lunes, 25 de febrero de 2008

Vivo en un país libre



Me gustaría tener las ideas claras, y saber ver bien, nítidos y diferenciados, cada uno en sus sitio, los blancos y los negros. Saber descartar los grises engañosos de la indefinición. Saber qué valor debe prevalecer y ser incuestionable: si la justicia o la libertad. Y saber también cuando son justicia y libertad, y cuándo son sucedáneos, tal vez manipulados, tal vez tramposos, tal vez interesados.

Pero no. No tengo las ideas claras, y mis ojos se llenan de grises, y mi sentido de peligrosas incertidumbres, y mi sentimiento de indecisión, y confundo los valores, y ni mi cabeza ni mi corazón saben muy bien de qué lado ponerse, y cruzan la línea del pro y la contra, del aquí y allí, del esto bien y el esto mal, todo el rato, sin saber dónde quedarse. Y sólo tengo preguntas.

Porque hubo una vez una revolución que liberó a una isla de un dictador de los ricos, y dio paso a cuarenta años de "justicia revolucionaria" impartida implacablemente, contra vientos, huracanes y mareas, por un dictador de los pobres. Y esa es mi primera pregunta: un dictador, aunque sea de los pobres, es siempre un dictador, ¿o no?.

Me resulta difícil hablar de Cuba, porque yo de Cuba sé poco, y lo poco que sé, seguramente, está sesgado, por la mitificación poética de todo lo ocurrido, por un lado, y por otro, por el filtro de la información tramposa de los mass media, que hacen de la información negocio y propaganda del sistema que los sostiene, y que con Cuba, como país díscolo que se resiste a pasar por el aro, son descaradamente subjetivos.

Parece ser que en la Cuba de la revolusión -como dicen ellos- se repartió todo a partes iguales: la sanidad, la educación, la comida, los recursos. Y la pobreza, claro, que era lo que más había. Antes de intentar erradicarla, se repartió. Y curiosamente, hasta los más acérrimos detractores tienen que admitir que con el reparto de la pobreza desapareció el hambre. Mientras tanto, en otros países del tercer mundo, se concentraba en pocos manos la poca riqueza, convirtiéndose así en mucha, y dejando campar a sus anchas, mayoritarias y sin obstáculos, la miseria, el hambre, la desesperación.

Parece ser que en Cuba, como había poco, al repartirlo todos se quedaron con poco, y más todavía cuando en medio de un mundo cada vez más globalizado, los sitiaron salvajemente para hacerlos claudicar, tras el fracaso de la invasión armada que hubiera hecho de la isla una precuela de Irak. No sé si otro paìs hubiera podido resistir así un bloqueo como este. Pero Cuba, contra todo pronóstico y para dar más que pensar al que quiera, resistió, aprendiendo a suplir la falta de todo con el ingenio, la alegría y la imaginación. Sin embargo, muchos de los partidarios de la revolución en sus inicios condenan en lo que la convirtió luego Fidel.Y ahí me sale la segunda pregunta: ¿Tuvo en realidad otra opción? Es decir, ¿había otra forma de mantener la revolución, en un mundo como en el que le tocó surgir y en un contexto tercermundista hispanoamericano, con todas sus peculiaridades históricas y sus especiales circunstancias actuales?

Se va Fidel, y en nuestros telediarios paladean la esperanza de una "transición hacia la democracia"que antes daban por sentada y que ahora seguramente confían en imponer, de una forma u otra. Y me surge ya la tercera pregunta: ¿ por qué le importa tanto al occidente capitalista que en Cuba haya una democracia como la nuestra? ¿Por el bienestar del pueblo cubano? Ah, ¿pero no los tenemos durante años y años bloqueados, y sufriendo carencias de alimentos, medicamentos, vehículos y necesidades básicas en general? ¿De verdad creemos que con esta nuestra democracia ellos van a estar mucho mejor? Lo estarán, claro, si se levanta el bloqueo. ¿Y no lo estarían también si se levantara el bloqueo ya, que sería tan fácil? Si no es el bienestar del pueblo cubano, quizás sea entonces porque nos repugnan todas las dictaduras y todos los dictadores por el mero hecho de serlo... Uys, pero hace nada se recibía a Gadafi con todos los honores, y somos muy amigos de varios dictadores islámicos. Ah, claro, que son dictadores ricos, o afines a nuestro sistema, y entonces se hace el esfuerzo por el bien de la economía. Claro. Qué buena, nuestra democracia. Y qué despiste el de algunos mal pensados. Pero entonces... ¿cuál es la razón de ese interés desmesurado porque Cuba pase a ser un país hispanoamericano más?

