jueves, 10 de abril de 2008

¡Indecencia ya!





Ayer debatían en la radio sobre el concepto de “decencia”, con motivo de la cantidad de veces que, al parecer, salió a relucir el término en el debate de investidura con el que se empeñaron los medios en bombardearnos el martes.

A mí la palabra decencia me suena mal. Muy mal. Fatal. ¿Por qué? Por la asociación de ideas que acuden raudas, automáticas e inevitables a mi cabeza nada más evocarla:


Rancio. Franquismo. Blanco y negro. Oscurantismo. Derecha. Moralidad social. Lo establecido. Imposición. Pudor. Vergüenza, pero sólo ante los demás. Callar. Reprimir. Moralidad superficial opresora. Caspa. Reclinatorio, rosario y sacristía. Misa de doce el domingo y fiestas de guardar. Vigilancia, juicio, condena. Dedo acusador. Pecado. Castigo. Confesión y penitencia. Permiso. Recato. Las apariencias. La compostura. El qué dirán. La Regenta. Fortunata y Jacinta. La colmena. Unamuno. Doble moral hipócrita. Hipócrita. Doble moral.



Indecente es lo que no podemos ser ante los demás. O lo que no podemos mostrar. O lo que tenemos que ocultar. La decencia implica una mirada de otro, de otros, que la da, la mantiene, la quita. Unas normas establecidas, un referente externo sancionador. Pero tengo la impresión, tal vez equivocada –no lo sé- de que nadie es indecente si nadie lo ve, o lo oye, o lo sabe, o lo dice. Inmoral sí. Y por eso para mí es distinto.

Quizás tenga una idea errónea de lo que realmente significa el término (ahora mismo voy a mirarlo, a ver qué cuenta la RAE), pero para mí ,decencia es algo que se aparenta, y el que lo aparenta lo es. Es comportarse de acuerdo con unos valores establecidos y oficialmente aceptados, aunque luego cada uno cuando nadie le ve o cuando cree que nadie lo sabe pueda hacer otra cosa. Y es como si eso fuera implícita y tácitamente admitido por el término (algo así como una moral de "ojos que no ven, corazón que no siente", que permite la excepción mientras sea silenciosa y se evite el escándalo). Decente es, pues, aquel comportamiento que no ataca el sistema de valores y normas oficial. Y es, por tanto, algo que no surge de la conciencia y la reflexión personales, sino que viene impuesto desde afuera, y que, sobre todo para las mujeres, tiene mucho que ver con la sexualidad y la represión de los impulsos, los deseos, la autenticidad, la indivdualidad. Es un concepto sexista y machista, porque no se aplica por igual a los dos sexos y porque impone al femenino una serie de exigencias y restricciones de la que los varones decentes se libran.

Por eso me da entre repelús y sorpresa que la clase política reivindique la decencia, aunque sea para incluirla en su retahíla de palabras huecas con que rellenar discursos y entrevistas. Porque para mí no equivale ni a nobleza ni a honestidad ni integridad ni a coherencia moral o ética. Que para mí son algo mucho más profundo, íntimo, personal e intransferible, aunque luego tengan también un reflejo social, superficial o externo.

Es probable que me equivoque, y que me pesen matices y ecos de la época que hizo de la decencia uno de sus estandartes. El caso es que a mí nunca me ha ocupado ni preocupado la decencia, ni aspiro a ser decente, ni me importa que los que a ella se aferran me consideren indecente. Ni busco a gente decente. Prefiero a la gente noble, honesta y auténtica. Que puede ser muy indecente.


¿Y qué dice la RAE? Pues dice...

decencia.
(Del lat. decentĭa).
1. f. Aseo, compostura y adorno correspondiente a cada persona o cosa.
2. f. Recato, honestidad, modestia.
3. f. Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas.

El “conforme al estado o calidad de las personas” es revelador. Decencia es el rol que te exigen por y para tener un estatus. Por y para encajar en un molde. Es una exigencia del guión en el gran teatro del mundo. Es una de las losas que nos echaron encima desde antes de nacer, y que Salinas te pedía que te quitaras, para poder decir "yo te quiero, soy yo"...


Pues ahora sí que me declaro rotunda y definitivamente indecente.

Primero, porque no soporto que me digan lo que tengo que hacer (preguntadle a mi madre... o a Dei, que siempre dice que me pongo "rebelde absurda"), y menos arbitrariamente o para que yo actúe en función de los intereses de otro, u otros, o los otros en general.

Y segundo, para salirme del guión, escapar a la predestinación, el determinismo y la claustrofobia. Y acariciar aunque sea un poquito la libertad de abandonar el camino que otros habían trazado para mí sin conocerme, deshacerme de lastres y pesos inútiles y engorrosos, e intentar, de verdad, hacer camino al andar. Por donde y como buenamente pueda, avanzando o sin avanzar, tropezando o a saltos, en línea recta, o elíptica, o en círculos, perdiéndome o encontrándome, despidiéndome o soñando con llegar... Pero por y con uno mismo. Y con quien quiera acompañarme si quiero dejarme acompañar. Y nada más.

¡Indecencia ya!

1 comentario:

Liz dijo...

Apariencia y decencia siempre han ido de la mano, y si tan mala prensa tiene lo de aparentar...
Honestidad, que se supone que es lo mismo, es una palabra más bonita, con un sentido más limpio, con menos connotaciones negativas y que se utiliza y practica bien poco.

Yo también prefiero la nobleza y la ausencia de dobleces a la decencia, pero que cada cual haga su elección.

Un abrazo indecente!

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