jueves, 23 de octubre de 2008

"Es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre"



Dali: Persistencia de la memoria




No tengo tiempo para nada. Salgo de casa sobre las siete de la mañana, corriendo en coche hacia la parada del bus, y ya no dejo de correr: en el instituto de arriba a abajo, de vuelta a casa, a correos, a las tiendas, a los encargos, a la escuela de idiomas, a la pelu, a casa. El día se me queda en nada y siempre me quedan cosas por hacer. La más importante de todas: perder el tiempo.

Echo de menos poder perder el tiempo, pasmada delante de la tele, ojeando revistas tontas, perdida por páginas de internet o dejando que se me ocurra alguna tontería para el blog. Me acuesto y me levanto cansada. Los fines de semana y sus dulces horas libres se me quedan en nada. El tiempo vuela, vuela, el muy cabrón, y es veloz no sólo para irme haciendo mayor y acercarme a la muerte, como hacía con Quevedo hasta volverle enfermo de obsesión, sino también para que no me quepa nada en él. Así que como no tengo tiempo, y uno siempre termina "cantando" a lo que no tiene (¿será por eso que ahora yo ya apenas escribo sobre el amor? :-P), quería poner un post sobre el tiempo, pero como no he tenido tiempo ni para pensar, no he pensado nada.

Y para qué decir con palabras torpes lo que otros dijeron mejor. Porque sobre el tiempo han pensado, hablado y cantado muchos, grandes -casi todos los grandes, diría yo- y pequeños.

Ya en el siglo XV, Jorge Manrique, en un poema surgido del dolor por la agonía del padre que le hacía evidente de un mazazo que la vida iba en serio y que envejecer, morir es el único argumento de la obra (grande, Biedma) dijo algo y lo dijo tan bien, que su eco fue resonando inevitablemente en casi todos los que en siglos posteriores sintieron algo sobre ello y necesitaron expresarlo en castellano. Hasta hoy, creo que no se ha sabido decir mejor:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.

El tiempo pasa callado, mientras nosotros vivimos ajenos a él, y nos trae una muerte sigilosa que vivimos procurando olvidar; el tiempo nos engaña, creando nostalgias, a veces injustas, del pasado; el presente no existe porque es un contintuo desaparecer y esto hace que el futuro tenga el mismo valor que el pasado. Porque el futuro, por grande y luminoso y prometedor que nos parezca, pasará igual que lo que ya pasó, así que podemos darlo por perdido.

En el siglo siguiente, Garcilaso de la Vega, con toda la serenidad, el optimismo casi ingenuo y la fe en la belleza que tenía el hombre renacentista, animará a una joven bellísima a coger de su "alegre primavera el dulce fruto antes de que el tiempo airado cubra de nieve la hermosa cumbre", porque "marchitará la rosa el viento helado, todo lo mudará la edad ligera por no hacer mudanza en su costumbre", revistiendo con palabras castellanas la idea heredada de clásicos como Horacio, que la había escrito en latín, y antes Ausonio en griego (sí, el pobre, lo que han hecho las compresas con su nombre y con él no tiene perdón, que era poeta), y nos legaron así el carpe diem optimista, vitalista y esperanzado como forma de afrontar el tiempo y su paso: todo pasa, y precisamente porque pasa, tenemos que aprovecharlo, agarrarlo, saborearlo, disfrutarlo. Para ellos es el tiempo el que da al mundo su valor y el acicate principal para el disfrute. Lo efímero es precioso y valioso precisamente porque desaparecerá, pero ahora tenemos la dicha y el privilegio de tenerlo.

Pero será en el Barroco cuando poetas como Góngora pero sobre todo Quevedo llenarán de angustia el hablar del tiempo, implacable destructor, y convertirán los poemas en diatriba angustiada y en queja desesperada. Para Quevedo, las horas serán azadas que están cavando su tumba en vida golpe a golpe, cobrando como salario su despesperación, y la vida no es un camino, sino una caída, un despeñarse por un precipicio, vertiginoso e imparable, hasta la muerte. El tiempo convierte el vivir en morir. Inmensa y tremenda paradoja que para él no era ningún retorcimiento de ingenio filosófico, sino una profunda y dolorosa verdad esencial que le angustiaba realmente:

Ya no es ayer; mañana no ha llegado;
hoy pasa, y es, y fue, con movimiento
que a la muerte me lleva despeñado.

Azadas son la hora y el momento
que, a jornal de mi pena y mi cuidado,
cavan en mi vivir mi monumento
.

