martes, 3 de junio de 2008

Pereza fin de curso.




"Que por junio era por junio,
cuando ya el curso se acaba,
cuando el sol allá en lo alto
produçe grande galbana,
cuando los moços e moças
alixeránse de calças,
cuando los sudores reinan
por los pasillos e por aulas
e rainços olores salen
de sobacos e sandalias,
cuando ya por todas partes
la vacaçion se presagia,
cuando ni los profesores
da dar clase tienen gana
(si es que alguna vez la hubieron,
pues desto non hay constançcia).
¡Mes de junio, mes de junio,
fecha insoportable y áspera!..."



Los fines de curso llegan cada vez más rápido. Cuando vas a la escuela, o al instituto, o casi casi si me apuras, a la facultad, cada curso es una vida, cada año es cambio generacional, y creo que incluso hoy podría recordar 1º, tan distinto de 2º, y de 3º, y de 7º, y 1º de BuP, tan distinto de COU, o 1º de Filología, que tiene tan poco que ver con 3º y ya no digamos con 5º.

Cada curso era una era entonces,largo, nítido, con su propio acento, distinto, completamente distinto, tan distinto que hasta a mí me daba tiempo a ser distinta año a año. (Es lo que tiene crecer, supongo el poder cambiar, que curiosamente tiene poco que ver con los cambios que supone "envejecer"... pero eso es otra historia y debe ser tratada en otra ocasión).

Incluso al comenzar a trabajar cada año era un hito, distinto y completamente distinguible del anterior y del venideero. Recuerdo, por supuesto, mi primer año de clase, y a los alumnos casi uno por uno, y el 2º en Vigo, y el 3º en el Couto. Pero a partir de ahí, como dijo Almudena Grandes, empecé a "perder los años", y las anécdotas, y los alumnos, que giran en el tambor de la memoria en un batiburrillo que es necesario pararse a ordenar, incluso echando manos de referencias ajenas, para poder evocarlos con un mínimo de claridad.

Y cada año todo se acelera más. Ahora tres años (por ejemplo) ya no tienen la trascendencia que tenían a los 10, a los 15, a los 20 e incluso a los 25. Los cursos se sucenen cada vez más rápido y los junios se solapan vertiginosamente con los septiembres, tan sucesivos que terminan fundiéndose y confundiéndose en esa sucesión y en la memoria.

Y así, a pesar de que tengo sensación de recién llegada, de estar todavía aclimatándome al paisaje y sus figuras, ya se me va este curso, que espero sea tratado por la memoria con todo el respeto a la unicidad que merece, como año inaugural de una etapa tan tan tan nueva en mi vida.


Quizás fuera ahora, en este junio que no lo parece y que hace que el fin de curso nos pille aún más desprevenidos, el momento de hacer balance (como tanto me gustaba antes). Pero va a ser que no, porque este fin de curso se parece a la vertiginosa sucesión de sus inmediatos precedesores en el síndrome que me ataca inevitablemente: la pereza. Y ni para balances tengo ganas.

Cuando estudiaba invertía toda mi pereza en posponer e interrumpir constantemente aquello de estudiar, y en sufrir constantemente por tener que hacerlo, en vez de poder dedicarme sin remordimientos a las cientos de cosas inútiles y hasta absurdas que desde siempre me han gustado tanto. Y ahora debe de ser la perspectiva de las vacaciones lo que activa en el cerebro el chip "no tengo que hacer nada" antes de tiempo, haciendo que las labores docentes, domésticas y burocráticas que se acumulan en estas semanas de meter el pie en el estío me cuesten lo indecible. Me cuesta hacerme a la idea de que tengo que hacerlas, me cuesta ponerme a hacerlas, e incluso en plena ejecución, las interrumpo con mil excusas a cual más espúrea e injustificada (por ejemplo, poner un post), con lo cual la agonía y el estrés de tener que trabajar (y mucho) sin ganas, se estira como los días del solsticio de verano y sus horas de luz. Bueno, por lo menos eso demuestra que hay cosas que veinte años no cambian. Y apuesto a que ni cuarenta...

Mi lista de tareas para los próximos días, que ahora mismo me parecen colosales y a las que miro desde mi menudencia, apabullada por la tortícolis, son:

