jueves, 17 de abril de 2008

Días de radio y crisis



Como buena adolescente de los ochenta, yo crecí con la radio. Allí me enganché a la música pop (y no tan pop), y por la radio seguía, obligadamente, los vaivenes del panorama musical que tanto me interesaba, e incluso aprendí algo de su historia, gracias los programas nostálgicos que sobre todo a partir de las 10 de la noche emitían algunas radiofórmulas ocupadas durante el día en propagar única y machaconamente los éxitos del momento que ellas mismas creaban. O, como mucho, en programas de dedicatorias y peticiones. Cuando no tenía dinero para comprarme discos, ni luego cds, ni siquiera las cintas aquellas que sí, por increíble que nos pueda parecer hoy, se vendían (y eso que veinte años no son nada), grababa las canciones que me gustaban de la radio, atenta a dar y quitar el rec en el momento adecuado para minimizar én la medida de lo posible el parlamento del locutor, que siempre era, por desgracia, demasiado largo e inoportuno. Calculadamente, claro. La lucha anticopia era tan rudimentaria y feroz entonces como los medios contra los que luchaba.

Así me convertí en melómana (bueno, en realidad esa palabra me queda grande, pero para entendernos supongo que vale) redomada. Durante años, muchos, muchos años, me he pasado prácticamente todo el día escuchando música. Mientras viví sola (es decir, hasta hace nada), lo primero que hacía nada más levantarme era poner música. Y con fondo musical estoy acostumbrada a conducir, a arreglarme, a hacer las tareas de casa, navegar por internet e incluso a hacer cosas ligeritas del trabajo. No concibo un viaje en autobús que no sea una pesadilla sin mis auriculares (antes enchufados a un CD portátil, ahora, claro, a un MP3), y lo digo con conocimiento de causa y mucha práctica de cuando estudiaba, de cuando empecé a venir a Zaragoza, y ahora en mis trayectos diarios a ese instituto a casi 90 kms de mi casa (ya conté en otra ocasión que huyo constantemente del silencio, queriendo y sin querer).

Nunca me aficioné a programas de radio que no fueran musicales, aunque alguna temporada escuchaba programas matinales tomando el sol, o en el coche con mi padre en las tardes interminables de aquel verano que me pasé conduciendo con él por los montes para ver si aprobaba de una vez el carnet de conducir, y en las noches de verano en que tanto me gustaba trasnochar en casa, me aficioné al furor aquel de los casos insólitos del “Hablar por hablar”. Pero nada más.

Los avances tecnológicos generales y mis avances monetarios particulares me hicieron ir abandonando, poco a poco, la radio, incluso para escuchar música. Hace ya muchos años que puedo oír casi exclusivamente la música que yo quiero a la que tengo acceso por otros medios. Hasta este verano, en que vine a pintar y limpiar este pisito que hemos dejado tan mono y en el que no había ni televisión, ni internet ni nada. Tenía muy pocos CDs aquí para tantas horas, así que empecé a acostumbrarme a buscar la compañía de los programas de tarde, variados y veraniegos. Descubrí que la radio tiene una programación mucho más variada e interesante que la televisión, así que me sorprendí a mí misma cambiando la música que obsesivamente escucho en el coche por temporadas por un barrido por las emisoras que se cogen en Zaragoza, que son muchas.


La radio tiene muchas ventajas frente a la tele (cuyas garras yo hace tiempo que abandoné): no es hipnótica ni exclusivista como la pequeña pantalla, porque te permite (yo casi diría que te pide) hacer otras cosas, y su programación es, además de muchíiiiiisimo más variada, menos... como diría yo.... “para idiotas”. Así, por ejemplo, di con una emisora con programación en inglés que me vendrá genial si el año que viene consigo matricularme en la escuela de idiomas (que no es nada fácil, y por cierto, tengo que mirar los plazos YA, que aquí son la leche) o que por las tardes en Ondacero está Julia Otero

