domingo, 21 de septiembre de 2008

La Expo que me perdí


No me compré el pase de temporada para la Expo de la que Zaragoza hace ahora balance. Y lo lamento mucho. Porque a pesar de que yo no soy nada aficionada a eventos multitudinarios y a esas modas, que se convierten sigilosamente en imposiciones latentes cayéndonos encima no sé bien de dónde y no sé bien cómo (te tiene que interesar esto, o apetecer esto, o gustar esto, tienes que hacer esto ahora, visitar este lugar), a mí me gustó la Expo. Sobre todo, la que me perdí.

Como Julio lo tuve tan complicado y ajetreado, no empecé a gastar mi pase de tres días hasta bien entrado el mes de Agosto. Concretamente, esperamos hasta el día 8, viernes, porque era el día de Cuba. Y allá fuimos, Dei y yo, teniendo clara una cosa: nos negábamos rotundamente a hacer colas, (salvo la de la entrada a las 9, que esa era inevitable), lo cual en otras circunstancias nos hubiera condenado a no ver nada, tal y como estaban las cosas a aquellas alturas de esta Exposición en teoría sobre agua y desarrollo sostenible. Pero como teníamos “enchufe” (la hermana de Dei trabajaba en la Expo como intérprete y nos consiguió las entradas para algunas de las cosas más demandadas) pudimos ver sin problemas, por ejemplo, el Acuario Fluvial, muy bien pensado y organizado para ofrecer la representación de las principales cuencas hidrográficas del mundo y su idiosincrasia (la del Amazonas, la del Nilo, etc., etc.), pero que cometía el fallo, para mí imperdonable, de tener solo paneles explicativos generales de cada zona, pero no carteles que te explicaran qué especie en concreto era cada una. Luego me contaron que esto fue premeditado, para que la gente no se parara y agilizar las visitas. Qué manía, como siempre, de darle más importancia a la cantidad que a la calidad. En fin, habrá que volver, porque es de las cosas que se quedan.

Luego, vimos la espectacular Cabalgata de la Serpiente del Circo del Sol, llena de sonidos, movimientos y colores, que discurre entre los pabellones dándole ese aire de fiesta insólita y sorprendente que era una de las cosas que más me gustaba de lo que sucedió durante tres meses en el meandro de Ranillas. Nos metimos en El Faro (pabellón de iniciativas ciudadanas, el espacio más “solidario” y alternativo de toda la Expo) a ver un cuentacuentos internacional bastante flojo y cerca de la una, corrimos a la salida del palacio de congresos para ver salir a los representantes de Cuba.

La comitiva de protocolo y seguridad que estaba dispuesta en la puerta debió de considerar extraño y tal vez sospechoso el vernos allí, a Dei, su hermana, su cuñado, su niña de cuatro años y a mí, plantificados bajo un sol de justicia (me quemé la espalda y todo), esperando un largo -y aburrido- cuarto de hora hasta que salieron los emisarios de la isla caribeña. No era el admirado Pérez Roque, que a Dei le hubiera hecho mucha más ilusión, pero sí estaba el ministro de Comercio. Yo creía que Dei se arrancaría con un "Viva Cuba!", o "Revolushion o muerte" o "Viva la revolushion!" a pleno pulmón, pero curiosamente se limitó a decirme (y bajito) “hazle una foto”. Y se la hice. Y esa fue toda nuestra aventura en el día de Cuba en la Expo, por el que habíamos estado esperando para ir.

La mañana dio para mucho, porque aún nos dio tiempo de ir a la Torre del Agua, uno de los emblemas arquitectónicos de la Expo, junto con el Pabellón Puente, que arquitectónicamente estará muy bien y por fuera es bonito, pero a mí me decepcionó lo desaprovechadísimo que estaba por dentro (daba la impresión de que lo rellenaron con cualquier cosa porque había que rellenarlo y punto).


La Torre del Agua es un edificio peculiar, de efectos extraños y sorprendentes , en cuyo corazón hay una especie de escultura extraña que se ve primero desde abajo, y según se va subiendo por las pasarelas en forma de espiral que ascienden por sus muros, se termina viendo desde muy arriba. Todo un reto para mi vértigo.