El tiempo se lo lleva todo, todo; nada, ni lo más sólido ni lo más fuerte, puede resistirsele. Y a nosotros nos lleva hacia la muerte desde el mismo instante en que nacemos. Cada pequeño instante es un gran paso hacia ella:

Todo tras sí lo lleva el año breve
de la vida mortal, burlando el brío
al acero valiente, al mármol frío,
que contra el Tiempo su dureza atreve.

Antes que sepa andar el pie, se mueve
camino de la muerte, donde envío
mi vida oscura: pobre y turbio río
que negro mar con altas ondas bebe.

Todo corto momento es paso largo
que doy, a mi pesar, en tal jornada,
pues, parado y durmiendo, siempre aguijo
(...)
Quevedo ve la vida como granos de tiempo que, como los de arena, se nos escurren de las manos, aunque los queramos atrapar, y ve el desear el futuro, consustancial al vivir humano, como otra amarga paradoja de nuestra miserable condición, porque la llegada del futuro nos lleva a la muerte, y así, cada instante es una ejecución:

Cómo de entre mis manos te resbalas!
¡Oh, cómo te deslizas, edad mía!
¡Qué mudos pasos traes, oh, muerte fría,
pues con callado pie todo lo igualas!
(...)
Oh, condición mortal! ¡Oh, dura suerte!
¡Que no puedo querer vivir mañana
sin la pensión de procurar mi muerte!

Cualquier instante de la vida humana
es nueva ejecución, con que me advierte
cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana.

Verá en la inconsistencia del tiempo (el pasado no existe, el futuro tampoco, y tampoco existe el presente , pues en cuanto lo nombras ya es pasado) la causa de la inconsistencia de nuestra propia vida, que es tiempo, y de nosotros mismos, que no somos lo que ya fuimos, ni somos lo que seremos, y lo que somos ahora está dejando de ser continuamente (en el siglo XX muchos recogerán esta idea del tiempo como destructor hasta de la propia identidad, y muchos creerán que es lo más de la modernidad, cuando en realidad cuesta tanto inventar algo realmente nuevo...)

Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.



(Mis alumnos, cuando les explico estas cosas, siempre me dicen que Quevedo es un cenizo, y que para vivir pensando todo esto, mejor suicidarse... Yo les recuerdo entonces que Quevedo tenía razón, que vivió sintiendo con terror cómo el vivir le llevaba a la muerte, y que efectivamente, su terror se cumplió, porque se murió. Pero es que como muy bien dijo Manuel Vicent, a los jóvenes es muy difícil hacerles comprender esto, porque se sienten inmortales, y, además, para ellos el tiempo es aún aliado, y su paso, bueno, e incluso deseado, porque implica ir creciendo, conquistando experiencias y abriendo puertas. La vejez y la muerte están entonces tan tan tan lejos...).

Un siglo y algo después, en el paso doloroso del optimismo y la confianza ciega en la razón de los ilustrados hacia el abismo sentimental de los románticos y su desesperación, Goya expresó la misma angustia con otros materiales, y creó un impactante, elocuente e insuperable retrato del tiempo destructor, a través de su representante mitológico, Saturno, que, como él, devora a sus propios hijos.



Nietzsche y Unamuno (y luego García Márquez, en sus Cien años de soledad) concibieron el tiempo no como una sucesión lineal, sino como un recorrido circular, y crearon (o recrearon, no estoy segura) el mito del eterno retorno: la humanidad cree avanzar, pero la sucesión de acontecimientos es siempre la misma, aunque con distintos protagonistas (Unamuno utilizaba para ello la imagen de las nubes, que siempre vuelven aunque nunca sean las mismas). Y la historia no hace más que confirmarlo. Así, por ejemplo, todos los grandes imperios tienen su período de formación, expansión, apogeo y decadencia, con causas y cosas que, salvando las inevitables contingencias, encierran una forma esencial de suceder. Como casi todo. También lo corrobora el arte, en que, como dijimos, apenas se dice algo que no se haya dicho ya, y se oscila constantemente del clasicismo y la sobriedad a la obsesión por la innovación y el recargamiento. Y la filosofía, la política, la economía, o la ciencia incluso, se mueven por oscilaciones cíclicas semejantes. La linealidad, el avance, es, desde esta perspectiva, una ficción, y los seres humanos, miserables otra vez, somos como ratas en una rueda, creyendo caminar al mover los pies cuando en realidad recorremos el mismo camino, con los mismos errores y los mismos tropiezos, que otros recorrieron antes y otros recorrerán después. Todo sucede siempre igual, y esto permitirá a Valle afirmar que "quien sabe del pasado, sabe del porvenir". Conozcamos pues, historia, otras historias y otras vidas, para conocer la nuestra. Y que vivan las letras, la Literatura, la Historia, la Filosofía.

