martes, 19 de febrero de 2008

Silencio (y 2)



"El silencio está tan pleno de ingenio y sabiduría en potencia como el mármol por tallar de riqueza escultórica. Los silenciosos no prestan testimono contra sí mismos."
Aldous Huxley


"Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos"
Quinto Curcio

El sábado estuvimos otra vez en Loarre, castillo incomparable cuya visita recomiendo con toda sinceridad y corazón, y en cuyos capiteles volvimos a ver la figura de tres monos, uno tapándose la boca, otro los ojos y otros los oídos, y que un guía entusiasta explicó, con ese deje peculiar del aragonés, como un elemento de la tradición cristiana que representa la sabiduría y que la cifra en "ver, oír y callar".


La Wikipedia, sin embargo, explica el origen japonés de la imagen (¿¿Y como leches llegó entonces al apenas Aragón profundo del siglo XI??), y dice:

"Los Tres Monos Sabios o Místicos, que se tapan con las manos respectivamente los ojos, oídos y boca, están representados en una escultura de madera en el santuario de Toshogu, en Nikko, Japón.
Parte de su significado está en el juego de palabras que se origina en japonés entre el sustantivo “saru” que significa mono, y el adverbio homófono que produce la negación del significado de la raíz a la que se asocia enclítico. Las palabras compuestas “mizaru", “kikazaru” e “iwazaru” significan respectivamente “no ve", “no oye", “no habla", y el mono ha pasado a ser un símbolo de la negación en abstracto."

La interpretación oriental parece ser no "oír, ver y callar", sino que para llegar a la sabiduría una persona debe negarse a escuchar maldades, negarse a ver maldades y negarse a decir maldades.

Pese a los diferentes matices, ambas interpretaciones de la imagen de los tres simios tienen en común dos cosas: la sabiduría y el silencio. Y su relación, claro.

Según el "ver, oír y callar", el silencio sería necesario para observar, analizar, meditar, aprender, y en un sentido más práctico además, no meter la pata, ni dar testimonio contra uno mismo (por algo uno de los derechos de los detenidos es a permanecer en silencio).

Según el "negarse a ver, oír y hablar maldades", el silencio sería necesario para poder acercarse a la realidad con los sentidos, el alma y la razón auténticos, puros y libres del ruido distorsionador o malintencionado, y acceder así a la verdadera sabiduría que la tradición (prácticamente todas las tradiciones) sitúa en nuestro interior, que para ser escuchado también necesita ese silencio de lo externo y lo ajeno.

A mí me asusta el silencio, y lo sé porque lo rehuyo. Necesito gente habladora, o radio, música o el murmullo de la tele, incluso para estar sola o para no escuchar a nadie, como una nueva forma de silencio impostor con el que acercarme falsamente a mi interior. Porque a lo mejor el susto ante el silencio viene de un miedo atávico y tal vez justificado a enfrentarme a mi propio interior. A quedarme a solas conmigo misma y no tener más remedio que escucharme. O quizás a asumir una soledad, o una realidad, que creo que me gusta sin que sea verdad. Y tener que asumir que no me gusta. Y por eso necesitaría el ruido como falso compañero, o como maquillaje del mundo. Porque el mundo no se ve igual en silencio, y no sólo depende del cristal con que se mire, sino también del sonido que se le ponga, y a cualquier banda sonora me remito: qué sería de las películas de terror, o de las románticas, por ejemplo, sin la ayuda de los efectos sonoros o de la música adecuada que es capaz, casi por si sola, de crear una atmósfera, una sensación, una percepción.


No sé. Pero el caso es que yo rehúyo el silencio, y en esto, como en tantas cosas, me sitúo lejos, muy lejos, de los pocos sabios que en el mundo han sido, y lo que es peor, sin tener ni idea de cómo acercarme, y sin ni siquiera estar segura de querer hacerlo.

O puede ser simplemente que en esto, como en tantas otras cosas, sea hija predilecta y esforzada de mi tiempo, de este mundo apabullante que rehuye el silencio, y lo llena todo de música que es negocio, de ruidos tecnológicos y contaminantes, de información e informaciones distorsionadoras y de interferencias. Hija y producto de esta democracia que se niega a dejar a los suyos a solas y en silencio, no sea que encuentren la verdad, una verdad, otra verdad, y la encuentren lejos de la que ella les ofrece, allá dentro de cada uno, donde quizás está, agazapada y en silencio, esperando ese otro silencio que puede arrancarla. Y que esa verdad les haga libres, como prometía el aforismo.

Quizás el miedo al silencio sea entonces el miedo a la libertad. Y en este mundo que pone, precisamente, la libertad como bandera, excusa y coartada para tantas cosas, y no todas buenas, paradójica y casi cìnicamente hay mucho miedo a la libertad. Y los que más la temen son los que parten y reparten el pastel, que quieren que nos creamos libres porque ay de ellos si un día nos atreviéramos a serlo realmente. Y es que en realidad, no nos atrevemos.

El que sea valiente, y quiera encontrar una verdad, y quiera ser libre, por favor, que busque el silencio, y la mirada interior y auténtica, aunque pueda parecer equivocada, porque incluso si lo fuera, no sería la equivocación tramposa resultado del ruido, la interferencia y la intención interesada de otros, que es la única equivocación que engaña y atrapa.


Que busque ese silencio, imprescindible para la libertad, para sobrevivir a esta campaña electoral llena de promesas que sabemos mentirosas, eslóganes de cartón piedra y debates-circo a base de trapecismos, números de prestidigitación y piruetas cuidadosamente ensayados que todos sabemos que se hacen con truco y disfraz.

Y, por favor, tapémonos los oídos, los ojos y hasta la boca para intentar mirar a Cuba de la forma más auténtica y libre de interferencias de uno y otro ruido que podamos, antes de lanzar o no lanzar piedras, porque Fidel se va.

Que ya se oyen los ruidos, los rugidos y los planes de otros, payasos, leones y empresarios del circo, dispuestos a amaestrar a otra presa con la que hacer negocio. Pero esa es otra historia, y deberá ser tratada en otra ocasión.

A ver quién es el sabio y el valiente capaz de buscar y de encontrar el silencio necesario para descubrir en todo esto un poquito de la verdad. Y de la libertad. Pero de la verdadera, no de la que es excusa y coartada para tanta injusticia y tanta mierda.


Silencio nunca vivido, quién te pudiera soñar.

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