martes, 17 de junio de 2008

Unidad y/o variedad




En 4º de carrera, mi profesor de literatura planteó como única pregunta de un examen una cuestión a elegir: o la variedad en el Libro de Buen Amor o la unidad en el Libro de Buen Amor. Y supongo que todos (yo al menos sí) asumimos que debíamos defender si lo esencial en el Libro de Buen Amor era lo uno o lo otro. Supongo que he de explicar -dado que la obra en cuestión no es de las lecturas voluntarias habituales en la actualidad- que este libro del siglo XIV, obra de un tal Juan Ruiz, que firmaba con su cargo eclesiástico de Arcipreste de Hita (Guadalajara), está compuesta por materiales heterogéneos, dispares y hasta incongruentes, que se mezclan sin orden ni concierto (aparente se empeñan en decir los críticos, sin más diría yo), sin una intención clara y sin el hilo argumental mínimamente coherente que, por un antiguo hábito mental, parecemos necesitar lectores y estudiosos, y que en este caso solo un crítico imaginativo (que haberlos, los ha habido, y muchos) podría llegar a establecer.

Pues vaya chorrada de pregunta, se podría decir a simple vista y desde lejos. Pero la verdad es que estaba muy bien pensada. Y es que lo de la unidad y la variedad es una cuestión de lo más interesante, y no sólo para hablar del Libro de Buen Amor, aunque no sabría bien cómo plantearla porque yo también escribo esto sin orden, ni concierto, ni rumbo fijo. No es exactamente cuál de las dos, unidad o variedad, es lo esencial en nuestro yo o en nuestra vida o en nuestra existencia (aunque algo de eso puede ser), ni tampoco qué es mejor en nuestra vida o en nuestra moral o en nuestra filosofía (aunque algo de eso también es). Unidad y variedad. Unidad o variedad. Las dos son y están, y entre las dos pululamos a lo largo y ancho de nuestra vida.

Vivimos tiempos regidos por el signo de la variedad, que se ha vuelto casi tiránica. De hecho, la variedad es la esencia de la democracia que ordena nuestro ser social y moldea de hecho nuestro sistema mental operativo: variedad de fuerzas, de clases, de personas, de individualidades, de ideologías, de formas de vivir y de ver la vida que deben alternarse, cruzarse, coexistir, solaparse y, sobre todo, respetarse. La unidad hoy se identifica con pensamiento único, y se tiñe de connotaciones muy negativas: imposición de una verdad que sería necesariamente arbitraria, homogeneización, negación traumática o hipócrita o interesada de la diferencia. Pedimos y reivindicamos y defendemos la variedad, pues, la pluralidad y que viva la diferencia.

Decía otro profesor mío que este recelo ante la unidad y esta “tiranía” de la variedad suponía la muerte de la verdad, que de ser, tiene que ser una. “Ya no hay verdad: sólo opiniones”, decía con tono de lamento. Si recelamos de la unidad, llegamos a la variedad extrema del todo vale que suele llevar, curiosamente, al nada vale (en el sentido de que nada es realmente un valor).

Así que la variedad sin unidad puede y suele suponer el caos, el desorden, el desconcierto, el relativismo, que puede y suele ir deslizándose, sibilina, o vertiginosa, o incluso bruscamente, al nihilismo. Que algo de eso puede que haya a nuestro alrededor en estos tiempos movidos por los vientos de la variedad, y no hace falta fijarse demasiado.

En épocas en que impera la variedad está claro que el ser humano busca consciente o inconscientemente la unidad. El uno absoluto que dé coherencia y sentido a la existencia abigarrada y caótica a que nos vemos abocados. Buscamos el Uno, un Uno, o lo Uno, que poner por encima de todo lo demás, y que nos sirva de Estrella Polar, de Norte, de referente, para guiarnos y para ordenar la variedad desconcertante entre la que tenemos que movernos. Unos lo buscan en la autoridad. Otros, en la bandera, sea cual sea y sea contra lo que sea. Otros, en la ideología. Otros en la Verdad a la que se puede llegar por la Filosofía. Otros, claro, en la Religión, que es lo que, desde el origen remoto de la conciencia humana y sus achaques, ha utilizado e institucionalizado el ser humano como modo de buscar (y creer encontrar) esa Unidad esencial y salvadora a la que aferrarse para no zozobrar por los vaivenes de la variedad. De hecho, religión viene etimológicamente de “religare": volver a unir, a enlazar, a dar un sentido único a la variada y desconcertante realidad.

Unidad es sentido y coherencia, y el ser humano parece necesitar eso. Porque la variedad puede y suele llevar escondido el vacío, como la libertad (ya lo dijo Sartre), con la que está tan ligada , y por eso asusta, y por eso buscamos de formas tan distintas, conscientes e inconscientesd el orden, el sentido, la unidad. La verdad, que de ser, tiene que ser una.