Ya en el siglo XX, serán los latinoamericanos los que logren dar acentos nuevos (e incluso sorprendentes) al viejo problema del tiempo del que tanto se había hablado ya, a estas alguras, en castellano.

Así, Borges concibe el tiempo como un jardín de senderos que se bifurcan. Como un laberinto de senderos en el que cada uno de ellos, eternamente, se bifurca en otro. Para él, en cada instante existen varias posibilidades, varios "porvenires posibles", de los cuales sólo uno se realizará. Pero en cada instante están todos esas posibilidades (la que fue y las que podían haber sido... ¿quién no lo ha pensado alguna vez? ¿dónde van los besos que no damos y las palabras que no decimos?¿hacia dóndellevaban los pasos que no damos y las puertas que no abrimos?), y cada uno abría a su vez varias posibilidades, creando una maraña de tiempos paralelos (los potenciales y los realizados) que tuvieron la misma existencia en aquel instante primigenio que los implicaba potencialmente. Para Borges, son todos igualmente importantes a efectos de conocer la Verdad, que reside en la totalidad del Universo (cuyo reflejo es el Aleph), y no los fragmentos que la realidad nos ofrece o que el hombre, miserable otra vez, no tiene más remedio que limitarse a percibir, precisamente porque forma parte de la totalidad (y un espejo no puede reflejarse a sí mismo). Y la totalidad del Universo (que sería la gran Verdad a conocer, aunque para el hombre sea imposible) es espacial y temporal.

Él expresó esta concepción a través de un relato, El jardín de los senderos que se bifurcan, donde habla precísamente de una novela que es metáfora del tiempo:

"Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros."

"Me detuve, como es natural, en la frase: 'Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan'. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase 'varios porvenires (no a todos)' me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La lectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras; en la del casa inextricable Ts'ui Pên, opta--simultáneamente--por todas. Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. De, ahí las contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden morir, etcétera. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de ese laberinto convergen: por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles usted es mi enemigo, en otro mi amigo."
(...)

El jardín de senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebia Ts'ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma."


Vivimos, pues, una existencia laberíntica a causa de ese carácter laberíntico del tiempo, y esto hace imposible conocer el verdadero significado y valor incluso de nuestros propios actos, porque no tenemos perspectiva. El que en un momento dado es un traidor puede ser, considerado con más perspectiva temporal, un héroe (el propio Borges trata este tema en su relato Tema del traidor y el héroe)y, sin ir más lejos, sin Judas, el traidor por antonomasia, Jesucristo nunca hubiera podido ser redentor, así que ¿quién es la verdadera víctima de esa historia? . La sabiduría popular dice también que "el tiempo pone a cada uno en su sitio", y termina dando y quitado la razón, y ejemplos hay en la historia. Pero la perspectiva total no la tendremos jamás, y la verdad total, por tanto, tampoco. El tiempo, siempre, reduciéndonos a lo único perdurable: nuestra condición pequeña y miserable, por no hacer mudanza en su costumbre...

Una idea similar la recoge de forma menos intelectual, más intuitiva, pero bastante expresiva, Isabel Allende en La casa de los espiritus:

La memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan deprisa, que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, no podemos medir las consecuencias de los actos, creemos en la ficción del tiempo, en el presente, el pasdo y el futuro, pero puede ser también que todo ocurre simultáneamente.

Como no tengo tiempo (ni espacio, a estas alturas ya) no puedo hablar de existecialistas, ni de modernos y posmodernos, que llegaron a ver en él incluso un elemento que disolvía la identidad, así que sin moverme de Hispanoamérica, me quedo en la Argentina de hace unas décadas, cuando Julio Cortázar supo ver y expresar la brecha entre el tiempo del reloj y nuestro tiempo íntimo, dejando constancia artística y literaria de algo parecio a la relatividad planteada por Einstein: la irresoluble cuestión de cuál es el tiempo real ¿el "objetivo o el subjetivo? ¿ El del mundo o el de la conciencia? ¿El del reloj o el de la mente?. Y lo hizo en forma de instrucciones recientemente popularizadas por la principal creadora de realidades de nuestro tiempo: la publicidad.


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.



