martes, 29 de julio de 2008

Habemus gato



Bueno, en realidad es el gato de la vecina. Como Platero, es pequeño, peludo y suave, y creo que fue una mañana de junio cuando dejó sentir en nuestra terraza por primera vez su maullido, que a veces, curiosamente, se asemeja a un graznido, lo juro. Esa primera vez huyó en cuanto salimos a ver quién maullaba en nuestra triste terraza sin plantas (tengo que poner unas macetas o algo). En la siguiente ocasión, iba a huir al vernos aparecer, pero en cuanto yo pronuncié el “miiiiiiisssssssss” que sirve de llamada universal para los mininos, y tendí mi mano acariciadora mientras me agachaba lentamente, acuidó a dejarse sobar. Estaba claro que se trataba de un gato muy acostumbrado a la gente y es más: que le encanta casi hasta la obsesión (como descubriríamos luego) que le acaricien.

Pronto pasamos de hacer el tonto con él en la terraza a dejarle pasar a que husmeara, primero la habitación colindante donde tenemos los ordenadores, y luego ya, poco a poco, el salón. Empezó a acudir todas las noches sobre las 10 y media u 11 de la noche, avisándonos primero con un maullido estudiadamente lastimero y, si no le abríamos inmediatamente, poniéndose a dos patas para utilizar las delanteras para “rascar” en la puerta como si pudiera abrirla, con las orejas hacia atrás y cara de concentración..


Con la llegada (tardía este año) del verano y el calor, aprovechaba que en cuanto se ponía el sol abrimos para intentar refrescar nuestra humilde morada sin aire acondicionado, y pasar al salón o a donde sea de la que está clarísimo que él considera, si no su casa, sí parte de su territorio. Luego pasó a aparecer por las mañanas, y en alguna de las pocas ocasiones en que yo no he tenido que trabajar este verano, me ha acompañado casi todo el día, mientras hago cualquier cosa. Porque eso sí: siempre quiere estar donde esté la gente, le hagamos caso o no. Si nos quedamos en el salón, se queda con nosotros, si nos venimos al cuarto del ordenador, él viene raudo también, simplemente a estar, serio, pensativo e imperturbable, como todos los gatos. De hecho, aquí lo tengo, maullando porque ni Dei ni yo podemos hacerle demasiado caso en este momento.

Cuando le apetecen mimos (que es a menudo, sobre todo si acaba de entrar) los reclama maullando de forma lastimera e intermitente, o frotándose con ganas a muebles, piernas o la mano que pilla descuidada, o repántigándose sobre la espalda y abriendo las patitas para dejar expuestos a las caricias barriga y cuello:



Al principio se echaba a dormir en el sofá, pero en cuanto Dei se percató de la avalancha de pelos grises y pegajosos que ello suponía, pusimos una manta vieja. El felino no parecía distinguir bien la zona-sofá-sin-manta (prohibida para él y sus pelos) de la zona-sofá-con-manta (en donde queríamos de corazón que se asentara), así que a grandes males, grandes y drásticos remedios: pusimos la manta dobladita en el suelo en una esquina del salón, y cada vez que subía al sofá, lo llevábamos allí. Ahora, cuando quiere dormir de verdad, ya se va él solito. Dado su gusto natural por los lugares recogiditos (mis sudores me cuesta que no se meta en el cesto de la ropa, o en cualquier armario abierto por un descuido imperdonable si un gato pulula por tu casa) tengo pensado comprarle una cesta baratita y mona en los chinos. Pero Dei dice y repite insistentemente que cómo voy a comprarle una cesta, que esta situación no es normal, que es el gato del vecino, y que esto no puede ser, para acto seguido tirarse en el suelo a hacerle monadas al gato y reírle las gracias que luego incluso le cuenta a sus amigos.

Cuando recobra la cordura dice que tenemos que hablar con la vecina, su dueña originaria y legítima, pero yo no tengo claro qué es lo que tenemos que decirle. El propio Dei me ha contado que un día se la encontró terraza con terraza, y que al ver al minino rondando por la nuestra le dijo algo así como “Así que el gato sube”, le contó que se llama Neo y que tiene sobre dos años. Bueno, pues porque ella lo dice, porque nosotros hemos pasado del genérico “miiiiiissss” con que se llama a todos los gatos, a otro tipo de nomenclatura cariñosa y espontánea que el animalito nos iba inspirando sobre la marcha:“pichi”, “pichiflú” “michiño” (que es como se dice “gatito” en gallego), y de ahí, “michi” y “Mich”, que me parece que es con el que va a quedarse porque así Dei le llama “Mich Buccanan” (en honor, claro está, al de los vigilantes de la playa). Y que la señora de abajo siga llamándole Neo si quiere en los pocos ratos que esta con ella (juas, juas, juas).

Pero no todo son florecitas y felicidad en esta historia todavía sin final. Mich tiene una fijación extraña por un centro de flores secas que hice yo hace ya algunos años, y que tenemos colocado en la mesita del teléfono, donde queda ideal de la muerte. Mich se estira sobre sus dos patas traseras, y golpea las flores y ramas secas a dos manos y con fruición, hasta que consigue tirar alguna con la que luego juega por el suelo como si fuera una presa. En cuanto nos descuidamos, ya oímos el ruidito de las ramas y tenemos que correr gritando (es imposible que nuestra vecina y su dueña no nos oiga) para que no termine de destrozarlo del todo. La solución drástica en esta ocasión ha sido poner el centro en cuestión sobre la parte más alta del mueble del salón. Pero ahora Mich aprovecha nuestros frecuentes descuidos para aposentarse en la mesita del teléfono (es que es como una bandeja de mimbre que recuerda un poco a una cesta.... tengo que comprarle su cesta pero ya), justo en el sitio que ocupaba el centro de flores secas por él castigado, y acechar al cuadro que está en la pared justo sobre ella, que es uno de esos para poner cositas, y que tengo lleno -claro-, y cuya integridad peligra.

Pero esto no es todo: aunque ha llegado el calor y la época de tener todo abierto de par en par por las noches, nosotros no podemos, porque si mientras dormimos dejamos a Mich en casa, la escabechina puede ser fina. Así que tenemos que estar con las persianas bajadas lo justo para que Mich no pueda entrar y al mismo tiempo corra un poquitín de nada de aire por los agujeritos... Aún así, una noche nos despertamos a las cinco de la mañana por un maullido pertinaz, y el ruido de sus patitas y su cabecita intentando meterse por la rendija inferior de la persiana con una insistencia que llegaría incluso a eficacia, si no nos hubiéramos despertado para bajarla aún más (y achicharrarnos también aún más, claro). Ahí nos dimos cuenta de que nos las veíamos con un gato psicópata, con una fijación extraña por entrar en nuestra casa. Y eso que no le damos de comer (todavía, juas, juas, juas).

Además, Mich tiene amigos, sobre todo un gato negro que yo veo siempre por la calle, y que lo llama maullando lastimeramente, y ronda nuestra terraza también. Pero adoptar también a este ya sería demasiado, y además Dei no está nada por la labor.

En fin, que nuestro (y digo nuestro con todas las consecuencias) Mich es taaaaan mono y zalamero, que aunque todo esto sea raro, y tengamos que hablar con la vecina, y vivir en una casa de persianas bajadas por la noche y maullidos al amanecer, me temo que sí, que habemus gato. Y que conste que a mí siempre me han gustado más los perros.

2 comentarios:

El increíble hombre menguante dijo...

Qué majete el Mich. Lástima que sea un puto gato...

Dei dijo...

Un puto gato, que además el otro día se cagó en la bañera.

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