sábado, 6 de septiembre de 2008

Hermosísimo invierno de mi vida


Hermosísimo invierno de mi vida,
sin estivo calor constante hielo,
a cuya nieve da cortés el cielo
púrpura en tiernas flores encendida;

esa esfera de luz enriquecida,
que tiene por estrella al dios de Delo,
¿cómo en la elemental guerra del suelo
reina de sus contrarios defendida?

Eres Scytia del alma que te adora,
cuando la vista, que te mira, inflama;
Etna, que ardientes nieves atesora.


Si lo frágil perdonas a la fama,
eres al vidrio parecida, Flora,
que siendo yelo, es hijo de la llama.

¿Puede haber una forma más bella de expresar amor a alguien que no te corresponde que decirle "hermosísimo invierno de mi vida"? Quizás sí, pero a mí siempre me ha encantado ésta, que lleva por título "Admírase de que Flora, siendo toda fuego y luz, sea todo hielo". (Los títulos en el Barroco eran así, un resumen que daba una idea de qué iba el texto, porque a veces el texto no era nada fácil de entender sin esa ayuda).

Su autor, Don Franciso de Quevedo y Villegas, tan admirado como odiado o temido en su época, y tan proverbial como en realidad desconocido en la nuestra, se dirigía a un lector culto que dominaba las referencias mitológicas (en este caso, por ejemplo, la laguna Scytia o Estigia, río de lava, uno de los que tenían que cruzar las almas de los muertos en la mitología clásica, o el Etna, volcán cubierto de nieve) y todo el sofisticado código lleno de convenciones que se empleaba en la poesía amorosa de su época, el siglo XVII.

Una de estas convenciones, que recogían una tradición de siglos, consistía en utilizar, para expresar el obligado desdén amoroso de la mujer a la que dedicaban sus poemas, imágenes del hielo, la nieve, el frío y el blanco (el desdén preservaba la pureza). Estas imágenes se contraponían al fuego, las llamas, el calor y el rojo, con que se representaba la pasión amorosa, y daban lugar a toda una serie de contraposiciones y juegos de ingenio que expresaban lo contradictorio de ese sentimiento apasionado e inevitable, pero imposible al no ser correspondido. Y Quevedo, una de las mentes y las plumas más inteligentes, agudas y sorprendentes que ha habido en la historia, las utilizaba de forma deslumbrante, llegando a un "retorcimiento" conceptual sin parangón que se convirtió en mítico ya en su época.



Su propia figura está llena de contradicciones, como el tiempo que le tocó vivir: la época reflejada por Reverte en sus populares libros sobre Alatriste, la época en que España era todavía un gran imperio pero estaba ya desmoronándose carcomido por la miseria; la época en que los nobles se dedicaban al lujo, los juegos de ingenio y el galanteo amoroso mientras el pueblo moría por todas las causas posibles: guerra, enfermedad, hambre; la época que se refugiaba del sufrimiento que era vivir así pensando en la deslumbrante representación teatral de los domingos y fiestas de guardar, que cumplía la misma función que hoy el fútbol.

Quevedo, innovador como pocos en la poesía, era ideológicamente ultraconservador y reaccionario, clasista, machista, racista, además de convencida y activamente intolerante (y su poesía satírico y burlesca, que es la más abundante, da fe de ello). Era un noble que creía en las antiguas tradiciones y que miraba con desprecio los intentos de alterar del orden establecido de los que pretendían ascender en la escala social, cosa que a él le parecía completamente inaceptable y casi una aberración "contra natura". En las antípodas de lo que hoy conocemos como "políticamente correcto", no tenía pelos en la lengua, y decía siempre lo que pensaba con toda su crudeza, que solía ser mucha, porque tenía un talante hipercrítico. Y esto terminaría incluso por llevarle a la cárcel, tras poner un poema de denuncia de la política del Conde duque de Olivares (al que odiaba concentrada y apasionadamente) debajo de la servilleta del rey.

Genio indiscutible de la literatura, su personalidad resulta bastante antipática, por lo que pensaba y por cómo lo decía. Aunque fuera con mucho ingenio, no le importaba herir, y de hecho, hería. Y a eso dedicó esa parte prolífica de su poesía que es la satírico burlesca, de la que hablaré otro día y pondré alguna muestra. Y también de su poesía filosófica o metafísica, donde expresa como nadie la angustia por el paso del tiempo, que hace que el vivir sea en realidad morir porque vivir no es más que acercarse a la muerte minuto a minuto.

