lunes, 3 de marzo de 2008

Dieciocho cosas que me encantan de Zaragoza


1.- Es la ciudad con más tiendas de chuches que yo conozca: en todas las calles hay una, dos, tres (o incluso más, si la calle es muy grande o muy concurrida) de las dos grandes cadenas de este tipo de tiendas ("Frutos secos El Rincón", con sus inconfundibles letreros amarillos y negros; "Martín Martín, un mundo de aperitivos", con sus inconfundibles letreros verdes y blancos)

2.- Es la ciudad donde se ven más parejas , sobre todo mayores e incluso muy mayores, cogiditas de la mano por la calle. Me encanta.

3.- A pesar del clima espantoso (congelante en invierno, abrasante en verano, con un viento además, el cierzo, que puede llegar a ser molesto, irritante, difícil y hasta yo diría que peligroso con frío o con calor), la gente se echa siempre a la calle y las calles, que tienen prácticamente a cualquier hora un ambiente bullicioso que a veces puede resultar molesto (porque en ocasiones hace difícil hasta el caminar... preguntadle a Dei, que a veces parece un misántropo gruñón) pero que a mí, qué queréis, me encanta.

4.- El mudéjar y la piedra ocre, porosa, ligera, que brota de pronto donde menos te lo esperas (en una iglesia perdida, en una torre en medio del asfalto, en un muro recóndito de la Seo camuflado en una callejuela que da a una esquina de la inmensa plaza del Pilar). Una piedra de aspecto efímero pero alegre. Llena de adornitos, y detalles, y recovecos. Es una arquitectura muy distinta de Galicia (más románico, algo de gótico, piedra gris, solemne, sólida, seria). Quizás por eso me resulta tan llamativa. No sé.

5.- El carácter de los maños. Abierto, alegre, llano, sencillo, cariñoso, espontáneo, sin recovecos ni dobleces. No sé si todos los tópicos tienen algo de verdad. Este sí. Las dependientas te llaman "cariño" y "maña" a la primera de cambio, cualquiera te hace una broma, hasta esperando el autobús, y los críos te preguntan sin pudor por tu vida. Los maños lo riegan todo con un sentido del humor franco y cómplice, que surge a la mínima ocasión, riéndose sin maldad de todo y de todos. Lo primero, de ellos mismos. Signo inconfundible no sé si de inteligencia o de la sabiduría sencilla del sentido común. Y todo ello, sin pretensiones y sin darse importancia, oiga. Que tiene mérito, eh. Por eso quizás el lema que han elegido para promocionar turísticamente la ciudad me parece especialmente acertado, e incluso informativo de lo que el visitante se va a encontrar: sonrisas ("Sonríe: estás en Zaragoza").

6.- Es una ciudad abierta, no sólo metafóricamente hablando, sino también física o geográficamente. En medio de una gran llanura, con montañas que se divisan lejos, muy lejos, y que hace que el horizonte sea también muy lejano, y que parezca que todo puede llegar hasta aquí, y que desde aquí puedas llegar a cualquier parte. Quizás también contribuya a esa sensación el viento. No hay protección, y uno termina teniendo la sensación de que no hace falta. Hay luz, y cielo azul, y aire que corre, y amplitud. De nuevo, muy distinto del valle en que nací, que hacía que yo de pequeña concibiera el mundo rodeado de montañas. Por eso es ciudad de paso, ciudad donde se cruzan los caminos sin metáforas, y quizás por eso, me encanta.

7.- El clima. Ya, ya sé que el gran tópico que pesa sobre Zaragoza, lo que todo el mundo dice, es que es una ciudad agradable con un gran pero: su clima continental extremo. Pero a mí me gusta porque apenas llueve y son muchos los dìas de sol, en verano y en invierno, con o sin viento. Y para mí el sol es sonrisa, y mitiga la maldad de los días malos por malos que sean. Me encanta.

8.- Las tapas. Las hay caras y menos caras. Pero buenísimas, variadas, típicas. Y cómo no, rodeadas siempre de gente de buen humor.

9.- El amor a lo propio sin agresividad por lo ajeno. Exhiben y miman su Pilarica, sus frutas de Aragón, su cachirulo, sus cantos, sus bailes, sus migas, su ternasco, sus tambores de Calanda, sus cebollas de Fuentes, con naturalidad, la naturalidad del corazón, sin imposiciones, ni reivindicaciones excesivas, excluyentes o afectadas. Hasta el Corte Inglés, tan globalizador siempre, se ve obligado a tener apartados en casi todas las secciones para las cosas propias de Aragón, Una especie de nacionalismo sentimental y resignado (Aragón no es ni sombra de lo que fue, y los maños son conscientes, muy conscientes y realistas, de sus posibilidades y limitaciones, de sus potencias y sus actos, de sus recuerdos y de su realidad) que cuida y se regocija en lo peculiar y autóctono, pero sin que ello implique un rechazo ni un recelo a nada. Ni cultural ni político. Sencillo, y simple, porque viéndolos a ellos parece tan fácil que una se olvida de por qué en otros sitios no lo es.