Es la de Cuba una dictadura, es verdad, porque no hay posibilidad de cambiar ni el máximo poder (Fidel Castro), ni el sistema establecido (la república socialista) ni el partido en el poder (sólo hay uno, creo). En España tampoco podemos cambiar el máximo poder (el rey, pero bueno, es un rey, tiene sangre azul y lo nombró Franco.... ¿no?) ni el sistema establecido (joe, si no se pueden cambiar ni las leyes sucesiorias) ni casi el partido en el poder (solo puede haber dos, en la práctica, a la hora de la verdad y cada vez más, por muy bonita que nos haya quedado la teoría). Pero bueno, nosotros además de pobres que no miramos y que sólo sacamos en la tele como anécdota aislada que nos haga valorar nuestra buena fortuna y situación, tenemos ricos, y nobles, y famosos hasta por aunténticas gilipolleces, y sueños alimentados por series pseudorrealistas, programas del corazón y canales de teletienda. Y gente de cara triste pidiendo limosna con cartelitos a los que dar alguna moneda para sentirnos un poco más buenos. Y fotos de niños lejanos apadrinados allá en el tercer mundo. Y galas contra el sida, y la droga, y la lepra, y el cáncer. Y tenemos también familias que se convierten en morosas por no poder con la hipoteca, la letra del coche y el crédito para las vacaciones en un país de nombre impronunciable que sus hijos serían incapaces de situar en el mapa. Y colegios en los que más que a impartir cultura se va a intentar sortear la violencia. Y elecciones. Eso sí, sobre todas las cosas, tenemos elecciones. En Cuba dice Dei que también. Pero no son como las nuestras.



Lo que es indiscutible es que en Cuba no hay libertad de expresión, creo: sobre todo, no se puede hablar mal de la revolución, ni mucho menos, actuar contra ella. Aquí sí tenemos libertad de expresión: únicamente no se puede hablar mal del rey ni de la casa real. Además, en Cuba nadie tiene libertad, por ejemplo, para ir a los sitios reservados a los turistas o para viajar alegremente al extranjero. Aquí sin embargo, todos tenemos esa libertad aunque no todos tengan dinero para ir a los sitios o para viajar.


En Cuba, por tanto, no hay libertad. Y digo yo, ¿háy más libertad en la selva nicaragüense, en los barrios de Bogotá, en los poblados bolivianos o peruanos, o incluso en los suburbios madrileños, que en las calles de la Habana? ¿De verdad hay más libertad? Y sin ir tan lejos, ¿de verdad nosotros elegimos libremente lo que hacemos, lo que queremos, lo que queremos ser o lo que somos? Y no es pregunta retórica: es pregunta de verdad. Porque una cárcel es siempre una cárcel, y unos barrotes son siempre unos barrotes. Pero son mucho más peligrosos, y opresores, e incombatibles, y quizás más indignos, los que no se ven o los que se disfrazan de otra cosa (y el que lo dude, que se lea La Fundación, de Buero Vallejo)

En todo caso, parece que habría que tener claro que Cuba es una dictadura, y que solo por serlo ya es injusta. Aunque sea una dictadura curiosa, que ha erradicado el hambre a pesar del bloqueo, que ha universalizado la cultura y la sanidad hasta puntos impensables en nuestro occidente democrático (y ya no digamos en el de Estados Unidos), con políticos que no se excusan y que llenan sus discursos, serios y coherentes, de dignidad. De una dignidad con la que se atreven a retar al mundo y a esos otros paises que los bloquean y los señalan con el dedo acusador, tan parecido al dedo acusador que simplemente condena al diferente por diferente, porque al querer ser diferente nos rechaza.