Sus principales fallos son dos. Uno, señalado por Dei, que tiene razón: no deberían de haber cerrado tanto las vistas del exterior. Aunque eso para mi vértigo es muy tranquilizador, reconozco que le quita encanto y deja sin aprovechar su principal ventaja: ofrecer una vista espectacular de la gran llanura de Zaragoza, que queda como “fragmentada” por lo compacto de la red de cemento que recubre los cristales de la torre. Y dos: que en lo alto pusieran un chiringuito turístico, con bar, tienda de recuerdos y, por supuesto, su Fluvi.

Nos fuimos a comer fuera, pero con nuestros pases para la tarde: para el Pabellón de España (cuyas colas eran ya y justamente míticas), para un espectáculo denominado “Agua extrema” y para el espectáculo acuático musical “El hombre vertiente”. El Pabellón de España.... bueno, psche, está bien, pero no entiendo el entusiasmo general con que me lo describían otros visitantes. Al entrar proyectaban una audivisual bastamte vistoso en la bóveda del primer sector del pabellón, y a continuación se accedía a la exposición, muy parecida a cualquier sala de un museo de las ciencias.

De ahí nos fuimos corriendo a lo del Agua Extrema, y descubrimos que se trataba de la (supuesta) recreación de un tsunami, para la cual fue inevitable una cola de más de media hora (ays, nuestros firmes propósitos) bajo el sol, tras la cual accedimos a otra cola más breve bajo techo, en la que nos distribuían por puertas, nos daban una especie de bolsa de la basura azul muy grande que debía hacer las veces de chubasquero y que, reconozcámoslo, nos daba a todos, jóvenes y viejos, grandes y pequeños, rubios y morenos, un aspecto objetivamente ridículo, mientras unas pantallitas avisaban con signos iconográficos que si padecías del corazón no entraras, que cuidado con tus objetos personales y cosas por el estilo, que la verdad, podrían generar cierta inquietud pero que en realidad yo creo que deslucían bastante lo que vendría después e incrementaban el chasco. Porque el espectáculo consiste en que sientan al público, conveniemente preparado con su bolsa de la basura azul a modo de chubasquero con capucha, en unas gradas metálicas frente a una gran pantalla, y proyectan un documental sobre el tsunami, en que se ven los momentos previos, y cuando se supone que se produce la gran ola, salpican un poquito a los espectadores e incluso se dan un par de leves meneos (a nosotros ni eso, porque el pase que nos consiguió la hermana de Dei solo pudo ser de los destinados a embarazadas, niños pequeños y minusválidos), con lo cual sales con cara de tonto y pensando “para esto, tanta historia".

Menos mal que luego el espectáculo de El hombre Vertiente, a pesar de pillarnos ya con ocho horas de Expo encima, un par de colas a regañadientes, y mucha caminata (que el recinto de Ranillas, a lo tonto a lo tonto es muy grande y te obliga a moverte), nos devolvió la fe en la capacidad organizativa de eventos del ser humano.

El espectáculo habla sobre la relación entre el hombre y el agua, y lo hace utilizando todos los recursos escénicos posibles (coreografía, música, decorados, iluminación, manejo del agua) para que el resultado sea sencillamente impactante. Hay muchos vídeos en el Youtube, pero yo os aseguro que verlo en vivo y en directo hacía que mereciera la pena visitar la Expo.

Al salir, en un esfuerzo insólito en Dei (que es mucho menos de eventos multitudinarios que yo, y se cansa mucho antes, y llevábamos ya once horitas de nada en uno), nos fuimos a la Tribuna del Agua, espacio donde tenían lugar entrevistas, mesas redondas y conferencias, y que sería el principal motivo por el que a mí me hubiera encantado tener un pase de temporada. Es más, creo que deberían de haber articulado alguna manera para que se pudiera acceder directamente, sin tener que pagar los cuarenta euros de entrada, si sólo te interesaba ver esto. Yo solo pude ver tres, pero hubo todo un ciclo de presencias literarias, y por allí pasaron Antonio Gala, Ana Mª Matute, Luis Alberto de Cuenca o Ian Gibson. Tan lejos y tan cerca. Ays. En fin.