Y es que yo soy fan de Julia Otero, y he lamentado mucho su ausencia en televisión (salvo el dulce paréntesis de “Las Cerezas”, que como casi todo lo bueno, fue breve). Me encanta ella, y me encanta escucharla, y verla, y sus entrevistas, y lo que cuenta, y como lo cuenta. Y dada mi natural tendencia al enganche con cualquier cosa que pasa por aquí, llevo ya muchos meses enganchada, de cuatro a siete, a su programa y a ella, ya sea en casa, en el coche, de compras o paseando. En él te encuentras, según el día, de todo: un repaso a la actualidad con Alsina, comentarios de noticias impactantes o simplemente curiosas, entrevistas a personajes de todo tipo, una sección dedicada a sucesos y crímenes, otra al medioambiente, otra a repasar hitos cinematográficos y culturales con Pío Caballinas, crónicas y críticas televisivas a cargo del señor Monegal mucho mejores y más divertidas que ver la tele, colaboraciones humorísticas (de unos tipos que casi siempre hacen de chinos... perdón que no recuerde los nombres: soy una oyente entusiasta, apasionada y visceral, pero poco atenta a los detalles) o la presencia del ahora otra vez estudiadamente polémico Risto Mejide hablando de lo que le da la gana.

Pero mi sección favorita es la de la última hora, de 6 a 7: el "Gabinete", tertulia en la que están presentes, según los días, Juan Adrián Sens, Pilar Rahola, Espido Freire, Begoña Aranguren, José Antonio Labordeta, Juan Manuel de Prada, Fernando Sánchez Dragó, Antón Reixa o el ahora omnipresente en programas ligeros Alfredo Urdaci. Puede que alguno de estos contertulios me parezca un petardo (que sí, me lo parece), pero los debates que se montan son de lo más entretenido, y pueden ir desde cosas tan triviales como las cenas de empresa a discutir la trascendencia histórica de la Guerra de la Independencia (que fue el de hoy). Todos, todos, todos resultan casi igual de jugosos, interesantes y amenos. Y reconozco, por ejemplo, que aunque Pilar Rahola sea bastante resabidilla y demasiado militante intransigente de demasiadas cosas, me encanta escucharla (qué le voy a hacer, pero lo reconozco, que tiene mérito, ¿no?).

Y todo ello salpicado con la voz envolvente y la presencia magnética de Julia Otero, que tiene el don de hacer interesante cualquier conversación y cualquier entrevista, y a la que es una delicia escuchar con casi casi la sensación de estar presenciando una conversación personal de ella con alguien que le interesa no sólo profesionalmente, y con quien charla como charlaría sin un micrófono delante.

Lo peor del programa es el bombardeo intermitente e interminable de publicidad repetitiva: que si kit blanqueador, que si fármaco contra la retención de líquidos, que si campaña de la DGA, que si “hay que viajar más”.... En fin, no hay rosa sin espinas, y aún así merece la pena.

Otro inconveniente de escuchar la radio... que mi emisora predeterminada por culpa de Julia Otero es Ondacero, y por las mañanas, de vez en cuando, escucho a Carlos Herrera, y aunque no deja de ser "gracioso" en sus opiniones y tiene algún colaborador muy bueno, sí es un poco repateante que se le vea tanto el plumero (ojo: que la SER también me resulta bastante insoportable or esto), y acabas de los mismos temas hasta las narices. Estos días están con lo del "trasvase", la ministra de Defensa y la crisis de un cansino muy pesado.

Y es que en la radio se habla muuuucho más de la crisis, y parece más crisis, y hasta da más miedo. Me consuela el saber que hubo ya crisis en los 70, en los 80 y en los 90, y que yo las viví y no me enteré. Pero claro, entonces pagaban papá y mamá, y yo vivía en el limbo feliz de no tener que desear más que unos duros de vez en cuando para gominolas, pasteles los domingos y algún regalito en el cumple y por Reyes, y así no hay quien entienda qué leches es una crisis. Así que ahora no sé hasta qué punto tengo que tener canguelo....

Porque la de la radio era también una crisis anunciada, y había quien daba por muerta su estrella por la llegada de la tele. Pero si ha sobrevivido incluso a Internet, y tan bien y con tanta fuerza, yo creo que ya no hay quién pueda con ella. Y que nos quedan muchos días de radio más.




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