Todos sabemos que Cuba se convertirá, si esa transición a la democracia se produce, en lo que no es hoy: un satélite de Estados Unidos cuya realidad se amoldará a lo que el gigante del norte necesite o incluso se le antoje. Un país en el que habrá partidos políticos financiados por fuentes veladas cuyos intereses defenderán, veladamente o no, y donde solo podrá gobernar el que gane unas elecciones que solo se podrán ganar con dinero. Un país que fomentará el consumo, y para fomentar el consumo, a ser posible compulsivo, nada como fomentar la infelicidad, que hará sentir que falta algo, aunque no sepan qué, y que intenten llenar comprando cosas y más cosas, quizás inútiles, quizás absurdas, quizás inclusos hasta feas. Qué más da. Y para fomentar la infelicidad, nada como el mundo irreal de personas irreales que emborrachen su mente con metas inalcanzables y que sea universalizado por la televisión. Un país en el que habrá ricos y pobres, pero pobres corriendo y deslomándose afanosos detrás de una zanahoria de la posibilidades inalcanzables sostenidas por dos palabras huecas e impostoras, libertad y democracia, que en realidad ni sabrán ni podar usar. Un país en que no todos serán cultos, porque para qué quieren los pobres la cultura, y porque además todos los ricos saben que nada hay más cómodo que los pobres incultos. Porque será un país de ricos y pobres donde terminen mandando los ricos, como en todos los países de ricos y pobres. Un país libre y democrático. Y dudo mucho que Occidente les deje libertad, pero libertad de la auténtica, para decidir si quieren ser otra cosa. Que tal vez quisieran, por extraño que nos parezca. Y de ahí surge la siguiente pregunta: ¿de verdad eso será lo mejor para Cuba y los cubanos, uno a uno? ¿Qué ganarán? ¿ Y qué perderán?

En Cuba no hay hambre. Ni hay ricos. Ni libertad para serlo. Y aunque haya admirado al Che, y me haya alegrado la cara que supo plantarle Cuba al matón de Estados Unidos, y no pueda evitar cierta nostalgia al mirar a Fidel y su marcha como el fin definitivo de una era y unos sueños que tal vez acabaron hace rato(quizás por las canciones y lo que escuché en mi infancia), y aunque me den asco y rabia las fauces babeantes de los yankis ante el aroma de la presa que creen a punto de caer, y aunqe Silvio cante y siga cantando que vive en un país libre que le permite ser un hombre feliz (y solo eso ya debería hacernos dudar antes de condenar), la gran pregunta final sería ¿querría yo, o querrías tú, vivir en un sistema como el cubano?

Y podríamos contestar con la boca bien llena y la cabeza bien alta, sin titubear, que no. Y cuando nos preguntaran la razón, tendríamos la excusa preciosa y perfecta de la democracia y la libertad. Aunque en el fondo sepamos que tal vez no sea realmente esa. Que quizás no queremos, aunque no podamos reconocerlo, porque aquí nacimos donde y como nacimos, y vivimos donde y como vivimos, y quizás el reparto resultara incómodo y lo consideráramos injusto. Y porque quizás preferimos el hambre lejana de otro al que no miramos que renunciar a algo, aunque sea superfluo. ¿Verdad?

Qué suerte que tenemos la excusa de la democracia y la libertad. Y la pantomima del debate esta noche. Y los centros comerciales abiertos todo el día. Y rebajas en Enero y en Agosto. Y urbanizaciones y destinos turísticos en los que apiñarnos cuando toque, haga o no calor. Y las calles llenas de carteles, y los tiempos muertos de rastreros spots electorales, y tanta publicidad confundida con tanta información que ya ni informa. Y elecciones el 9 de marzo. Y que Bardem haya ganado un Óscar. Y que eso sea lo que nos importa. Porque tenemos democracia y libertad. ¿O no?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo único seguro es la duda: ¿por qué Cuba les molesta tanto?
Sin duda no es por la gente, en otros rincones las matan de a miles.

No aporta nada, pero me resultó tierna tu preocupación.

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