Cada uno tenemos nuestra peculiar relación con el tiempo, sea de aceptación serena, de pacto, de lucha, de miedo, de angustia, de rabia, de amor, de odio, de amor-odio, de respeto o de terror. Pero muchas veces, la inquietud, o la obsesión con el tiempo lleva a la genialidad. Y a veces, la genialidad lleva a la autodestrucción.

Quizás el mayor conflicto del hombre, por detrás del que guarda consigo mismo, sea con el tiempo. O quizás en realidad el conflicto consigo mismo no sea más que un conflicto con el tiempo, con el propio tiempo, con el que uno fue, con el que uno pudo ser, con el que uno quiere ser, y con el que nunca será. Porque como dijo Quevedo, "soy un fue, y un será, y un es cansado" . Y eso es el germen de lo terrible y lo miserable, pero también de lo grande y lo genial que hay en la condición humana, que es, inexorable y esencialmente, tiempo.


“El hombre de un momento pretérito (...) ha vivido, pero no vive ni vivirá; el hombre de un momento futuro vivirá, pero no ha vivido ni vive; el hombre del momento presente vive, pero no ha vivido ni vivirá” (...)
“El hombre de ayer ha muerto en el de hoy, el de hoy muere en el de mañana.(...)"

"Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg y del infierno de la mitología tibetana) no es espan­toso por irreal; es espantoso porque es irreversible y de hierro. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El 'mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciada­mente, soy Borges."


Jorge Luis Borges: "Nueva refutación del tiempo"







8 comentarios:

Mateo de Paz dijo...

Estimada Kamala:

Hacía mucho tiempo que no te leía y veo que compartimos el mismo "gusto" por Quevedo, por ese "tempus fugit irreparabile"; en mi caso el tiempo siempre lo relaciono con la muerte, quizá porque veo en el cuadro que has colgado, el de "Saturno devorando a sus hijos", de Goya, a Kronos, el tiempo irreparable que nos devora, el que nos lleva hacia la muerte: "Ven muerte tan escondida / que no te sienta venir, / porque el placer de morir / no me vuelva a dar la vida", dice un cantar anónimo del Siglo XVII.

Me parece que por la proximidad del tema que tratas, voy a ser (es un deber y espero que sepas perdonarme por ello) bastante "extenso".

Yo creo que Quevedo ama la vida, en efecto, pero con la clara conciencia de que ésta es una creación vigorosa y efímera, extinguida en un "morir viviendo", producida por el pesar del "tempus irreparabile fugit". Lo cierto es que la angustia existencial que mantiene al hombre barroco en una obsesionada preocupación por la muerte no sorprende, más cuando el hombre barroco desarrolla el interés por la muerte debido fundamentalmente a que, decía Maravall, «esto venía de atrás y que, desde que despiertan las energías del moderno individualismo, el tema de la muerte preocupa a las sociedades que contemplan el otoño medieval, produciéndose en ellas una honda transformación de ese tema». El propio Maravall decía que la «inestabilidad en la vida social y personal, dominada por fuerzas de imposición represiva que están en la base de la gesticulación del hombre barroco» es lo que hace que la estética barroca tenga un punto de unión entre diversos autores: la muerte. Porque los poetas barrocos sufrieron un mismo mundo exterior y objetivo, unas mismas inquietudes que atenazaron al hombre del XVII, para representarlo después desde las profundidades del sujeto individual.

Cervantes, por ejemplo, en la segunda parte del Quijote, pone en boca de Sancho, hombre rural y apocado, parlamentos filosóficos con los que representaría al hombre del XVII en general que poseen las mismas inquietudes: “Sola una cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay poca diferencia”

Insisto en Maravall: si la vida para el hombre barroco es sueño no es porque el hombre «sueñe su yo, en el sentido de que exista o no exista en su convicción personal, sino que sueña su papel en la representación social de la existencia en común». Y Quevedo, que conoce a la perfección la tradición medieval de las “Danzas de la muerte”, también le pregunta al mundo barroco "Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?", interrogar sobre la verdadera imagen de la muerte, sobre la verdadera realidad. Copio un párrafo que me parece hermoso:

"Eso no es la muerte, sino los muertos, o lo que queda de los vivos: esos huesos son el dibujo sobre que se labra y sobre el cuerpo del hombre. La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros, y todos sois muertes de cada uno de vosotros mismos. La calavera es el muerto y la cara es la muerte, y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo; los huesos es lo que de vosotros deja vuestra muerte, y lo que le sobra a la sepultura.
Si esto entendiéradeis así, cada uno de vosotros estuviera mirando en sí su muerte cada día y la ajena en el otro, y viéradeis que todas vuestras casas están llenas de muerte y que en vuestro lugar hay tantas muertes como personas, y no la estuviéradeis aguardándola sino acompañándola y disponiéndola. Pensáis que es huesos la muerte, y que hasta que veáis venir la cala-vera y la guadaña no hay muerte para vosotros, y primero sois calaveras y huesos que creáis que lo podéis ser"

