domingo, 16 de marzo de 2008

Frikis



Es muy difícil elegir una película para premiar a los alumnos de 1º de ESO de Compensatoria, modalidad de la enseñanza que, como su propio nombre indica, está destinado a críos que necesitan que se "compense" la desventaja que llevan por su inadaptación escolar, generalmente debida a sus circunstancias socioculturales. Es muy difícil, pero alguien tiene que hacerlo.

La mayoría de los alumnos actuales, aunque sean lo que se conoce como "analfabetos funcionales", es decir, que saben leer mecánica pero no comprensivamente, sí están alfabetizados audiovisualmente, y suelen controlar sin problemas el lenguaje del cine y, sobre todo, la televisión. Pero mis alumnos de Compensatoria tienen graves deficiencias incluso en ese aspecto. No sé si es un problema de atención, comprensión, referentes o sobredosis de programación de nuestras televisiones generalistas en horas de máxima audiencia, pero los problemas a la hora de ponerles una película son básicamente dos (a la hora de darles clase, por supuesto, la cifra de problemas se multiplica y extiende como los granos de varicela):

1.- Les cuesta mantenerse quietos, callados y atentos si no hay acción o escenas visualmente impactantes, o si hay demasiado diálogo o escenas con un mínimo de contenido "intelectual" o "abstracto" (pero hablo de mìnimos muy mínimos, eh).

2.- No entienden cosas que a mí me cuesta entender que no puedan entenderlas.

Antes de las vacaciones de Navidad les puse "Quiero ser como Beckam", película estrella y protottipo en casi todos los proyectos de cine y escuela porque es ideal, tanto por el tema que trata (una niña india que vive en Londres y quiere jugar al fútbol, cosa que su familia, aunque integrada y económicamente occidentalizada, no está dispuesta a permitir por el apego a las tradiciones y concepciones indias) como por la sencillez del tratamiento. Pero hete aquí que los míos de Compensatoria no tenían muy claro dónde está la indida ni en qué se diferencia su cultura y no entendían muchos de los diálogos, y además yo tenía que parar intermitentemente la proyección para pedir a fulanito y menganito que no se pelearan, que se sentaran bien o que se callaran, comprobar que seguían mínimamente el argumento, y ponerles al día cuando no era así, que era cada dos por tres.

De modo que para esta segunda evaluación, estuve bastante tiempo dándole vueltas a si ponía película o no.... y si ponía.... ¿¿¿¿¿cuál???? Porque de las que tenemos en el Departamento (Crash, Un lugar en el mundo, El club de los poetas muertos y clásicos educativos por el estilo) no me parecía mínimamente adecuada ni una. Pero vamos, ni por lo más remoto.

Y de repente, a modo de iluminación, me llegó la idea de ponerles Beetlejuice. Yo no soy especialmente fan de Tim Burton, ni siquiera de lo fantástico e imaginativo en general. De hecho, de él solo me encantan tres películas: Sleepy Hollow, Eduardo Manostijeras y esta, Beetlejuice. Pero Beetlejuice me encanta en parte porque creo que la vi en el momento adecuado para atraparme y que se quedara conmigo para siempre. O quizás no, quizás es que es sencillamente genial. Porque lo es.

La idea de la que parte no es excesivamente original. De hecho, es la misma que utilizó ya en el XIX, cuando todavía el género fantástico estaba en tacatá (pero haciendo piruetas geniales que han sido insuperables e insuperadas, la verdad), Oscar Wilde: la de darle la vuelta a los elementos del género fantástico o de terror. En El fantasma de Canterville, el pobre Simon Canterville, fantasma tradicional inglés, intentaba asustar a la familia del embajador americano que había comprado su mansión, chocando con su imperturbable espíritu pragmático, escéptico y comercial (le recomiendan un gran quitamanchas para una mancha indeleble de sangre ancestral o un engrasador buenísimo para los chirridos de las cadenas, o piensan en hacer negocido con lo que pagarían muchas familias americanas por tener antepasados en la familia, y ya no digamos un fantasma... Wilde y su ironía fina, ligera y punzante), y terminaba desesperado por lo vano de sus intentos primero y atemorizado por las crueles travesuras de los hijos pequeños después. En la películita de Tim Burton, es un ingenuo matrimonio de muertos novatos (Alec Baldwin y Geena Davis mucho antes de Telma y Louise), atrapados en la casita en la que vivieron, situada en un pequeño pueblecito, los que se desesperan en vano por echar a sustos a la familia que la ha comprado, urbanita, snob y devota del arte moderno, lo fashion, lo cool y lo in.

En El fantasma de Canterville era la hija pequeña, Virginia (la más -o única- dulce, ingenua y sentimental de los nuevos inquilinos) la que se hace amiga del fantasma y le ayudará a descansar en paz, por fin y para siempre, a base de amor. Es que Wilde era muuuuy sentimental, iba a decir en el fondo, pero en la forma también. En Beetlejuice es también la hija pequeña de la familia compradora, una friki incomprendida que viste de negro, vive en la depresión y se quiere morir (Winona Rider), la que ayuda a los pobres fantasmas a librarse de sus padres. Y en ambos, se combina la fantasía con el humor y el fondo de sentimentalismo simple y dulce. El de toda la vida, vamos. Que sorprendentemente, no suele fallar cuando se utiliza por verdad y no por pose.

