jueves, 14 de agosto de 2008

Teruel existe



Y aunque parezca imperdonable tras más de tres años pululando por Aragón, por fin puedo dar fe de que el mito es verdad. Aunque igual de imperdonable es que no probara el también mítico jamón, pero este delito tiene dos atenuantes: que pienso volver y que sí probamos el queso tronchón y la longaniza. Así que se trata de una falta provisional, venial y purgable con una adecuada penitencia.

Pero tuvo que ser la visita de los Ubaldos lo que sirviera de excusa para, por fin, tirar hacia el sur y por una auntovía nuevecita, llegar a Teruel, a la que llamamos ciudad porque es capital de provincia y a las capitales de algo se le presupone esa condición, que sin ese prejuicio, estoy segura de que, al menos los de mi tierra, le llamaríamos villa, o pueblo grande. Porque ni la entrada, ni los edificios, ni el tamaño, encajan demasiado con lo que evocan palabras como ciudad o urbano.


Tan pronto se abandona la autovía, una se encuentra de golpe con una carretera desvencijada, que quizás en otra época fue una digna nacional, y que se adentra sin transición por entre casas y naves para repentinamente puentear entre el relieve y casas de piedra de no demasiada altura.

Y es este relieve en parte lo que da a Teruel el encanto de las ciudades de varias alturas por haber sabido entrementerse en sus vericuetos, y jugar con las posibilidades de la verticalidad, que hacen que aparezca perfectamente integrada en su entorno, como si surgiera directa y naturalmente del terreno, acomodándose suave y espontáneamente en sus recovecos.


Tampoco resulta muy urbana la facilidad para aparcar y llegar en un plis plas al centro (en todos los sentidos) de la "ciudad": la famosa y pequeña plaza del Torico. Y el –ico, diminutivo por antonomasia en Aragón, no es en este caso afectivo (como yo creía), sino completa y ajustadamente descriptivo. Porque el tal torico es una minúscula estatua situada en lo alto de una columna que parece pensada para una figura de mayor envergadura, y que desde luego, como Teruel en su etiqueta de ciudad, tampoco encaja con la imagen que evoca la palabra “toro”. Así que sí, sólo puede llamársele “torico”.



La plaza tiene la solera y el encanto de los lugares con aire claramente de otra época, aunque combine las fachadas de acento medieval, con otras de evocaciones decimonónicas, indefinidas o rotundamente modernistas. Y esto mismo ocurre también en las calles cercanas .


Pero quizás la seña de identidad más clara de Teruel es la presencia de las coloridas y minuciosas torres mudéjares, que recuerdan el esplendor que dieron a la ciudad los árabes antes de ser definitivamente vencidos, y cuya presencia más allá de la derrota supo asimilar esta tierra como pocas, hasta que ya no la dejaron.


Todo esto encajaba dentro de lo esperado por lo que había oído de Teruel, y salvo el tamaño del torico, no me sorprendió demasiado. Y entre lo más sabido y esperado estaba también encontrar algo sobre sus famosos amantes, cuya leyenda yo conocía de forma bastante superficial. Efectivamente, hay todo un edificio dedicada a ella, reconstruido sobre el escenario real allá por el siglo XIII de la historia que dio origen a la leyenda, y que se basa en el hallazgo de un documento que la narra grandes rasgos, y de dos pequeñas “momias” enterradas juntas, que hasta el siglo XIX fueron expuestas de forma vertical y bastante tétrica. Entonces alguien decidió erigirles el “mausoleo” donde se exponen actualmente, colocando los féretros debajo de dos estatuas cuyas manos se acercan sin tocarse, evocando lo imposible de aquel amor. Menos mal que alguien puso algo de sentido común y de poesía en el recuerdo físico de los trágicos enamorados, porque lo anterior difícilmente dejaba hueco al amor en la imaginación.



Como eco del regustillo tétrico que tenía la historia, aparte de las momias que se dejan entrever bajo las estatuas, se conserva el relieve de los dos esqueletos en el lugar en el que fueron hallados. Y lo que resulta más sorprendente es lo pequeñitos que eran...





En el propio mausoleo se encuentra recogida la versión “oficial” de la historia, que recuerda un poco a la de Romeo y Julieta: amor imposible por las circunstancias sociales, y muerte final de ambos amantes de forma que parece una mala broma del destino. La versión allí transcrita, basada en la que cuenda el documento del siglo XIV, es la siguiente:

"En Teruel un joven llamado Juan Martínez de Marcilla, se enamoró de Segura, hija de Pedro Segura. El padre no tenía otra hija y era muy rico. Los jóvenes se amaban mucho, hasta el punto que se hablaron. El joven le dijo que la deseaba tomar por esposa, ella respondió que el deseo de ella era el mismo, pero que supiese que nunca lo haría sin que su padre y madre se lo mandasen. Entonces, él la quiso más. El era un buen joven, pero no tenía riquezas.

El joven dijo a la doncella que, como su padre tan sólo le despreciaba por la falta de dinero, que si ella lo quería esperar cinco años él iría a trabajar por mar y por tierra, donde poder ganar dinero. Ella se lo prometió.

Peleando contra los moros, ganó pasados cinco años cien mil sueldos, por mar y por tierra.

La doncella en este tiempo fue muy importunada por el padre para que tomase marido. Su respuesta era que había votado virginidad hasta que tuviese veinte años, diciendo que las mujeres no debían casar hasta que pudiesen y supiesen regir su casa. El padre como la amaba la quiso complacer.