Y otro:

"¿Cómo puede morir de repente quien desde que nace ve que va corriendo por la vida, que lleva consigo la muerte? ¿Qué otra cosa veis en el mundo sino entierros, muertes y sepulturas? ¿Qué otra cosa oís en los púlpitos y leéis en los libros? ¿A qué volvéis los ojos que no os acuerde de la muerte? Vuestro vestido que se gasta, la casa que se cae, el muro que se envejece, y hasta el sueño cada día os acuerda de la muerte retratándola en sí. Pues ¿cómo puede haber hombre que se muera de repente en el mundo, si siempre lo andan avisando tantas cosas?
No os habéis de llamar, no, gente que murió de repente, sino gente que murió incrédula de que podía morir así, sabiendo con cuán secretos pies entra la muerte en la mayor mocedad, y que en una misma hora en dar bien y mal suele ser madre y madrastra."

Es la meditación sobre la fugacidad de las cosas y la estimación del plazo de la vida que la Edad Media resuelve en una actitud de “contemptus mundi”; aunque de una forma mucho más cristiana que en el barroco, ya que el hombre medieval tenía en el otro mundo sus esperanzas, mientras que el epicúreo no creía en la resurrección de los hombres, de ahí su afán de aprovechar hasta el máximo la única vida supuesta, pero vinculada con el “memento mori” ("recuerda que has de morir"). El tiempo para Quevedo es rueda interminable y giratoria con la que llega la vida junto a la muerte, es decir, un «morir viviendo».

Para acabar este comentario, me gustaría escribir la personificación de la muerte que hace el autor en los “Sueños y discursos”:

En esto entró una que parecía mujer, muy galana y llena de coronas y de cetros y hoces y abarcas y chapines y tiaras y caperuzas y mitras y monteras y brocados y pellejos y seda y oro y garrotes y diamantes y terrones y guijarros y perlas. Y un ojo abierto y otro cerrado, vestida y desnuda y de todas colores, por el un lado era moza y por el otro vieja; unas veces venía despa-cio y otras aprisa, y parecía que estaba lejos y estaba cerca, y cuando pensé que comenzaba a entrar, estaba ya en mi cabecera.
(…) Preguntéle quién era y díjome:
–La Muerte.

Un saludo,

Mateo

kamala dijo...

Gracias por tu extenso comentario, que no disculpo sino agradezco. Me alegra compartir el interés por el Barroco y por Quevedo, que sí, son resultado de una época de crisis tremenda que sirve para explicar lo tremendo de su visión del triptico universal vida-tiempo-muerte.

¿Y acaso no son los nuestros también días de crisis tremenda? ¿Cómo no va a ser la suya también nuestra visión?

Yo oscilo entre ese pesimismo lúcido del hombre barroco, y su conciencia desesperada de la caducidad inexorable de todo, y el vitalismo también desesperado de intentar agarrar todo, antes de que pase. Porque lo nuestro es pasar.

Un saludo

estefi dijo...

holaaa yo se muy poco de filosofia o de autores , pero conosco mucho se las pregunas y cuestiones existenciales que suceden en mi interior, y despues de pasar de un pedimismo alo largo de mi vida pude encontrar una cierta esperanza y un suspiro en la muerte, gracias a ella todo se va el tiempo las cosas, el minuto que pasa hoy se muere, por lo cual estoy obligada a vivirlo intensamente, por la muerte es que no tengo miedo de equivocarme y por ella soy dueña de todo, ya que nada de lo que tengo durara por siempre todo se va y al perderlotodo tambien pierdo la posibilidad de perderm no hay forma de perder, y por eso lo he ganado todo por eso puedo ser valiente y vivir mi vida darle el sentido que mas quiera, hacerla divertida llenarla de significado, ese significado que es construido arbitraria pero concientemente por mi, puedo jugar, puedo crear, puedo ser dios hasta el dia e mimuerte que todo se iria , pero mientras tanto yo soy el creador!!

kamala dijo...

Estefi, se nota que eres joven. Te aseguro que la forma de afrontar el problema del tiempo cambia con su propio paso.

Y si no, ya me lo dirás. Tiempo al tiempo...

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