martes, 6 de mayo de 2008

Para olvidar



Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»... Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).

Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.



Jaime Sabines

Nadie nos enseña a olvidar, y cuando tenemos que hacerlo, cada uno lo intenta como puede. Te pueden dar consejos, mantras y trucos, y mil razones que suelen ser sensatas y ante las que es fácil asentir. Pero nada más. Porque no hay receta infalible para olvidar, porque olvidar no es fácil y quien lo probó (o lo intentó probar), lo sabe.

Como ocurre con el amor, no estoy segura de que sea un acto que dependa de la voluntad. Si no dependiera, para olvidar no podríamos hacer nada: tendríamos simplemente que esperar a que el olvido suceda por sí mismo y procurar, como mucho, pasar el tiempo mientras tanto ocupándonos en otras cosas, hasta que un día nos diéramos cuenta de que hemos llegado ya a ese lugar ignoto, lejano y añorado en donde habita el olvido.

Unos dicen que es cuestión de tiempo. O de distancia. O de que una mora limpie la mancha de otra y un clavo saque otro clavo. Yo he visto muchos casos en que sí, y algunos otros en que no. Y como casi siempre, lo interesante de las reglas, las leyes y las normas son precisamente las excepciones.

Pero si fuera un acto de voluntad, y realmente querer es poder, y quien realmente quiere olvidar y se lo propone, olvida, entonces, lo verdaderamente difícil de lograr es querer olvidar.

Porque como decía una canción, y no recuerdo cuál, y no recuerdo si en español o en inglés (puede que hasta haya una en cada lengua), es muy fácil olvidar recordar que queremos olvidar. I forgot to remember to forget... Sí, creo que era así y creo que era en inglés. Pero sigo sin acordarme de quién.

Si olvidar parece no depender de la voluntad, recordar a veces tampoco; a menudo, cuando más lo necesitas.

Porque olvido y recuerdo son, como todos los contrarios, las dos caras de la misma moneda que tal vez se rijan por la misma mecánica implacable y secreta que el hombre sufre sin poder controlar. Por que olvido y recuerdo son un don, y como todos los dones, ambos tienen dos caras: una dulce y otra terrible.

Porque el lugar donde habite el olvido puede ser una tumba o puede ser el paraíso, igual que el lugar donde habite el recuerdo, que puede ser un refugio o un infierno.

Olvidar, no olvidar, recordar, no recordar. Ser o no ser...

Y tanto darle vueltas, al final, para nada.

Sólo para olvidar el silencio.



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