Pasados los cinco años el padre le dijo: Hija, mi deseo es que tomes compañía. Ella, viendo que el plazo de los cinco años había pasado y no sabía nada del enamorado, dijo que lo haría. En seguida el padre la desposó y al poco tiempo se realizaron las bodas; y el otro llegó.

El enamorado se puso tras el lecho de su amada ya desposada y le dijo: bésame que me muero y ella repuso: No quiera Dios que yo falte a mi marido. Por la pasión de Jesucristo os suplico que busquéis a otra, que de mí no hagáis cuenta, pues si ha Dios no ha complacido, tampoco me complace a mí. El dijo otra vez: bésame que me muero; repuso ella: No quiero.

Entonces el cayó muerto. Ella, que lo veía como si fuera de día por la gran luz de la habitación, se puso a temblar y despertó al marido diciendo que roncaba tanto que le hacía sentir miedo, que le contase alguna cosa. Y él contó una burla. Ella dijo que quería contar otra. Y le contó lo ocurrido y de cómo con un suspiro Juan había muerto.

Dijo el marido: Oh! Malvada, y ¿Por qué no lo has besado? Repuso ella: por no faltar a mi marido. Ciertamente, dijo él, eres digna de alabanzas.

El, todo alterado, se levantó y no sabía qué hacer. Decía: Si las gentes saben que aquí ha muerto, dirán que yo lo he matado y seré puesto en gran apuro.

Acordaron esforzarse y lo llevaron a casa de su padre. Lo hicieron con gran afán y no fueron oídos por nadie…

A la joven le vino al pensamiento cuánto la quería Juan y de cuánto había hecho por ella, y que por no quererlo besar había muerto. Acordó ir a besarlo antes que lo enterrasen; se fue a la iglesia del señor san Pedro, que allí lo tenían. Las mujeres honradas se levantaron por ella. Ella no se preocupó de otra cosa más que de ir hacia el muerto. Le descubrió la cara apartando la mortaja, le besó tan fuerte que allí murió. Las gentes que venían que ella, que no era parienta, estaba así sobre el muerto, fueron para decirle que se quitase de allí pero vieron que estaba muerta. El marido contó a todos a los que había delante el caso según ella se lo había contado. Acordaron enterrarlos juntos en una sepultura.

Los actos que aquí se hicieron fueron muchos, aquí se ha puesto tan breve como veis."

Y tras leerla una comprende la coletilla de “tonta ella y tonto él” que se le puso a los pobres amantes de Teruel, porque mueren de una forma bastante tonta (desde luego, sin la grandeza trágica de lucha contra el destino de los de Verona), y si la súplica de “Bésame que me muero” y la posterior muerte por puro dolor amoso del joven puede, si una se deja llevar, resultar tierna y conmovedora, la actitud de ella resulta un poco fría y bastante incomprensible (y la del marido ya no digamos), con lo que su muerte no tiene ni siquiera la lógica sentimental de los absurdos del amor.

En torno a los amantes ha surgido toda una Fundación que supongo que toma todo esto como pretexto para recuperar y reivindicar algo mucho más amplio que la leyenda de un amor desgraciado convertido en proverbial por la cultura y la lengua populares: ese pasado histórico de Teruel, y de paso, sus posibilidades turísticas, claro que sí. Y creo que lo están haciendo bastante bien y que nosotros los pillamos en pleno proceso todavía, porque todo estaba o nuevecito y como recién estrenado, o con andamios y cerrado por obras.

Pero lo más sorprendente sin duda es la pequeña Iglesia de San Pedro, que está pegada al mausoleo y vinculada a la historia de Juan e Isabel porque se supone que allí los velaron y a su lado los enterraron. Nada más abrir la puerta y recibir la primera impresión, a mí me llegó una emoción muy rara a la garganta, no sé si porque no me esperaba que fuera así o porque era tan bonita que su imagen casi golpeaba como una bocanada de viento.

Es una iglesia distinta a todas, porque sobre su estructura sencilla, y similar a otras iglesias, se añadió en el siglo XIX una peculiar y colorista decoración de las paredes, modernista y abigarrada como todo lo modernista, combinando colores y motivos imposibles pero que inexplicablemente, y tal vez por una acertada iluminación, logran un resultado espectacular. Lo único monocromo es, a la inversa de otras iglesias, el retablo central de madera. Pero solo por esta iglesia (que nos explicó con un también extraño entusiasmo lacónico una guía jovencita con aires de maestra) merecería la pena la visita, de verdad.



Por la tarde nos acercamos a Albarracín, pueblo rotundamente medieval, extraordinariamente conservado y completamente incrustado en la sierra con la que comparte nombre, que lo llena de cuestas y radicaliza aquel encanto de la verticalidad que en Teruel aparece de forma más suave y moderada.


Pues eso: que Teruel existe, y el que lo dude, que se acerque a comprobarlo. Dudo mucho que se arrepienta. Y si lo hace, que pruebe el jamón que nosotros no probamos, que, según dicen, seguro que se le pasa.




(Y tengo que darle mil gracias a Ubalda por las fotos maravillosas, que yo no hubiera sabido hacerlas tan bien aunque hubiera tenido en mis manos esa cámara que siempre se me olvida cuando más debería acordarme de llevarla.)

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