jueves, 24 de abril de 2008

Lisboa desde el cielo


En Semana Santa, hace un mes, ya, estuvimos en Lisboa. Cuatro días que se quedaron en nada porque gastamos uno en irnos, y otro en volver.

Llegamos el Jueves que dicen santo, ya de noche, tras ocho horas de viaje sin contar la parada en Mérida y el recorrido por sus monumentos romanos, en los que me aprovisioné de fotos para ver si hago un poco más amenas las clases sobre civilización romana que tendré que perpetrar en breve.

Enseguida nos dimos cuenta de que estábamos en el extranjero, porque entre las luces de la autopista, que anunciaban por fin la proximidad de nuestra tras-casi-nueve- horas-de-viaje deseada Lisboa, nos adelantaron varios coches a unas velocidades que en España lo de los puntos ha convertido en insólitas.

Al cruzar el puente sobre el Tajo convirtiéndose en Atlántico, sorprende un monumento altísimo, que recuerda al Cristo Redentor de río de Janeiro (que luego descubrimos que en él se inspiró para cumplir una promesa que hicieron los portugueses si no se veían obligados a intervenir en la I Guerra Mundial) y con el que yo no contaba en mis prejuicios sobre la capital del país irmao., que eran unos cuantos. El más firme y que no falló: que me iba a gustar.

Porque me gustó. Porque es una ciudad distinta. Vieja y encantadora, asentada en la contradicción abigarrada que la haría, claro, irresistible para un alma barroca a su pesar como la mía.

Llegamos felizmente al hotel, situado en las afueras más nuevas y más afueras, gracias la magia del navegador, por un recorrido de giros insólitos imposible de repetir a palo seco. Los aviones volaban sobre nuestra cabeza casi casi como si pudiéramos tocarlos (hasta se leían las letras) por la proximidad del aeropuerto, y en uno de los edificios altísimos vimos la primera imagen insólita: una bandera roja y orgullosa del Partido Comunista.





La primera noche tuvimos que buscar un sitio para cenar por esas calles de las afueras, en la que los bares y restaurantes cerraban ya, muchos de ellos anunciando que no abrirían los festivos de Semana Santa. Aún así, dimos con un rinconcito donde pudimos disfrutar de algo que por sí mismo ya haría que el viaje merezca la pena: su comida. Que además la aderezan con una amabilidad cariñosa, imperturbable y nada profesional al servirla, a pesar de lo bordes y egocéntricos que pueden llegar a ser los turistas y visitantes españoles, que miran al país irmao con cierto desprecio y creyendo que vuelven la cabeza para mirar atrás, o abajo (y yo, que provengo de zona de frontera, puedo dar fe de hasta qué punto llega esto). De hecho, los portugueses tienen chistes de españoles, en los que nos muestran como unos seres fatuos y prepotentes. En todo caso, puede que esa amabilidad portuguesa sea pura ilusión personal e intransferible, producida por ese idioma lleno de sibilantes, vocales cerradas y tonos que a mí me suenan entre afables e ingenuos.

En todo caso, qué quesos, qué bacalao, qué patatss, qué carnes, que vinos. Para las otras dos noches, por suerte, buscamos el sabio consejo del botones del hotel, que nos recomendó un sitio en las antípodas del local turístico, que parecía sacado de la España de los setenta, de los de batalla-batalla, decoración "Cuéntame", mantel de hule, sillas de cocina de nuestros padres, patriarca con palillo en la boca y comida casera no de reclamo sino de verdad. El postre estrella era la tarta de galletas cuadradas y mantequilla de toda la vida. No digo más.

Los dos días fueron de pateo constante para arriba y para abajo, literalmente, que Lisboa es una ciudad llena de cuestas porque está, como Roma, asentada sobre colinas. Y así, ellos se las han ingeniado con un ascensor de finales del XIX, el de Santa Justa, precioso y que hace las veces de mirador








, y con tranvías que se limitan a subir y bajar constantemente la misma calle.





Ah, los tranvías. Qué toque tan especial le dan a la ciudad, con su renquear atestados de gente. Como todo. Porque no pudimos entrar en prácticamente ningún sitio (bueno, no quisimos): todo eran largas colas en las que sólo se hablaba español. Se ve que no fuimos demasiado originales eligiendo destino. Contábamos con ello, pero no imaginábamos que fuera para tanto.