Pero ahora me gustaría centrarme en su otra gran contradicción: la de "misógino enamorado". Por que sí, Quevedo fue un convencido y activo misógino (tiene poemas y textos en prosa durísimos contra las féminas: odiaba a las mujeres infieles, a las que utilizan ungüentos y ardides para aparentar una belleza que en realidad no tienen -en general, Quevedo se muestra especialmente obsesionado y cruel con todo lo que sea "falsedad" y apariencia-, a las feas, a las viejas, sobre todo a las que intentan parecer jóvenes, a las infieles, a las que sólo corresponden al amor por dinero -"madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado...", dirá en su conocidísima letrilla "Poderoso caballero es Don Dinero"-, etc., etc., etc.) y en su biografía no hay ni un atisbo de algo que pueda parecerse a una historia de amor. Y sin embargo, es autor de algunos de los poemas amorosos más bellos en lengua castellana.

Hay quien dice que esos poemas, que son muchos, no son más que un ejercicio retórico, uno de sus alardes de manejo y retorcimiento del lenguaje poético, para el que el sentimiento amoroso no es más que un pretexto convencional como cualquier otro. Pero otros se resisten a creer que tanta belleza expresiva pueda surgir sin un fondo de autenticidad. Es decir, ¿es posible expresar tanto y tan bien el sentimiento amoroso si no se conoce el amor? Por eso hay quien dice que, en realidad, su odio a las mujeres es un mecanismo de defensa frente al rechazo, o el temor al rechazo, porque Quevedo era muy poco agraciado físicamente (era tremendamente miope, jorobado, bajito, desgarbado) y, además, de un carácter irascible, con tendencia al mal genio, y todo eso lo hacía ser un candidato poco idóneo para el éxito amoroso.

Así que hay críticos y biógrafos que insisten en que sí, en que Quevedo tenía que conocer ese amor puro, precioso, idealizado e imposible. Seguramente, mejor que nadie. Porque para él, real y dolorosamente, el amor era de verdad imposible. Para él, el amor sería inevitablemente siempre soñado y nunca vivido. El amor platónico, pura convención en otros poetas, sería en su caso amarga y forzosa realidad. Y precisamente la intensidad del sentimiento haría más insoportable el probable rechazo, y más necesaria la defensa. Y él eligió las púas. El rechazar antes de que me rechacen. El atacar antes de tener que defenderme. Y los que más se protegen son siempre los más frágiles.

Por eso me produce cierta ternura esa imagen del Quevedo condenado a la peor de las soledades, que debajo de sus filos malhumorados guardaba los sentimientos más puros, intensos y auténticos, que se le escapaban en forma de poemas amorosos que, por suerte, podia justificar como acordes a las convenciones de la época, que exigían a cualquiera que quisiera llamarse poeta el escribir versos de amor intenso y espiritual hacia una dama esquiva y desdeñosa.

Hay quien apunta de forma más atrevida a que detrás de los nombres fingidos que, como en los de todos los poetas del Barroco, aparecen en los poemas de Quevedo (Filis, Floralba, Aminta, pero sobre todo Lisi, a la que dedica todo un cancionero), se oculta alguna dama concreta y real, que tal vez lo rechazó o que tal vez jamás llegó a saber del sentimiento apasionado que despertaba en el corazón que latía tras la pluma más afilada, temida y aplaudida de su época. Otros creen que Quevedo era en realidad una especie de "enamorado del amor", que escribe poemas a una mujer ideal, abstracta, inexistente e imposible, pero no por ello menos amada, deseada o necesitada.

Los poetas cultos del XVII cantaban obligatoriamente, por convención, a una dama que jamás correspondía, y ese sentimiento era inevitable (por la belleza de la amada, de la que era imposible no enamorarse), consecuentemente contradictorio (mezcla amor y rechazo, deseo y pureza, ansia de felicidad y sufrimiento profundo, es inevitable e irrealizable, se siente para siempre y nunca se realiza) necesariamente espiritual (el rechazo impedía la realización física, y el enamorado, atrapado en ese sentimiento imposible, renunciaba a ella) y vinculado siempre al sufrimiento y al dolor, cuya expresión metafórica más frecuente era la muerte (algo así como el "vivir así es morir de amor" que dirá tres siglos después Camilo Sesto). Y esta convención se hizo dolorosamente real en la historia de Quevedo, y quizás por ello él escribió los poemas en que este sentimiento rebuscado y arfificial late más profundo y auténtico.

Así, escribió algunos poemas donde intenta definir o describir el amor (casi nada), aprovechando esa naturaleza contradictoria para hacer ingeniosos juegos conceptuales, que eran su fuerte y en los que no tuvo rival ni en su época ni en los siglos sucesivos. Y dudo que llegue a tenerlo jamás:

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero paroxismo,
enfermedad que crece si es curada.

