miércoles, 12 de marzo de 2008

Sensibilidad y encrucijadas

No soy aficionada a la música clásica, y no tengo ningún tipo de formación al respecto, a pesar de aquella asignatura de 1º deBUP, que siempre daba un profesor de otra cosa con bastante desgana y escasos resultados, y a pesar de que que papá intentó empaparnos un poco de ella, y por él y con él de niña recorrí horas de coche escuchando sinfonías de Mozart, Beethoven o Brahms. De ellas, sólo me he quedado con fragmentos. La Sinfonía de los Juguetes de Mozart (claro, cómo no quedarme con esa, si era una niña). La Sinfonía nº 9 de Beethoven (claro, porque estaba la letra de Miguel Ríos). Fragmentos de la Sexta de Beethoven o Pastoral (porque era la banda sonora de una serie de dibujos animados sobre una foca blanca que trataba de concienciar sobre el maltrato a los animales y la crueldad de lo que se hace con las focas para conseguir las pieles, con efectividad, porque se me quedaron grabadas hasta hoy serie y música). Las Cuatro Estaciones de Vivaldi (me encantan las cuatro, enteritas... si es que hasta para la música clásica soy barroca inconsciente). El fragmento típico y tópico de El lago de los cisnes de Tchaikovski (el de la muerte del cisne). El Aria de Bach, tan presente en publicidad e incluso sampleada por grupos de hip-hop... Y poco más.

Pero mi pieza favorita, como la de tantos incultos en música clásica (y en todo lo demás), es el Canon de Pachelbel, que me emociona, me encanta, me chifla y nunca, jamás, me canso de escuchar. A pesar de que de él se use y casi se abuse. Versionadísimo (por algo será). Aquí os dejo una de sus interpretaciones más clásicas y "ortodoxas" (y conste que incluso dentro del estilo clásico, las versiones de la pieza varían un montón; mi preferida, la de Karajan). Aunque os suene el principio a sobado y tópico, escuchadlo entero y con los ojos cerrados. Merece la pena, de verdad.



Con la música clásica me pasa lo que con otras muchas cosas de esas que todo el mundo, sobre todo los "cultos", "intelectuales" y /o "entendidos", dicen que son buenas, pero a las que yo no consigo llegar (salvo excepciones sueltas y casi anecdóticas, como el Canon). Mi sensibilidad está, de momento, en otra parte y a otras cosas. Y esto mismo me pasa con la ópera, el jazz, y con muchas novelas, cuadros, películas, oficialmente "buenas", pero que yo no consigo acabar, o me dejan indiferente, pero con la duda y la desconfianza de que si tanta gente dice que son buenos, algo tiene que haber en ellos que quizás me esté perdiendo por vete a saber tú qué discapacidad.

El arte tiene que conectar con alguna de las fibras de lo que llevas dentro, comunicarte algo en lo más profundo, conmoverte, hacerte chocar algo que tú sientes, o recordártelo, o descubrírtelo, o devolvértelo por un instante haciendo que te sientas entregado, acompañado, tocado. Descubierto. Si no, no funciona. Aunque quizás sea solo cuestion de llegar. O de aprender a llegar. De darle tiempo, porque uno va sintiendo cosas diferentes y de manera distinta a lo largo de la vida, y la sensibilidad crece, y cambia, y supongo que se educa. Y supongo que entonces, por lógica, su educación también podrá ser dirigida. Mi sensiblidad, sin embargo, se ha educado sin querer, de forma anárquica y silvestre: yo he llegado a lo que me gusta y lo que me emociona espontáneamente y sin seguir un camino trazado, al menos conscientemente. Incluso en literatura, que es donde mi educación ha estado más dirigida, me encuentro con cosas oficialmente "buenas" que no me dicen nada, mientras me atrapan lo que muchos estudiosos o entendidos consideran "morralla".


Pero el caso es que según vamos creciendo, o madurando, o evolucionando, dejan de gustarnos cosas (que el tiempo nos hará recordar a veces con rubor: seguro que a ti también te pasa), mientras otras van llegando a nuestra sensibilidad y otras, tal vez, nos esperan. Y puede que la sensibilidad se pueda educar adrede en una dirección determinada. Yo reconozco que nunca lo he intentado. Porque lo de bueno y malo, lo de la calidad artística, me sigue pareciendo relativo y, en todo caso y en el fondo, cuestión de estadística: bueno es lo que muchos han considerado bueno, malo lo que muchos han considerado malo.

Me he sentido conmovida por música de todo tipo a lo largo de mi vida, sin prejuicios ni falsos pudores de buen gusto, calidad o comercialidad. Y ya digo que me gustan cositas sueltas de la música clásica, aquellas cuatro cositas sueltas que le gustan a todos los que no tienen ni idea. Pero quizás vayan llegando algunas más, porque cada vez me siento más a gusto escuchando música de este tipo. Mis instrumentos preferidos, los de cuerda y arco. El violín, pero sobre todo los de sonidos más graves, como chelos y bajos. Melodías sueltas que atrapo por cualquier lado, y que hacen que quiera indagar... El problema: que no tengo demasiada idea de por dónde empezar, y me da pereza enfrentarme al pajar de tooooda la música clásica para ir encontrando las agujitas que me puedan gustar, y que tal vez sean solo el comienzo. Admitiría recomendaciones de otros que hayan recorrido este mismo camino, aunque ya sé que no será en este blog silencioso y solitario donde las encuentre.

Pero aunque los estilos y corrientes musicales parezcan caminos paralelos, de recorrido propio y diáfano, casi de distinta dimensión (lo clásico, lo culto y lo perdurable por allí arriba, lo popular, lo moderno y lo efímero por acá abajo), en realidad son recorridos laberínticos cuyas intersecciones pueden hacer que nuestra sensibilidad cambie el rumbo. Y una versión moderna de una sinfonía clásica nos puede hacer llegar a buscar la melodía original, y de ahí otra similar, y de ahí adentrarnos en otros clásicos (y si poneis canon en el youtube aflorarán como champiñones las versiones guitarreras del de Pachelbel, sobre todo interpretadas por aficionados amateurs japoneses).

Y hablando de versiones, hace ya algún tiempo que se hizo muy popular por estos laberintos de internet este monólogo sobre el canon de Pachelbel, que habla también de las encrucijadas musicales, aunque sea en otro tono:



Hay muchas más encrucijadas posibles, por ejemplo, las versiones clásicas de una canción moderna. Como la que os dejo aquí, que es bastante graciosa.

Porque creo que mi sensibilidad está ahora mismo en un cruce de caminos. Y no sé adónde me llevará. Eso sí, yo no pienso ponerle ni freno ni cortapisas. Aunque repito que creo que me vendría bien alguna recomendación a modo de navegador, más que nada, para no perderme.

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