Y tal vez sea por algo de eso por lo que solemos exigir unidad y coherencia en todas las creaciones en las que expresamos algo de nuestra visión del mundo: libros, películas, obras de arte, incluso blogs, buscan de alguna forma, la que sea, una unidad y un sentido. Y el espectador, o lector, o lo que sea, también lo busca y también lo espera... (Aunque ahora que lo pienso, nuestro robando rosas no tiene más unidad que la que le dan sus autores, que son curiosamente dos y bastante variados para ser eso, dos, y seguramente eso sea considerado por muchos, tal vez incluso por mí misma, como un fallo).



La variedad es dionisíaca y la unidad es apolínea. Y como lo dionisíaco y lo apolíneo, como el yin y el yan, y como todas las polaridades y dualidades, unidad y variedad se necesitan y se presuponen. Necesitamos unidad porque vivimos rodeados de variedad, y necesitamos variedad para huir de la tiranía y el inmovilismo y la monotonía de la unidad, sobre todo cuando esta viene impuesta (y creo que no hace falta poner ejemplos concretos). En la unidad somos como especie, en la variedad somos como individuos.

No pretendía llegar a ninguna parte con todo esto, y, efectivamente, no he llegado. Creo que lo que esperaba mi profesor de literatura, a pesar de esa aparente variedad de opciones para elegir, era que habláramos de la unidad en el libro de Buen Amor, que era lo supuestamente “difícil” e ingenioso: que demostráramos que más allá de lo aparente, en esta enigmática obra tan variada había una unidad subrepticia y agazapada que le daba sentido, fuera del tipo que fuera. Que es lo que hacen casi todos los críticos y estudiosos que se ocupan de la obra. Y que es lo que me consta que hicieron casi todos mis compañeros de curso y de examen. Tal vez porque seguimos siendo recelosos a aceptar la variedad sin más, quizás porque esto supone aceptar el nihilismo y el caos y el absurdo de todo. Pero yo en aquella ocasión me limité a aceptar lo evidente con sencillez, y hablé de la variedad en el Libro de Buen Amor. Sin más. Y sé que al profesor no le gustó, porque no me puso demasiada buena nota.

Y casi veinte años después continúo entre resignada y entusiasmada por la variedad evidente de todo, que sigo defendiendo mientras sueño a escondidas con una unidad callada que quizás algún día se deje descubrir y que para mi sorpresa no lleve asociada ni tiranía ni exclusión ni amputación de la diferencia. La imposible síntesis feliz de contrarios, el justo medio que está en todo pero que tanto nos cuesta aceptar. Y buscar. Y lograr.

El universo (y la vida, y el ser) es uno pero está formado por cosas variadas, , y distintas, contrarias y hasta incongruentes. Y lo esencial o lo importante no es ni que sea (o seamos) uno, ni que sea (o seamos) varios, sino ambas cosas a la vez. Pero a nuestra mente, que es una, le suele costar mucho aceptar todo aquello que no encaja en los conceptos estancos y arbitrarios que nos hemos visto obligados a crear para poder ordenar y pensar y relacionar y enfrentarnos a todo, a su unidad y a su variedad. Quizás la variedad esté en el mundo, y la unidad sólo en nosotros, o sea, en nuestra forma de verlo. O viceversa...

Y paro ya, que me pierdo.

4 comentarios:

nandara dijo...

Qué post más filosófico, y trabajado, Kamala.
Me ha recordado a mí cuando descubrí a Johan Galtung y sus ensayos sobre la paz.
Todo se puede ver desde varios prismas, sin lugar a dudas...
Voto por la variedad (con alguna duda, claro).
Salud. :)

kamala dijo...

Jeje, gracias, gracias. Un poco farragoso, lo sé, pero es que me cuesta evitarlo... Y filosófica me pongo a veces, sin previo aviso y sin saber por qué...

Yo también voto por la variedad, y también con dudas, claro.

Un saludo, y gracias por entrar y por tu comentario.

NoSurrender dijo...

La variedad no sólo se ha vuelto tiránica, sino que nos ha hecho emocionalmente compulsivos. Cualquier satisfacción que no es inmediata no se entiende como satisfacción. Y, en realidad, toda esa variedad no son más que perspectivas de la piedra sísifa del pensamiento único.

La verdad queda en la dimensión de la belleza, de la ética, de lo griego. ¿Realmente crees que hay sitio para la belleza en el mundo frenéticamente televisado que vivimos?

Ha sido muy interesante leerte, gracias!

kamala dijo...

La belleza ha dejado de ser una: sigue el signo de la variedad y está sometida a los vaivenes (casi siempre planificados e interesados) de las modas...

Muchisimas gracias por tu visita y tu comentario.

Un saludo

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