Este es el niño Amor, éste es tu abismo.
¡Mirad cual amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!


A pesar de que él habla siempre de un amor platónico, puramente espiritual e imposible, que no depende en absoluto de su posibilidad de correspondencia carnal (que sí, señores, haberlo haylo, aunque sea una rarísima avis, y más en los tiempos que corren, digan lo que digan los escépticos devotos del ¿por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?), el soñar con la realización física brota en algún que otro poema (nada humano le es ajeno), y ese sueño se convierte en una forma más de expresar el sufrimiento por amor y en excusa para "galantear" a esa dama que seguramente no existe. Aclaro por si acaso que "gozar" en la época tenía un sentido claramente sexual; de hecho, era la forma más eufemística y elegante de decirlo, y que este poema resulta bastante insólito en una época en la que jamás se hacían referencias al sexo en los poemas. E insisto en que Quevedo, recogiendo toooodas las convenciones y tradiciones de la poesía de los siglos anteriores, fue un gran innovador, mucho más atrevido que el resto de los poetas coetáneos, a lo que sin duda contribuía su carácter agrio, desdeñoso e hipercrítico, que le hacía estar seguro de que era su propio criterio, y no el de nadie, el correcto:

¡Ay Floralba! Soñé que te ... ¿Dirélo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba.
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?

Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.

Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte».

Mas desperté del dulce desconcierto;

y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.


Pero es que además, Quevedo va a encontrar en este amor imposible y espiritual a la fuerza, un bálsamo salvador, una balsa a la que aferrarse en el naufragio que era para él la existencia. Él sentía dolorosa, auténtica y profundamente lo que podemos denominar "angustia vital", que será el centro de su poesía filosófica o metafísica: concibe la vida como un viaje irreversible e imparable hacia la muerte, y siente angustiosamente el paso del tiempo como los pasos involuntarios que nos llevan de forma irrefrenable hacia ella. Vivir es morir, y el tiempo, consustancial a la vida, es destructor: nuestra vida es tiempo, pero es ese tiempo (y por tanto, nuestra vida) lo que nos deshace.


Pues bien: el amor espiritual y constante a pesar de no ser correspondido, que sobrevive por tanto al tiempo, sobrevivirá también a la muerte. Si el amor es auténtico y no depende de las contingencias de la carne, no pertenece al cuerpo mortal sino al alma inmortal (Quevedo era católico y creía -o, al menos, quería creer- en la inmortalidad del alma) y, como ella, seguirá cuando el cuerpo ya no viva. Somos polvo, y en polvo nos convertiremos, pero Quevedo dirá que el que ama será "polvo enamorado", siendo ese amor lo que da sentido y trascendencia a la propia existencia más allá de la muerte. Y así lo expresó en su poema amoroso más conocido y valorado por los críticos:

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esa otra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
medulas, que han gloriosamente ardido:

su cuerpo dejará no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.


Insisto en que Quevedo no pretendía llegar a todos los lectores; es más, como todos los escritores del Barroco, buscaba un lector selecto que estuviera a su altura. Cuantos más difícil de entender era un poema, más ingenio había sido necesario para crearlo y, por tanto, más altura intelectual demostraba su autor. Y el "ingenio" (palabra que se empleaba en la época para designar ese nivel intelectual) de Quevedo radica en sus asociaciones asombrosas de ideas y en la condensación expresiva: cada palabra se elige cuidadosamente y se emplea con toda una constelación de significados y asociaciones de ideas.


Así, por ejemplo, Quevedo le dirá a su soñada amada "los médicos con que miras...", como un piropo a sus ojos. Y ojo a todo lo que está diciendo con esas cinco palabritas de nada: los ojos de la amada son médicos, porque los médicos para Quevedo eran "matasanos" que en vez de curar matan, y ella mata con sus ojos porque son tan bellos que enamoran, pero como es desdeñosa el que la ama sufre, es decir, muere de amor...


Y esto es solo un ejemplo, porque en Quevedo cada verso es más o menos así. Y si ya para sus lectores contemporáneos era un autor difícil, que había que leer (y a veces hasta releer) despacito y con cuidado para poder comprenderlo, para el lector contemporáneo, acostumbrado a la inmediatez, al flash, al mensaje casi intuitivo que a veces no es necesario ni racionalizar, puede ser estéticamente tan extraño como un poeta extranjero cuya lengua no se domina demasiado.