Aquel día, estaban Rosa Regás y Rosa Mª Sardá, comprometida hasta la emoción con el injusto y cínico reparto desigual del agua (y del todo) en el mundo. Yo estaba muy emocionada por tenerla allí, tan cerca, porque siempre me ha gustado mucho esta mujer, pero como soy tímida, no me atreví a ir ni a pedirle un autógrafo, ni a saludarla ni nada. Dei sí, y como le dabamos pena mi timidez y yo, se acercó ya fuera, con la sana intención de hacer de intermediario, y le pidió un autógrafo, mientras yo miraba desde lejos y de reojo. Y así estuve viéndolos hablar, un buen rato. Luego me contó que ella le dijo que nunca daba autógrafos, porque no le gustaba, así que le dio dos besos, y Dei se puso a hablarle de pesimismo e injusticia, y ahí se entusiasmaron los dos. Mientras yo miraba, desde lejos y de reojo. Mecagüenlatimidez.

Terminamos el día en los Pabellones de las Comunidades Autónomas, que tenían chiringuitos típicos de cada comunidad abarrotados de gente, claro, para terminar subiendo a la azotea y ver a Zaragoza vestida de noche y de gala para la perspectiva que sólo la Expo le pudo dar.


Yo pude acudir tres días más, porque Dei me cedió uno de los suyos. Fueron días de colas multitudinarias, todos, por lo cual (mantuve a rajatabla mi propósito de no hacer ni una cola más) no vi ninguno de los pabellones que la gente dice merecían la pena: no vi el de Alemania, ni el de Corea, ni el Kuwait, ni el de Japón, ni el de Aragón, ni el de Polonia –cuyo principal reclamo parece ser unas rubias espectaculares que ofrecían cerveza-. Y claro, los que pude ver me gustaron más bien poco, porque o bien eran simples stans turísticos del país en cuestión, o bien meros mercadillos que debían vender poco porque florecían los carteles de precios con sucesivas rebajas (algunas de escándalo). Algunos buscaban complacer al visitante con galletitas (como el de Bélgica) o con lugares para el descanso (como Turquía, que tenía toda una zona de hierba)que la verdad, funcionaban y el visitante agradecía.

Los de los países caribeños y los africanos estaban reunidos en sendos megapabellones, donde sí se veían, aparte de bares y mercadillos, todo tipo de objetos típicos y curiosidades como una cigarrera cubana haciendo su labor allí mismo:


Sí me gustó, contra todo pronóstico, el Pabellón de Galicia, aunque reconozco que quizás me endulce la mirada la morriña. En él había un panel, hecho con tapers llenos de agua de muchísimos lugares gallegos, en el que iban apareciendo distintas imágenes de mi tierra.

Busqué rauda el de mi pueblo natal, y miré la información que sobre él se ofrecía, que si algo tiene de bueno y que lo hiciera otrora famoso son sus aguas minerales, y lo encontré, aunque luego le reproché al chico que explicaba que no aparciera en el panel donde se señalaban los lugares más importantes de Galicia vinculados al agua (y me dijo que no fui ni la primera ni la única. Verineses del mundo, uníos y reclamad vuestros derechos como villa termal, aunque esté olvidada de la mano de su ayuntamiento, de la xunta y del turismo en general).




Lo mejor de la Expo, sin duda, lo que la hacía un evento especial, era ese aire de fiesta abigarrada donde tan pronto te encontrabas la cabalgata del Circo del Sol, como animaciones teatrales callejeras, como un grupo de tambores africanos, como un teatrillo de títeres, como payasos, o un grupo de música folclórica austríaco.



Lo mejor, también, las conferencias de la Tribuna del Agua, tanto de grandes presencias esperadas como inesperadas y a descubrir. Así, por ejemplo , yo me metí, porque era lo que había ese día, en la proyección de un corto titulado The end, de un tal Eduardo Chapero Jackson, tras el cual hubo un coloquio, moderado por Olga Viza, sobre el papel de la publicidad y los medios de comunicación en el problema del agua, y en el que aparecían representada la opinión de publicistas, instituciones, semiólogos, ecologistas, empresas privadas, la del propio director de film y la del público en general, a través de las preguntas de los asistentes, que fueron muchas, la verdad.

