domingo, 19 de octubre de 2008

Habitantes del abismo


En algún momento de la noche, cuando luchaba por seguir respirando a través del dolor lacerante, cuando pensaba en términos de sobrevivir una hora más, y luego un solo minuto más,... 'puedo hacerlo, puedo pasar una hora más, un minuto más, luego será de día (...) a esas alturas ya conocía el abismo.

Todavía no le había puesto nombre, pero ya conocía el espantoso hueco bajo los pies, el vacío son fin, y su olor me era familiar. Se parecía al aire frío y húmedo que asciende de un pozo negro. Olía a aliento de mi propio pozo y lo reconocía en los demás.

Los caminantes del abismo constituimos una fraternidad. Para nosotros divide el mundo. Separa a los que caminan sobre frágiles puentes de cuerda de los que no lo hacen. Nos conocemos. No creo que sea algo consciente la mayoría de las veces. De otro modo huiríamos los unos de los otros como se huye de los monstruos. Es un instinto animal. Sólo nos encontramos en el ancestral y salvaje estado en que se eriza el vello de la nuca. En los ojos reconocemos que nuestros alientos gemelos se han tocado y mezclado. En raras ocasiones, algunos de los otros, los que no pertenecen al abismo, también nos reconocen. Es posible que hasta tú conozcas la sensación, quizá sepas de alguien a quien la impresión de ser otro se le adhiera como miasma. Se siente en la piel, aunque no se pueda dar un nombre. Si eso te sucede, has reconocido a uno de los nuestros. Quizá hasta pertenezcas a nuestro mundo, en lo más profundo de tu ser. Como dicen las ancianas (...), los pares se reconocen. Poder sentirlo no es una buena señal. La otra mitad del mundo, la mitad sólida, los ajenos al abismo... ellos solo sienten firmeza bajo los pies. Heredan la tierra. Nosotros heredamos el viento.

Anne Rivers Siddons: "Reencuentro"

"El hombre caza y lucha. La mujer intriga y sueña; es la madre de la fantasía, de los dioses. Posee la segunda visión, las alas que le permiten volar hacia el infinito del deseo y de la imaginación...
Los dioses son como los hombres: nacen y mueren sobre el pecho de una mujer..."
Jules Michelet, a modo de epígrafe en Aura, de Carlos Fuentes

Creo que ya comenté en alguna ocasión que nunca he sido demasiado ni devota ni partidaria de los días de, pero que con los años, sin darme cuenta y a mí pesar, empiezo a verles su sentido y su valor.

Y hoy era el día del cáncer de mama, un cáncer terrible, como todos, pero de los menos desesperanzados, porque actualmente ocho de cada diez (casi nueve) mujeres que se enfrentan al terrible diagnóstico y a la terrible palabra inmensa y opaca que parece no dejar ver nunca más el sol, se salva. Y he tenido otra vez la intución de que muchos podemos despotricar contra los lazos de colores y los días de que suenan a hipócrita lavado de manos que utilizamos para poder olvidar sin remordimiento el resto del año; pero quizás a ellas, las que han visto como la palabra terrible que todos eludimos les cambiaba cada uno de sus días, y también a los suyos, les ha gustado sentir que se hablaba de ello, y no se obviaba como es habitual en esta sociedad de avestruces que esconde la cabeza ante la enfermedad, la mutilación, la vejez o la muerte, ignorando mezquinamente a los que se ven atrapados ya por ellas, e intentado olvidar, ilusa, que en realidad los atrapados somos todos, o seremos todos, porque es ese seremos inexorable el hace que, en realidad, lo seamos ya.

Y quizás ellas, las mujeres en jaque por una jugarreta traidora de la vida (o de la muerte, que no es lo mismo pero es igual), se hayan sentido un poco arropadas, o acompañadas, o esperanzadas, o consoladas. Porque yo ya he comprobado que, en la desgracia, sí que arropa la palabra, o el abrazo, o el contacto, o la compañía. Y que hay que hablar de las cosas para que no se olviden, ni se ignoren, ni se tapen. Que hay silencios como losas que sólo condenan a la soledad. Y sí, qué mal que sólo sea un día. Pero mejor un día que nada.