¿Qué más contar de una ciudad llena de cosas y de encanto? Pues yo que sé... Así, sin orden ni concierto, se me ocurre hablar de la arquitectura más típica, de grandes casas con balcones y fachadas de azulejos de colores. En la parte antigua estos colores están exquisitamente elegidos, y convierten a Lisboa en una ciudad alegre sin caer en las estridencias de la arquitectura portuguesa más moderna. Eso sí, aquí y allá somaban los huecos dejados por los azulejos caídos que nadie se molestó en reponer, y que mezcla esa alegría antigua con una elocuente decadencia protagonista del carácter de la ciudad. Entre casa preciosa y casa preciosa es posible ver alguna cayéndose, y patios humildes, y suciedad.



Hay calles señoriales, al estilo de los bulevares parisinos finiseculares, y edificios modernistas, y edificios modernos, y música de fados sonando desde no se sabe dónde, y escaleras que cruzan intrincadas por entre las casas de piedra, y grandes plazas, y calles peatonales llenas de puestos, terrazas y vendedores de falsificaciones y costo asombrosamente descarado. Hay grandes parques, y puentes, y zonas como Belem destinadas a recordar un pasado de esplendor maritimo y conquistador al que está eclipsando la fama de los pasteles del mismo nombre, que sí, están buenísimos y protegidos por un secreto a cal y canto sobre su receta. Hay monumentos extraños agazapados entre los turísticos, como uno lleno de lápidas (sí, lápidas, como las de las tumbas) que amontonaba la gente as los pies de una estatua con mensajes de agradecimiento a un señor por sus curaciones, y que no pudimos saber si era un médico, un santo, un curandero o una mezcla de los tres.

Nos llamó la atención la cantidad -bueno, y la "calidad"- de pintadas que había por las calles: “Paz entre os povos, guerra entre as clases”, “As fronteiras cheiram a morte”, “Quando a banca e o Estado se juntan, quem dita a sentença él o diavo” “Proxima paragem: indiferença” “Nao queremos só essa codea, queremos o pao inteiro” “1/6 do mundo passa fame: revoltate” “Nao podemos viver como o sofrimento alheo: revóltate”. Reivindicativas de la justicia, la solidaridad necesaria, la denuncia de la pobreza, la lucha por la igualdad y contra el sistema. Quizás la revolución. Pero casi todas llamativas y poéticas, como aquella su revolución de canción y claveles que hoy, 25 de Abril, tiene su día y su fiesta.






Algunas estaban hechas con algo parecido a un sello o a letras de molde, por lo que da la impresión que más que producto de cualquier viandante espontáneo, apasionado o aburrido, son fruto de un movimiento estable y constante que entre nosotros, si lo hay, desde luego no se deja ver tanto en la calle.

Y quizás sea lógico que así sea. Porque en Portugal la pobreza que instiga siempre la revolución como sombra de la injusticia, tampoco se esconde. Convive, como las casas viejas, con la ciudad turística, las tiendas caras y los pasteles de Belem. Hay mendigos, y vagabundos, y picaresca, sucia y sin maquillar, casi por todas partes. Y un viaje en metro es como un escaparate de gente extraña y pobre (y en el Youtube está la prueba) pidiendo limosna o exhibiendo esa pobreza llena de suciedad y olores, descarnada y sin poesía que a los occidentales no nos gusta mirar. Nada más subir en él, una joven sin ojos (de verdad, sin ojos) que había estado sentada cabizbaja esperando como nosotros, empezó a recorrer los vagones, én una mano el bastón blanco y en otra un recipiente para monedas, golpeándonos con su "desgracia" y hablando en portugués con un tono constante y monocorde que no hacía falta entender.

Lisboa tiene escaleras, ascensores, cuestas, miradores y tranvías al cielo que hacen que se la pueda mirar desde allí. Y desde el cielo es también como es: abigarrada y terrena, con sus contrastes, sus luces y sus sombras, sus colores y sus grises, su esperanza y su decadencia, entre el mar y las montañas, entre tranvías y puentes, entre la fe y la superstición, entre las torres señoriales y las fachadas cayéndose, entre las tiendas de marca y las tascas de mantel de hule, entre su nostalgia de esplendores pasados y su llamada, serena y susurrante, a la revolución .

Que no olvidemos que hace hoy 34 años, los portugueses llamaban a la revolución con una canción que evocaba la suya como “terra da fraternidade” mientras ponían un clavel en cada fusil.

Tendremos que volver algún día.

Y ahora, subir el volumen:






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