martes, 24 de junio de 2008

Mañanita de San Juan


"Conde Niño, por amores
es niño y pasó a la mar;
va a dar agua a su caballo
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe
él canta dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar;
caminante que camina
olvida su caminar,
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá..."


La noche de San Juan (o la madrugada, o la mañana, porque en este caso se impone la natural gradación que existe en realidad entre el día y la noche, y que nuestra mente obvia, como tantas otras cosas que quizás sean las fundamentales, convirtiéndola en tajante oposición) está teñida por la tradición popular más milenaria de connotaciones mágicas e iniciáticas, que luego la ciencia se encargó de ratificar explicando que coincide con el solsticio de verano, es decir, la noche más corta y al mismo tiempo el día más largo. El fin y el comienzo de un ciclo. El fin y el comienzo de algo (como el fin de año, que coincide más o menos con el otro solsticio, el de invierno).

En Galicia, tierra de trasnos y meigas, yo la recuerdo siempre como una noche de juerga, superstición y rituales mágicos y poéticos, vinculados a elementos básicos como el agua (del mar, del río, del rocío), el fuego purificador, los pétalos de rosas, las plantas, y destinados a cumplir deseos tan dulces como el amor, o a evitar miedos y liberarnos de malos rollos del pasado. Y la psicología (y la psiquiatría) modernas han terminado también por ratificar el poder que tienen los rituales como sugestión, que al fin y al cabo es algo tan efectivo como la magia de la que el fervor popular parecía desconfiar en público, para reconocer por dentro que "haberla hayla".

En la noche de San Juan, quemando cosas podías liberarte del pasado y sus lastres, saltando una hoguera te demostrabas tu poder para saltar hacia el futuro que tú querías, exponiendo pétalos de rosas al frescor del rocío podías lograr la belleza (que en realidad busca lograr el amor, aunque no todos nos lo confesemos abiertamente), y si te confesabas abiertamente que querías lograr el amor podías escribir un nombre y mezclarlo con alguna otra cosa, o poner flores en la ventana de la chica deseada. La tradición popular, tradicionalmente machista, claro, reservaba esto último a los chicos, sobre todo por una cuestión práctica: hasta hace relativamente poco, las chicas - al menos, las "decentes"- no salían por ahi de noche ni a robar flores ni a nada. Y no recuerdo bien si era esta noche o la de S. Pedro (que es dentro de una semana) cuando mamá y la abuela tenían que recoger las macetas del balcón porque si no se las robaban...

En todo caso, la noche de San Juan es una noche para apurar hasta que la noche sea imperceptiblemente mañana, a ser posible al aire libre, al lado de una hoguera, y con amigos. Y yo he pasado noches de S. Juan de todos los tipos en mi vida, en el interior y a orillas del mar, felices, tristes y esperanzadas.

Ayer me acosté pronto por el madrugón inevitable de hoy, que era día de exámenes extraordinarios, sin acordarme de que era la noche de S. Juan, noite de meigas e de maxia. Y me desperté pronto, demasiado pronto, por el ruido de los truenos y el fragor intuido del agua de una tormenta intempestiva y a deshora. La mañanita de S. Juan se llenaba de fuego y de agua, como manda la tradición, y no sé si de flores, pero por una vía inusitada.


Es raro despertarse con una tormenta, cuando lo normal es que explote después de fraguarse a lo largo de un día que nos aplaste con calor, pesadez y electricidad. Y es raro despertarse ya cansada. Y que al consultar la frecuencia del urbano que tenía que coger para llegar al interurbano que me lleva a mí trabajo, leer que el próximo sería en dos minutos y el siguiente en ¡¡112 minutos!! (quizás por la tormenta, quizás por el follón en los alrededores de la estación Delicias por la visita de los Reyes y de Zp... qué poco saben de su efecto mariposa en las vidas de los pobres curritos, que dependen de trivialidades como el tráfico), y salir corriendo sin comprobar si llevaba lo necesario, ni si cerraba bien la puerta ni si dejaba luces apagadas (pequeños rituales cotidianos para ahuyentar el temor al despiste y sus pequeñas desgracias), ni nada, y pillar el bus por los pelos para llegar al trabajo con el mismo cansancio que al despertar y que no me he quitado de encima en todo el día, que ha sido largo, como corresponde, y caluroso, y pesado.

Un día raro, vamos. A lo raro se le puede llamar también extraordinario, aunque sea en el sentido estrictamente etimológico de esta palabra y obviando las connotaciones positivas que ha ido adquiriendo, que no sé si se le pueden aplicar en justicia a una tormenta al amanecer de un día en que toca viajar y trabajar. Pero supongo que en cierto modo sí, que fue esta una mañanita de S.Juan extraordinaria, lo cual tiene su mérito dado el carácter ya de por sí excepcional de la fecha.



Creo que la tradición popular en Galicia dice algo así como que el tiempo que hace el día de S. Juan marca la tónica de lo que será el tiempo ese verano. De cumplirse, este verano será también extraordinario climatológicamente, y para unos lo será para mal, pero seguro que para otros lo será para bien.


Quizás este carácter iniciático que tiene el día de S. Juan en la meteorología sea síntoma o reflejo o causa de su carácter iniciático vital, y de lo acertado de la importancia que le ha dado esa misma sabiduría popular a intentar modificar las cosas esa noche y ese día para mejor, incluso radicalmente, aunque sea a golpe de ritual. Y es que los rituales son a veces la forma más poderosa y efectiva de cambiar las cosas, por las trampas y el poder sigiloso, tozudo y peligroso de ese duende tramposo y egoísta que es nuestro inconsciente. Pero que, afortunadamente, se deja convencer e incluso manipular por el poder tramposo y sigiloso de los rituales. Y es que nada para vencer a algo (y a alguien) como utilizar sus propias armas.

En todo caso, yo no quiero tanta tormenta este verano, al menos en los viajecitos que estamos planeando, ni tanta lluvia, ni siquiera los veintipico días de encierro y condena que me esperan en Julio, ni por supuesto, tanto apuro, tanto imprevisto, tanta pesadez, ni tanto cansancio...

Ojalá que esta extraña mañanita de S. Juan sea preludio, causa y reflejo de un verano extraño, pero por extraordinario. Ojalá.

Y ojalá este post sea tan efectivo para ello como cualquier ritual, mantra o sortilegio. Ojalá. Que haberlos, haylos.

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