El cáncer de mama, además, hiere en el núcleo sensible de la feminidad, de la desnudez, de la maternidad. De la autoestima. Y sí, estas parecen cosas secundarias en el momento de la lucha, pero se convierten en fundamentales una vez que la primera batalla está ganada. Y eso que hoy ni siquiera es ni necesaria ni frecuente la masectomía, e incluso en el caso de que lo sea, ahí está la silicona y su bálsamo, que aunque para otros casos y otras cosas nos resulte tan antipática y tan frívola, bendita sea si en algo puede ayudar.

El cáncer, como casi todo, no es igual de lejos que de cerca. Y no es igual nunca en los otros que en los propios. Y nosotros, los que tenemos la suerte de que el día del cáncer sea solo uno, a veces intentamos ignorar o "ajenar" (en el sentido de hacer o sentir como ajenos) a aquellos para los que el día del cáncer son ya, tremenda y fatídicamente, todos y cada uno de sus días, desde aquél en el que un médico certificó la probabilidad oscura que todos querían creer como remota.

Yo he visto de cerca, muy de cerca, un caso. El de una chica joven, de apenas 30 años y aspecto menudo y frágil, que al terminar la Navidad y comezar el año, se descubrió un bulto en el pecho. Y fui sabiendo de su "hay que ir al médico, pero es probable que no sea nada", y de su "parece ser que sí, que no es bueno, pero tienen que hacer algunas pruebas", y de la certificación fatídica de que es malo y hay que operar, y de la avalancha de incertidumbres abiertas, y de su afrontar que en esa operación no todo salió tan bien (ni tan mal) como podía haber salido, y del enfrentarse a la segunda operación, y de su atravesar la cruz inevitable de la quimioterapia, con sus malos, malísimos ratos, y de su entrar en la recta final de la radioterapia con su luz al final del camino, aunque sea un camino que habrá que recorrer largo tiempo con una espada de Damocles sobre la cabeza (la de la posibilidad de que todo vuelva a empezar), y he visto el rostro reflejando lo arrasado del cuerpo, cada vez más menudo y más delgado y más frágil, y he creído intuir las heridas venenosas en el alma, aunque ella no nos ha dejado. Porque nunca le ha faltado la sonrisa, ni la mirada franca, ni el ánimo, para compartir casa, o cena, o ratos, o charla, y para contarlo todo casi como si nada.

Yo sólo he visto su entereza, su ánimo, su lucha, su serenidad, su fortaleza. Aunque sé que en todos y cada uno de esos días, seguro, ha estado el momento terrible de apagar la luz, y tener que enfrentarse a la soledad más profunda, la de la oscuridad íntima del pensamiento justo antes de dormir, cuando todo lo demás se apaga y afloran más que nunca los fantasmas, los terrores, los miedos. Y tantos otros momentos, seguro, seguro, que no nos ha dejado ver, porque ella sólo nos enseña su luz.

Y aunque la terrible palabra y sus alrededores son demasiado feos, y grandes, y aplastantes, y hubiera sido mucho mejor que no hubiera pasado nada de esto, me gusta esta sensación de saber que ella merece algo parecido a la admiración pero mucho más grande. Mucho, mucho más grande, y mucho más cerca del corazón, porque toca algo profundo, interno, visceral, que tiene que ver con la entraña atávica que compartimos todos y que debe constituir algo así como la esencia de la vida.

Porque todos somos habitantes del abismo. Pero solo algunos lo conocen. Y ellos son inevitablemente los que saben de verdad, con todas sus consecuencias, lo que el resto parecemos empeñados en olvidar.

Como las avestruces. Como las pobres avestruces.

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