Y al día siguiente, mi último día, me metí en una conferencia-entrevista a un tal Javier Sierra, que aparecía en los papeles como un exitosísimo escritor turolense que había vendido miles de ejemplares incluso en Estados Unidos. Cuando lo vi sentarse, lo reconocí enseguida, por sus colaboraciones en Crónicas Marcianas en debates sobre temas “paranormales”, cuando yo no sabía lo que era madrugar aunque creía que madrugaba a veces, y podía ver la tele más allá de las 12. Y contra todo pronóstico, también resultó interesantísimo lo que dijo. Habló de lo que haba en sus libros: de la figura de Leonardo y lo que esconden algunos cuadros suyos, como La última Cena, de Napoleón y su experiencia egipcia, de relaciones insólitas entre culturas alejadas espacial y temporalmente, como la cristiana o la egipcia. Y ahí me acordé yo de lo insólito de los tres monos que hay en un capitel de una columna de la entrada al castillo de Loarre, y cuyo origen es claramente japonés, así que al final de la entrevista, y como no estaba Dei para sacarme las castañas del fuego, me sacudí la timidez, me acerqué, y le pregunté si sabía algo sobre eso. Me dijo que no, pero que le parecía muy interesante el tema, y que ya intentaría averiguar algo. Seguramente me lo dijo porque no podía decirme otra cosa, pero bueno, si por un casual Javier Sierra saca algo ahora sobre los tres monos con los ojos, los oídos y la boca tapados, ya sabéis quién le dio una idea.



De lo mejor también, los conciertos y espectáculos. Los que me perdí, claro. Mi adorada Alanis por poner solo un ejemplo. Yo me limité a los que la coincidencia me permitió, y eso que se lo puse difícil, porque los mejores espectaculos eran por la noche y yo solo estuve por el día. Fueron solo dos y completamente desconocidos para mí. Uno, el concierto de un grupo zaragozano llamado B Vocal, que hace versiones a capella de canciones más conocidas y salpica su espectáculo de humor, y dos, el último día, que me metí en el Faro , donde había una improvisación de un grupo denominado Jamming que fue absolutamente genial. Sólo participaban tres actores (luego, por su página web, descubrí que en realidad son cuatro), pero a cual mejor (Por cierto, estoy casi segura de que uno de ellos es el Jerón de Impares). Improvisan pequeñas escenas llenas de humor e ingenio a partir de casi cualquier cosa, pero especialmente, de las sugerencias que el público les hace a través de tarjetas, de viva voz o contándoles algún detalle de su vida (hicieron una a partir de los datos que les dio una pareja sobre cómo se habían conocido y lo que más y lo que menos les gustaba a uno del otro, realmente desternillante). Se hizo cortísima y les aplaudimos a rabiar. Os recomiendo que si tenéis oportunidad, ni se os ocurra perdéroslos.

El último día me fui ya de noche, dejándola abarrotada y llena de luces, gente, músicas, murmullos y ruido, mientras le contaba a mamá por teléfono que seguramente dentro de poco tendrá boda, y sabiendo que lo mejor de aquella Expo, que estaba a punto de apagarse para dejarnos en una resaca en la que ya no estaría ella en el horizonte, como excusa, promesa y asidero hasta para la crisis, había sido, sin duda, todo lo que me perdí. Sobre todo, porque eso lo puedo imaginar a mi antojo, y ya sabemos que la imaginación, e incluso el recuerdo, en estos casos suelen ser mucho más ocurrentes que la realidad.














2 comentarios:

El increíble hombre menguante dijo...

¿Que las rubias polacas regalaban cerveza?


Joder, si lo llego a saber sí que vamos a la Expo...

kamala dijo...

Yo no he dicho "regalaban", he dicho "ofrecían". Luego la cobraban, eso seguro, y cara...

¿Dónde has visto tú a rubias espectaculares regalar nada?

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