que ponerle un nombre nuevo cada día, y nos coge a traición y por la espalda, y nos arrebata violentamente en muerte e incluso en vida, mi abuelo vivió una vida completa, apurada con calma y paz, en sí, hasta la última gota de energía..

Fue un duelo emotivo, muy emotivo, y de reencuentro de casi todos los que sobrevivimos a la longitud y la fortaleza de su vida. En torno a su féretro había, claro, varios ramos, pero sobre él colocaron uno un poco más pequeño en cuya banda se leía “De tus amigos Miguelín y Elena”. Yo estuve un buen rato dándole vueltas a qué señor sería aquel amigo de mi abuelo que aún era conocido como “Miguelín”, pero una de mis tías me sacó de mi error al contarme que Miguelín era un niño que solía saludar a mi abuelo por la plaza, a la salida de la misa diaria a la que sólo faltó cuando se puso malo. “Pacho, pacho”, le decía. Y mi abuelo empezó a darle una propina de tres euros todos los meses nada más cobrar, el 27 o así. Y dice mamá que si el 27, por cualquier cosa, surgía algo que amenazara con impedir a mi abuelo acudir a su misa, se ponía muy nervioso por faltar a su cita con Miguelín. Y claro, pronto a Miguelín se sumó su hermanita Elena. Y los dos quisieron acompañarlo hasta el final.

Emotivas fueron las palabras emocionadas y temblorosas de un cura en otras ocasiones tan carca, tan borde y tan inflexible que suele ser objeto de chanza en el pueblo, y que incluso en el sermón de una boda es capaz de echarle la bronca a los contrayentes (de hecho, por ejemplo, a una amiga mía empezó a recordarle lo mala alumna que era en el instituto donde él le había dado clase de religión). Y fue emotivo también ver a tres de los cuatro hijos que tuvo mi abuelo, y a sus parejas, y al recuerdo del cuarto que ya no estaba, encabezar la comitiva todos agarrados del brazo. Y fue emotivo, muy emotivo, que su nieto pequeño, gran gaiteiro del que mi abuelo estaba tan orgulloso, y que había tocado para él todos sus cumpleaños, incluido aquel último que había sido quizás el más alegre de todos, sacara la gaita cuando el féretro estaba ya ante la tumba abierta. Dicen que el cura se fue y que hasta hizo un gesto de cierto cabreo, porque quizás aquello no era muy propio de un entierro religioso . Pero dio igual. Porque el nieto tocó una melodía única que sacó del alma en aquel momento, que nos puso a todos los pelos de punta, que nos arrancó lágrimas que pensábamos que no teníamos, y que nos hizo aplaudir inevitablemente cuando terminó a pesar de que estábamos en un entierro.

Lo peor, dejarle allí, en el cementerio. Lo peor, como decía el poeta, lo solos que se quedan siempre los muertos.

Mi abuelo se llama Plácido. Y es que hay hombres a los que parece que su nombre los elige. Y los erige.

Descansa en paz. No es un deseo: es verdad. Yo lo sé, porque lo vi.

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