  • Poner todas las lavadoras que estos días no he puesto por culpa de (o gracias a :-P) la lluvia. Dei ya casi no tiene nada que ponerse. Si es que la manía de comprarse poca ropa tiene estas desventajas. ¿Ves? Eso a mí no me pasa. Me temo (y él también) que yo podría estar muy bien un mes sin poner una lavadora, y aún tendría ropa limpia que ponerme.
  • Pegarme un atracón de plancha (con lo que lo odio) de esas lavadoras que serán de golpe cuando deberían de haber sido graduadas.
  • Corregir. Lo odio, ya lo he dicho: es de las cosas que más odio en el mundo . Este año tengo pocos alumnos, pero con eso de que son pocos, me temo que he bajado la guardia y les estoy haciendo demasiados exámenes, cogiendo demasiadas notas de cuaderno, y de clase, y de tó. Qué horror. Y eso que aún no he contado los que me quedan.
  • Poner las notas medias. Un horror para una chica como yo, tan de letras y tan torpe hasta para el manejo de la calculadora, pero a la vez, tan tiquismiquis en las correcciones que tiene que hacer medias ponderadas entre cifras como 4,987 y 6'342, insólitas y supongo que ridículas en materias como la literatura o la historia. Pero para mí inevitables, de verdad.
  • Decidir en los casos entre pinto y valdemoro que si pinto o que si valdemoro. Un horror. Y yo soy indecisa, insegura y obsesiva por naturaleza. Resultado: me paso días con las notas en la cabeza, dándoles vueltas a los argumentos a favor de pinto y a favor de valdemoro, y oscilando de uno a otro a golpe de tipex que engorda horrorosa y vergonzantemente la zona clave de mi cuaderno de notas. Eso sí: cuando les doy las notas a los críos, no dejo asomar ni un atisbo de flaqueza ni una leve sombra de duda, y me disfrazo de toda la seguridad que ni tengo ni sé donde guardo. Y eso es para estar orgullosa, ¿no?, que tiene su mérito.
  • Cambiar mis armarios (sí, armarios, en plural, para desesperación de Dei): guardar la ropa de invierno (que aún estoy usando, por las rarezas de este junio camuflado que parece venir de incógnito) y sacar toda la de verano. Dei dice que aproveche y tire cosas. Como si fuera tan fácil...
  • Limpiar los cristales de casa y la terraza (aunque tengo la feliz coartada de estar esperando a que deje de llover... y el tiempo dice que el fin de mi coartada es inminente).
  • Hacer una lista de los materiales que quiero comprar para el Departamento con lo poco que me queda de presupuesto, enterarme de dónde esta la única librería en que lo puedo encargar ,porque el Instituto así lo tiene acordado, ir y encargarlo. Los títulos que tengo no me caben en el dinero, así que tengo que planificarme bien y seleccionar. ¿Mencioné ya que soy indecisa e insegura?.
  • Entregar una memoria de lo hecho con medios informáticos en clase para un Seminario permanente en que me apunté por un exceso de energía y optimismo inconsciente. Qué poco me gustan estas cosas y qué distintas parecen de lejos.
  • Poner los exámenes extraordinarios, que en Galicia se hacen en Septiembre y aquí los hacen dos días después del atracón fin de curso, por si nos había sabido a poco o no tenìamos suficiente necesidad de vacaciones. Si es que el concepto subyacente a la costumbre de "recenar" aquí lo aplican hasta a lo malo.
  • Hacer mis memorias de fin de curso, una por cada grupo, que como estoy en esto de la atención a la diversidad, tendrán que ser muy bien contextualizadas. Es decir, con mucho rollo. Menos mal que a mí rollo no me falta, aunque para estas cosas me cueste un poco más sacarlo.
  • Hacerme el pasaporte para ver si podemos irnos a Túnez en plan turista dominguero tipical hispanis que quiere viajar pero no tiene tanto dinero ni tantas fechas como le gustaría.

Y por si fuera poca cosa para encajar en tan poco tiempo, el fin de semana seguramente iré a Galicia, invirtiendo unas catorce horas en conducir indolentemente (cómo me gusta) con la radio o la música de fondo, y espero que con el sol inundándolo todo, todo y todo.


A Dei le encanta hacer listas, organizar, planificar y temporalizar todo lo que tiene que hacer, y cómo y cuándo tiene que hacerlo. Y yo acabo de descubrir que a mí me agobia. Yo nací para la improvisación y el sobre la marcha, me temo.

Así que yoy a empezar por poner la primera lavadora. Ahora mismo.

¿O me doy antes una vuelta por los blogs?

Bueno, ya veré. Sobre la marcha...

2 comentarios:

nandara dijo...

¡¡Cuántos planes!!

De todo lo que has escrito, si te sirve de ayuda, intento arreglar (adecentar,ordenar) los armarios cuando estoy de mal humor. Y cuanto más, mejor. es la única manera de tirar cosas hasta cierto punto inservibles. Porque como me encuentre en estado natural, puedo pasarme horas mirando todo lo de los armarios.
En cuanto a las calificaciones... entra en el sueldo :(
Salud y vitalidad, la pereza a ser posible para las vacaciones. Ánimo, que están al caer :)

kamala dijo...

Gracias por el consejo. Además creo que me será fácil ponerlo en práctica, porque días de mal humor tengo muchos. Más de los que me gustaría y más de los que debería, lo reconozco, aunque no es fácil evitarlo (pero lo intento, palabrita)

Un saludo, y gracias por los ánimos para esperar las vacaciones, que a mí este año se me retrasan más de lo "normal"...

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