Y es que para leer la mayoría de los poemas de Quevedo hay que hacer, sin duda, un esfuerzo y emplear un extra de atención. A mí, personalmente, me parece que el esfuerzo merece la pena, y conmigo logra lo que pretendían todos los poetas de su tiempo: provocar aunténtica y sincera admiración y asombro por lo que es capaz hacer con palabras en manos de otros tan lisas y llanas, pero que él sabe colocar en el sitio justo y la combinación exacta para que se llenen de significados, sentidos, matices, relaciones, ecos, brillos y resonancias. Porque Quevedo es, sin duda, y al margen de la antipatía o simpatía que pueda despertar su figura (qué difícil es a veces saber valorar el arte sin juzgar al artista) de los pocos genios que en el mundo han sido. Pero genio de verdad.

Y dejo dos poemas amorosos más, menos conocidos pero que también me gustan mucho.

Uno, toda una reivindicación del superviviente sentimental, con la que me he identificado mucho en muchos momentos de mi vida:

Tras siempre arder, nunca consumirme;
y tras siempre llorar, nunca acabarme,
tras tanto caminar, nunca cansarme;
y tras siempre vivir, jamás morirme;

después de tanto mal, no arrepentirme;
tras tanto engaño, no desengañarme;
después de tantas penas, no alegrarme;
y tras tanto dolor, nunca reírme;

en tantos laberintos, no perderme,
ni haber, tras tanto olvido, recordado,
)qué fin alegre puede prometerme?

Antes muerto estaré que escarmentado:
ya no pienso tratar de defenderme,
sino de ser de veras desdichado.


El otro es uno de esos poemas que surgen de algo trivial y que los poetas del Barroco solían utilizar como excusa para crear un texto en el que se hagan curiosas y sorprendentes asociaciones de ideas, u originalísimos juegos de palabras, y así sorprender o "admirar" al lector -o al auditorio, porque muchos de estos poemas se recitaban en la corte y formaban parte del entretenimiento y la vida social-, y lucir el propio "ingenio". Así, Quevedo tiene poemas en los que piropea a su dama a raíz de que se pinchó en un dedo, o se soltó el pelo o le contó que tenía frío (aunque también tiene poemas burlescos y satíricos en la misma línea, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión), y por algo así surgió también el famosísimo "Un soneto me manda hacer Violante" de su coetáneo Lope de Vega.

En este, Quevedo ensalza la belleza de su dama por la imposibilidad de retratarla, concluyendo que sólo un espejo podría hacerle un retrato digno:

Si quien ha de pintaros ha de veros,
y no es posible sin cegar miraros,
¿quién será poderoso a retrataros,
sin ofender su vista y ofenderos?

En nieve y rosas quise floreceros;
mas fuera honrar las rosa y agraviaros;
dos luceros por ojos quise daros;
mas ¿cuándo lo soñaron los luceros?

Conocí el imposible en el bosquejo;
mas vuestro espejo a vuestra lumbre propia
aseguró el acierto en su reflejo.

Podraos él retratar sin luz impropia,
siendo vos de vos propia, en el espejo,
original, pintor, pincel y copia.


Precioso piropo con la misma idea que utilizaron también en una canción, pero de la forma mucho más simple, llana y directa que exigen nuestros tiempos, Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán (¿Puede haber un nombre menos comercial y currado para un grupo musical que éste?) en la canción Sólo pienso en ti, que versionarían luego, entre otros, Amistades Peligrosas o Miguel Bosé, que es la versión que a mí más me gusta y la que os dejo, hala:

video

4 comentarios:

El increíble hombre menguante dijo...

Soy de los que está plenamente convencido de que las más grandes historias de amor sólo pueden ser contadas por amadores. Si el amor es correspondido tendremos una historia bonita, tierna, llena de una energía que sale directamente del pecho del enamorado. Por contra, si no hay correspondencia sufriremos el ahogo del que ni respirar puede.

Y sí, podrá haber poetas con recursos para deleitarnos con historias surgidas de su estómago, su páncreas o sus dedos meñiques. Podrán gustarnos, pero no llenarnos. Sólo los enajenados por el amor escriben de verdad con el corazón.

...menguante dijo...

Por cierto, se me olvidó decir... "un beso, guapa!".

NoSurrender dijo...

Un trabajo interesantísimo, Kamala. Lo guardo en mi Pc, con tu permiso y tu copy right.

kamala dijo...

Increíble hombre menguante: yo estoy más o menos de acuerdo. Se puede hablar de amor sin sentirlo,y se puede hablar muy bien. Se puede deslumbrar y sorprender, pero difícilmente se puede conmover.

Muchos besos.

Nosurrender: lo guardas con mi permiso, mi copyright y mi sorpresa, porque sinceramente dudaba que nadie se lo leyera entero (soy consciente de que me enrollo más de lo recomendable para un blog).Así estoy contentísima de que no sólo te lo hayas leído, sino que te haya interesado tanto.


Un saludo.

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