Pero lo mejor de la película de Tim Burton es el derroche de la fantasía más naíf, sonriente y colorista que utiliza al recrear los detalles de la realidad fantasmal: los numeritos y encantamientos que hacen los pobres muertos novatos e ingenuos para intentar asustar a los vivos (como la canción de Harry Belafonte del vídeo), el "Manual para difuntos recientes", la recreación del otro mundo, donde los funcionarios son los suicidas y hay colas de espera "millonarias", el desfile de difuntos que se encuentran en la sala de espera (el explorador con la cabeza reducida por el indio, la prostituta partida por la mitad, los jugadores de rugby muertos en un accidente de autobús que no se se enteran de su nuevo estado y siguen llamando a la consejera de muertos "entrenador"), y, sobre todo y desde el título, la figura del peligroso "bioexorcista" Beetlejuice, que en el fondo se sigue moviendo por las mismas reglas que cualquier vivo un poco jeta: mujeriego, tramposo, guarro, caradura, enredador, sarcástico, cruel y sin escrúpulos, y que permite a Michael Keaton y sus maquilladores lucirse dando rienda suelta a la imaginación y el histrionismo.

Ser capaz de darse cuenta de que a veces los terroríficos son los vivos, los "normales" (tremenda palabra esta), los triunfadores, los que siguen las normas y roles establecidos, los que nadie se cuestiona y no se cuestionan nada, los que todos aceptan e incluso admiran, ver sus actitudes como rídiculas, extrañas o amenazadoras, y ser capaz de pensar que tal vez los monstruos, los fantasmas, los muertos o los niños raros con los que nadie quiere jugar (es decir, los frikis) se pueden sentir incomodados y amenazados por ellos, solo se le puede ocurrir a un friki, claro.

Oscar Wilde era sin duda un gran friki en la sociedad victoriana de la Inglaterra de finales del XIX. De hecho, en su obra se nota que él era muy consciente de su frikismo, de ser un raro, un outsider que ve el mundo construido en el que le tocó vivir desde el margen y tras la coraza impresciniible para las críticas, los dedos acusadores y las piedras de la lapidación colectiva y popular, coraza que él se fabricó con la ironía, el sarcasmo y el pseudocinismo descarnado. De hecho, de la incomprensión y el frikismo tratan la mayoría de sus relatos, no solo El fantasma: también El ruiseñor y la rosa habla del artista incomprendido y despreciado, e incomprendidos y condenados por una fría e implacable sociedad materialista son también El gigante egoísta o la estatua de El príncipe feliz . Son historias de seres temidos o despreciados por la mayoría, que no saben de la grandeza y profundidad de los sentimientos que se esconden tras su extraña apariencia. Y El retrato de Dorian Gray habla del terrible friki que se esconde ´tras la deslumbrante máscara de los triunfadores, y el precio de fealdad interior que hay que pagar para someterse a las normas, exigencias y patrones de esa sociedad horrible. Wilde era friki por ser homosexual en aquella Inglaterra victoriana, por ser un artista esteta y sentimental en un mundo pragmático y utilitario, por ser rebelde, sincero y auténtico, en el imperio de la moral oficial, hipócrita y tirana, y por seguir creyendo en el amor y la fuerza de los sentimientos en medio de los primeros rugidos del capitalismo descreído y cínico que llegaría un siglo después a atroz.

Y sin duda, Tim Burton también ha sido un friki, por su reivindicación adulta del mundo de la fantasía en el escéptico fin de siglo que nos tocó vivir, y por reivindicar la figura de los monstruos, los raros, los diferentes, en el imperio de la moda, la estética prefabricada y su tiranía homogeneizadora e implacable, que tantas esquizofrenias y males ha provocado, como vaticinara Wilde en el Retrato de Dorian Gray.

Pero Burton solo pudo ser un friki hasta que triunfó, y hasta que el sistema en el que él parecía no encajar y que le definía como friki lo hizo oficial, al descubrir el filón que había en esa cultura y esa estética que sobrevivía a su pesar y contra sus vientos y sus mareas, y la asimiló quitándole su esencia originaria para convertirla en otra cosa. Porque esta es la fórmula infalible que tiene el capitalismo de vencer y neutralizar aquello que surge en principio al margen o contra él: convertirlo en negocio. Pasó con el jazz, pasó con el movimiento hippy, pasó con el hiphop y es lo que está pasando con el frikismo. Y para muestra y botón, ya veréis lo que pasará con el festival de Eurovisión (si hasta Corazón corazón reivindica a Chiquilicuatre!!!!).

A todo esto: como yo sabía, aunque los primeros diez minutos les costó un poquito darse cuenta de lo que pasaba en la película, mis niños de Compensatoria quedaron atrapados por la fantasía colorista de Beetlejuice, se sorprendieron con las piruetas visuales, se emocionaron con los momentos de suspense y tensión, y se rieron con las gracias más simples. Y eso que ellos no saben que son frikis pero sin capacidad de elección...

Y es que por suerte, hay cosas que intuyes que no pueden fallar, y no fallan.


Como los finales felices, muy felices, que aunque sean los más simples y puedan resultar poco verosímiles -o quizás por eso-, son los que más suelen gustar. Incluso a los frikis y al friki que casi todos llevamos dentro, a pesar de que a veces no queramos, no sepamos o no podamos reconocerlo, y al que todos deberíamos cuidar antes de que nos lo neutralicen:






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