10.- El Ebro. Ese río valiente y discreto, que puede parecer olvidado en su cauce agreste apenas urbanizado, pero que es orgullo y estandarte al que se aferra este pueblo consciente del desierto que lo acecha. No tan caudaloso como proclama su fama, no tan aprovechado como reivindican sus posibilidades y su historia, pero muy querido de verdad.

11.- Las jotas coñeras y graciosas. Sobre todo si las cantan Dei y Fer.

12.- Los parques, los paseos y el Canal. Está el Parque Grande, claro, con sus fuentes y su jardín botánico, sus niños con patines, sus bancos, sus corredores de footing, su grandeza, su nombre y su esplendor, pero hay parquecillos mas pequeños, paseos flanqueados por árboles que invitan a pasar la tarde caminando por caminar, y el Canal, ruta y referente para desorientados y peculiaridad artificial que contribuye a que sí, a que como proclama la Expo, Zaragoza sea la cuidad del agua. Y que sabe lo que vale el agua precisamente por estar al borde del desierto.

13.- Lo limpia que es. De verdad. Apenas se tiran cosas al suelo, y en las fiestas del Pilar, a mí me resultaba muy llamativo ver la cantidad ingente de gente, y las calles asombrosamente limpias.

13.- El barrio de la Paz. Un pueblecito en una esquina de Zaragoza, con calles estrechas, apenas semáforos, casas de una, dos y tres plantas con banquito para sentarse a la puerta, parquecillos llenos de niños, tiendas de barrio y el aire de la gente de pueblo. Y como promete y cumple su nombre, paz, mucha paz.

14.- Que está llena de Historia aunque haya pocos restos materiales, en parte por su estructura en palimpsesto (los romanos borraron un floreciente esplendor prerromano, los árabes sepuntaron la ciudad romana, los cristianos enterraron la ciudad árabe), en parte por que la Guerra de la Independencia la arrasó. Cada vez que excavan, surge un resto arqueológico, que no siempre se puede aprovechar como debiera debido a las exigencias de la urbanización. Zaragoza fue Salduye en la Iberia prerromana (que además tomaba su nombre de su río, el Íberus), fue Caesar Augusta para el gran imperio latino, fue Medina Albaida -"ciudad blanca"- para los musulmanes que la mitificaron y la supieron aroñar. Hasta el Cid tuvo que hacerse amigo del rey moro de Zaragoza (a ver si ya entonces tenían ese carácter campechano...) Y Zaragoza es muy consciente de esa riqueza histórica, aunque no siempre se traduzca en piedras, y le saca un partido extraordinario, bien en la memoria de sus gentes, bien en sus historiadores divulgativos (como José Luis Corral), o bien en los museos maravillosos levantados sobre apenas tres o cuatro restos (el del Foro o el del Teatro bastarían como prueba irrefutable de lo que digo).


15.- Su localización: al lado del Ebro, como un oasis que se deja soñar, evocar y esperar, cerca del Pirineo, de Cataluña, del Levante, de Euskadi. Incluso de Madrid. Imposible no pasar. Lástima que esté tan lejos de Galicia.

16.- El acento. Hay muchos que dicen que el acento maño es, como el de los gallegos, de los menos elegantes de la geografía española. A mí me resulta cálido, simpático y tremendamente enfático. También me encantan las palabras y expresiones que les son propias y características. La que más me gusta, "pillar capazo", que se usa para designar cuando vas por la calle, o a un recado, o a lo que sea, y te encuentras con alguien por la calle, y te enrollas a hablar. Muy elocuente que justo el aragonés tenga una expresión para nombrar esto, ¿no?


17.- Mi casa. Que hoy por hoy, está aquí. Aunque tenga algún cajón reservado a la morriña y a la nostalgia...


18.- Bueno, y Amaral, claro (los Héroes del Silencio nunca me han emocionado, lo reconozco). Y su Rosita, que a mí, no sé bien por qué, siempre me hace pensar en Zaragoza.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aupa Zaragoza. Entalto Aragón!

kamala dijo...

¡Pues eso!

:-D

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